ÔĽŅ Kazuyo. Otros cuentos
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Kazuyo

Autor: Hugo Domínguez

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Cuento publicado el 30 de Enero de 2010


El despertador termin√≥ de sacarla de ese estado de somnolencia que algunas personas tienen por costumbre disfrutar temprano en la ma√Īana.
Eran las siete de un día lunes y se le hacía difícil comenzar la jornada de trabajo, más teniendo en cuenta que el fin de semana había transcurrido de una forma estupenda.

El cumplea√Īos del padre de Takeshi los reuni√≥ el d√≠a s√°bado y el domingo lo disfrut√≥ con sus padres hasta las primeras horas de la tarde, momento en que decidi√≥ retirarse para descansar y aprontar lo necesario para el inicio de una nueva semana de trabajo.
Lentamente se duch√≥, observando como el agua tibia resbalaba por su cuerpo en aquella ma√Īana de verano. Sonri√≥ cuando pas√≥ por su mente la idea de contar con la presencia de Takeshi.
El aroma de la espuma le resultaba agradable; luego se envolvió con una toalla de variados colores pastel y se dirigió al dormitorio para vestirse.
Ropa clara, fresca, para un día que se anunciaba como caluroso, pensó.
Toc√≥ su piel joven y suave acariciada por la colonia que √©l le hab√≠a regalado hac√≠a pocos d√≠as. El pelo a√ļn mojado dejaba caer gotas de agua fresca sobre su cuerpo y la alfombra azul.
Mientras preparaba su desayuno el sol iluminaba, tibio, el lugar. Sus movimientos eran lentos, sin urgencia, como todos los días.
Estaba a pocos minutos de su trabajo donde se dirigiría caminando, como siempre.

Ese día Takeshi había partido muy temprano pues debía viajar más de doscientos kilómetros para comenzar su tarea en la construcción de un nuevo puente.

El reloj marcaba las 7 y 28 y eso le indicaba a ella que a√ļn faltaba una hora para ingresar a la oficina.
Durante unos minutos quedó pensativa navegando en los proyectos de futuro y las acciones que le demandaría su próximo matrimonio.
El movimiento matinal de la calle la sacó de sus pensamientos.

El sol comenzaba a hacer sentir cada vez m√°s el calor y el informativo de la ma√Īana comunicaba que la temperatura llegar√≠a al mediod√≠a a los treinta y cinco grados.
Despu√©s, el mes pr√≥ximo, en setiembre, llegar√≠an las lluvias acompa√Īadas, como todos los a√Īos, de fuertes vientos.
Para Kazuyo las lluvias tenían cierto atractivo pero los vientos le provocaban temor.
Los notaba totalmente impredecibles y eso no le agradaba.
El temor por los vientos hab√≠a estado siempre con ella durante sus veintiocho a√Īos de vida.

A las 7 y 46 de la ma√Īana se retir√≥ hac√≠a la oficina disfrutando anticipadamente del calor y el paisaje urbano que deb√≠a recorrer.
Le agradaba caminar por el parque cuidado y arbolado.
A esa hora observaba la gente que con paso ágil se dirigía al trabajo, igual que ella.
Le llam√≥ la atenci√≥n una pareja ya entrados en a√Īos hablando visiblemente contentos y trat√≥ de imaginar el tema que los alegraba.
M√°s all√°, unos pocos ni√Īos jugaban despreocupados entre ellos mientras las madres los observaban sonriendo, el buen tiempo y el fresco de la ma√Īana acompa√Īaban para ese encuentro. El transito a esa hora era r√°pido pero ordenado.
Se encontraba relativamente cerca de la oficina, y teniendo en cuenta que el gran reloj del comercio que ofrecía la venta de una reconocida marca de vehículos indicaba las 8 y 06 minutos, eso le daba tiempo suficiente para detenerse un instante en la vidriera de un comercio que recién comenzaba a abrir sus puertas.
Se prometió que a la salida de la oficina volvería a realizar la compra de aquella pollera, blanca como la nieve, que le pareció notablemente elegante, imaginándola sobre su cuerpo delgado.
Habían transcurrido algunos minutos y se decidió a cruzar la calle que la llevaría, dos cuadras más adelante, al edificio de tres pisos donde estaba ubicada la oficina que la ocuparía durante ocho horas de trabajo.

Eran las 8 y 13. Al llegar a la puerta giratoria de ingreso se detuvo un instante para observar, sin comprender, como se encendía el cielo con una luz blanca, brillante. Llegaría rápidamente un fuerte viento, el que ella tanto temía, y también en una fracción de tiempo imposible de medir, se encendería ella misma y todo a su lado.
Era verano, y el tiempo se detuvo a las 8 y 16 de un 6 de agosto.
En setiembre se esperaba una nueva temporada de lluvia y viento en Hiroshima.







//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2010-03-06 13:15:25
Nombre: Carmen
Comentario: Un cuento tan triste como ese triste día en que miles de historias quedaron truncadas en Hiroshima. Un saludo desde Argentina.


Fecha: 2010-01-30 18:46:25
Nombre: Cesar Mu√ɬĪoz
Comentario: Da gusto leer un cuento así. Impecable en todo sentido e interesante trama. Felicitaciones al autor.