Escape. Otros cuentos


Escape

Autor: Bacarat

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Cuento publicado el 27 de Enero de 2010


Eran cinco. Dos no alcanzaron a saltar el muro y cayeron baleados por los guardias. El tercero no alcanzó a llegar al bosque, recibió un balazo en la pierna derecha, dio tres altos sobre la izquierda y quedó a los gritos tirado en el suelo. El cuarto, el más viejo de todos, sufrió un infarto o algo parecido, se abrazó a sí mismo y cayó babeando. Pero John no tenía tiempo para averiguarlo, era la única posibilidad que tenía de escapar, lo habían pensado durante tanto tiempo y al fin había llegado el momento. Además el miedo y la desesperación obnubilaban todos sus sentidos. John, que era el más joven y el único negro del grupo, finalmente atravesó el claro entre la balacera de la guardia consiguiendo llegar al pantano cenagoso, que queda a unos trecientos metros de la prisión para internarse al fin en la tupida vegetación del bosque, para luego caminar por el agua fétida según lo habían convenido con sus malogrados compañeros de fuga. En poco tiempo más tendría detrás de él a “Dogface” pisándole los talones, el tipo más malo que había conocido en la prisión. Maneja la división perros del penal y aseguran que más de una vez cuando sale a “cazar” algún evadido, deja que primero los perros lo destrocen y luego los coman un poco para cebarlos con carne humana y así agudizar más sus sentidos para rastrear al próximo fugitivo. Tal vez eran solo exageraciones echadas a rodar por los guardias para que nadie se atreviera a escapar, pero John no estaba en ese asqueroso pantano precisamente para comprobarlo. El pobre está aterrado y camina desesperado con el agua hasta las rodillas, pisando el barro podrido del fondo que enseguida le “absorbió” los pesados suecos que le proveyeron en el penal. Ahora camina descalzo sintiendo a cada paso como corre el barro podrido entre los dedos de sus pies. Cada vez le cuesta más despegarlos del fondo, sus plantas parecen dos sopapas que quieren adherirse al barro pegajoso. Poco a poco parece internarse en una ciénaga, pues el barro es cada vez más profundo y el agua ya le llega hasta la cintura.

Por suerte mientras preparaban el escape entrenaron duro durante tres meses corriendo en el patio del penal, sabían que lo necesitarían una vez lanzados a la aventura de la fuga. Fue entonces que escuchó el primer ladrido de los perros y por un instante quedó petrificado por el miedo, porque aunque todavía se escuchan muy lejos, a él le parece sentir la respiración jadeante de los sabuesos lanzados al rastreo. Por suerte camina por el agua y eso les impedirá a los perros encontrar fácilmente su olor, además la noche de a poco se ha ido cerrando y la cuarta luna menguante, según lo habían calculado con el almanaque al elegir el día del escape, apenas alumbra unos pocos metros y casi no alcanza a atravesar la espesa bruma que cubre los pantanos por el evaporarse continuo del agua.
No sabe cuanta energía le queda para continuar. El miedo, los nervios y el esfuerzo de correr a toda velocidad hasta llegar a los pantanos entre las balas, para luego caminar horas con los pies hundidos entre el agua y el barro, lo han agotado. Cada tanto lo demora algún tronco caído medio cubierto por el agua al que debe pasar por encima o sortearlo según sea su tamaño.
A su paso espanta miles de mosquitos que en venganza tratan de devorarlo. Finalmente mete las manos en el barro hediondo y se cubre la cara y los brazos con lodo para mitigar un poco las picaduras, aunque se le hace casi insoportable el olor a podrido.
Ahora los perros ladran cada vez mas lejos, seguro que han abandonado la búsqueda hasta el amanecer del nuevo día. Él también tendrá que descansar un poco para reponer energías y poder continuar el escape a la mañana siguiente.
Al costado del agua, sobre el pasto, hay un enorme tronco caído casi cubierto totalmente con ramas secas, se aferró de él para ayudarse a salir del pantano y luego se fue arrastrando de a poco hasta meterse debajo de las ramas y así ocultarse de algún animal salvaje durante la noche. Cuando puso la espalda contra el tronco se sintió mas seguro. Tiene mucho miedo, está todo mojado por la transpiración caliente del esfuerzo realizado, pero también el frío de la noche comienza a hacer mella en él a través de la ropa húmeda pegada al cuerpo. A la mañana seguro que volverá el calor húmedo y también será insoportable.
Pensó si habría valido la pena tanto miedo y esfuerzo para terminar solo y esperando no ser el banquete de los perros de “Dogface”. Trata de mantener la mente en blanco para no pensar, relajarse y poder dormir.
Pero a veces el exceso de silencio hace que cualquier sonido se amplifique, ya sea el canto de los grillos, el croar de las ranas o algún movimiento en el agua por el zambullido de alguna alimaña. Pensó en sus padres y hermanos y quien sabe porqué mecanismo de autodefensa, vino a su memoria un perrito blanco que tenía cuando pequeño. Sonrió al recordarlo jadeante pegado a su lado corriendo por la granja. Se aferró a esa imagen para no pensar y de a poco el cansancio lo fue entregando al sueño.

