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Avadelle

Autor: Matías Gárate

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Cuento publicado el 01 de Febrero de 2010


Un estruendo despert√≥ a Avadelle, hab√≠an azotado su puerta. Era uno de los tantos m√©todos que ten√≠an para torturar su mente, adem√°s de su cuerpo. Su respiraci√≥n fue recuperando poco a poco su ritmo normal mientras un soldado la obligaba a ponerse de pie. Sali√≥ a empujones de la celda que ten√≠a para ella sola, sus antiguas compa√Īeras hab√≠an desaparecido hacia por lo menos una semana. Se preguntaba si alg√ļn d√≠a le llegar√≠a el turno a ella, le asustaba y le tentaba al mismo tiempo, morir y alejarse de todo aquel sufrimiento.

El guardia reuni√≥ a un pu√Īado de esclavos de toda la dependencia y les dio sus instrucciones habituales, dirigirse a arar los campos hasta el final de la jornada.
El fr√≠o de la ma√Īana se pas√≥ r√°pidamente con el trabajo duro, y no tard√≥ en convertirse en insoportable calor conforme avanzaba el d√≠a. Para el atardecer sus manos sangraban a pesar de los callos que se hab√≠an formado en el transcurso de los a√Īos.
Mientras araba no pudo resistir la tentación de levantar la vista hacia el ocaso, algo en ella se encendía cada vez que lo miraba, incluso desde antes que la hicieran esclava.
-So√Īar de esa manera no te har√° ning√ļn bien- le dijo una esclava anciana que trabajaba a su lado, notando la mirada perdida de Avadelle.
-Tal vez- reconoci√≥ la joven-, pero es lo √ļnico que tengo para aferrarme a la vida.
-¬°Estos j√≥venes! Despu√©s del tiempo que llevas aqu√≠ ya deber√≠as haber aprendido a abandonar aquellas ilusiones. So√Īar¬Ö
El silbido de un látigo cortó su frase a la mitad, derribando a la anciana en el piso.
-¡Nada de conversar en el trabajo, anciana!- exclamó un soldado restallando su látigo nuevamente sobre la vieja.
La esclava se quedó tumbada mientras el soldado continuaba maltratándola, incapaz de defenderse o de huir. Avadelle solo pudo contemplar callada, sabía de sobra la suerte que ambas correrían si intervenía. Cuando el soldado finalmente se aburrió de torturar a la anciana, le dio una advertencia a Avadelle, que le sirviera como ejemplo, y dicho esto se marchó dejando a la esclava olvidada sobre los campos, sabía que no volvería a levantarse.
Sigui√≥ arando hasta que los guiaron de vuelta a sus celdas, durante toda la tarde se pregunt√≥ si ella perder√≠a alg√ļn d√≠a la esperanza de la misma manera que aquella anciana, rogaba a Dios que eso no ocurriera, ya que una vida tan l√ļgubre y desolada ser√≠a incluso peor que la muerte.


Aquella noche su puerta se abri√≥ antes de tiempo. Comprendi√≥ que hab√≠a llegado su turno de desaparecer a manos de los soldados, al igual que sus compa√Īeras que fueron secuestradas en medio de la noche, dejando solas y atemorizadas a las dem√°s. Se arrincon√≥ contra la pared esperando, sin embargo nada ocurri√≥, nadie entr√≥ a raptarla, la puerta qued√≥ abierta de par en par invit√°ndola a salir. Al fin, recuperar√© mi libertad. Se asom√≥ con cautela, no hab√≠a nadie.
Siguió andando por la dependencia, buscando su camino hacia la salida, pero en aquella oscuridad iba a ser una tarea tan forzosa como lo era arar los campos desde la salida a la puesta del sol.
-Avadelle.
Se detuvo en seco al o√≠r su nombre, aguz√≥ el o√≠do tratando de ubicar la fuente, cualquier cosa que amenazara su huida. No encontr√≥ nada, sigui√≥ andando, pero al poco rato volvi√≥ a escucharlo, ¬ďAvadelle¬Ē, susurraba la voz, pero esta vez acompa√Īada de un suave silbido, como el del viento entre los √°rboles.
Cada vez que pensaba estar cerca de la salida la voz volv√≠a a llamarla, cuando se dio cuenta que no lograr√≠a escapar tanteando a ciegas, resolvi√≥ tratar con la voz. Tal vez pueda ayudarme. Lo dudaba, pero no ten√≠a m√°s opci√≥n. Volvi√≥ a escuchar su nombre y superando el miedo camin√≥ hacia la fuente. ¬ďVen, Avadelle¬Ē, incitaba la voz, cada vez m√°s ansiosa. Al soplo del viento se le sum√≥ el rugido de un trueno, y m√°s tarde el tamborileo de la lluvia. ¬ďM√°s cerca, ven con nosotros¬Ē, apremiaba.
Llegó a una puerta. Del otro lado se escuchaba la voz con mucha más fuerza. Tragó saliva y giró el picaporte. Afuera se extendía la pradera, en ella un grupo de personas danzaban en círculo a pesar de la intensidad de la tormenta.
-Ven a bailar con nosotros, Avadelle.
Un aro de fuego en el piso que no se extingu√≠a con la lluvia iluminaba sus cuerpos. Se acerc√≥ a ellos con curiosidad, en su b√ļsqueda de las voces hab√≠a olvidado por completo su escape, solo deseaba saber qui√©nes eran esas personas. Sus rostros estaban llenos de expresiones sombr√≠as y sonrisas forzadas, como si con aquella danza quisieran conseguir un suced√°neo de alegr√≠a.
Uno de ellos se alej√≥ un poco del c√≠rculo, Avadelle reconoci√≥ a una de sus compa√Īeras desaparecidas.
-Baila, Avadelle, te gustaba bailar, ¬Ņno es as√≠?
La sujetó del antebrazo y la arrastró con los demás, reconoció a muchos de los esclavos que habían desaparecido e incluso a la anciana que murió aquella misma tarde. No le dio importancia, comenzó a bailar al ritmo de los elementos, olvidándose de las cadenas que la habían esclavizado.
Dio un paso al frente y entr√≥ al c√≠rculo de fuego. Desde all√≠ pudo observar todos los rostros espectrales que giraban en torno a ella, sonre√≠an y cantaban por verla al centro. Bail√≥ durante horas, moviendo el cuerpo ondulante dej√°ndose llevar por momento, su alma ard√≠a de pasi√≥n y todo suced√≠a como en el l√≠mite de los sue√Īos con la realidad.
Entendi√≥ el dolor de los que all√≠ danzaban. Entendi√≥ por qu√© la hab√≠an llamado, y por qu√© hab√≠an abierto la puerta de su celda. De todos ellos, Avadelle era la √ļnica que miraba el atardecer con esperanza, la √ļnica que no perd√≠a una parte de su alma con cada ocaso, y la √ļnica que ten√≠a algo de luz para entregar. Solo pudo sonre√≠r y seguir danzando para los que hab√≠an muerto en vida, sonre√≠r y danzar para toda la eternidad.

//alex


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