Sintió que algo le tiraba de los pantalones cerca del pié, por instinto lanzó una patada que dio de lleno y escuchó un gemido. Cuando abrió los ojos se miraron fijamente. El sabueso tenía los ojos rojos, la boca babeante y los colmillos descubiertos al levantar amenazante el labio superior. Le arrojó otra patada pero la contuvo antes que llegara a destino por miedo al mordisco de semejante bocaza. Por suerte las ramas eran bastante tupidas y aguantaban el embate del mastín. Está inmovilizado con la espalda pegada al tronco, miró hacia arriba para ver si podía escapar por encima de las ramas y entonces lo vio, dando un respingo su alma y su corazón. “Dogface” lo miraba sonriente con su cara redonda y bestial, el torso desnudo, totalmente calvo, sucio y transpirado, su labio leporino también babeante y los ojos encendidos por el placer del triunfo. “Dog” dejó a un lado las correas de los perros y comenzó a retirar las ramas que lo cubrían entre carcajadas y maldiciones. El sabueso mientras tanto enloquecía cada vez más saboreando por anticipado el festín que lo esperaba.
Se incorporó de un salto sintiendo como las ramas se clavaban como alfileres a su piel. El dolor y la luz del día lo rescataron de la pesadilla volviéndolo a la realidad. El horrible sueño lo había llenado de adrenalina como para salir rápido y desesperado de su encierro. Recién entonces escuchó nuevamente el ladrido de los perros. Calculó por la posición del sol que no hacía mucho tiempo que había amanecido, por lo tanto la patrulla no habría ganado mucho terreno con respecto a él.

Quiso comenzar a correr y recién entonces reparó en el dolor de sus músculos, sobre todo los de las piernas. Los cuádrices y gemelos están agarrotados, así que prefirió caminar despacio por el agua calentando de a poco los músculos por miedo a desgarrarse.
Cada tanto sale del agua para poder correr y ganar distancia. Poco a poco se va terminando el pantano, aunque no sabía si era mejor o peor pues ahora su rastro será mas fácil de seguir para los perros. Está desesperado de hambre y sed. Tomó agua de un charco absorbiendo directamente con la boca para no levantar sedimentos al meter las manos en el agua y comió un poco de pasto fresco para engañar al estómago que se venía “quejando” desde hacía rato. Finalmente encontró un lugar para pasar semioculto la noche. Se durmió enseguida, ya no le importaba tanto que lo encontraran, ni siquiera vivir o morir, lo único importante era terminar de una vez con esa pesadilla insoportable.
Al otro día, con sol y bien descansado, le volvieron las ganas de seguir luchando por su libertad, palabra a la que hasta ahora nunca le había dado su verdadero valor.
Mientras caminaba y ya casi dejando atrás el pantano una voz de mujer lo sobresaltó:
- Tom, Tom, ¿eres tú?, donde te habías metido…, creí que ya no vendrías más hijo…
Era una anciana de color que está recostada a la entrada de una choza miserable hecha con ramas y algunos cueros. La mujer es pequeña y desgarbada, por su columna vencida parece que se va a caer de bruces en cualquier momento, su pelo es muy blanco y desprolijo, sus ropas son negras, sucias y desgarradas. Parece un fantasma salido de los pantanos.
- Tom, ¿porqué tardaste tanto?...
La vieja comenzó a avanzar lentamente hacia él llevando delante una rama para guiarse y entonces recién reparó en sus ojos tan blancos como la leche.
La mujer ciega avanzó hacia él, pero John no podía dejar ningún rastro de su paso por allí, ni siquiera a esa pobre mujer. Lentamente caminó unos pasos tratando de no hacer ruido y volvió a correr con la poca energía que aun le quedaba.
En un claro del bosque, sorprendió a unos perros salvajes que comían de una osamenta, ellos que también se sorprendieron ante la irrupción sorpresiva de John, corrieron hasta alejarse unos metros para luego de lejos mirarlo con curiosidad. John miró la osamenta y no vomitó porque no tenía nada en el estómago para expulsar. Era el cuerpo de un hombre negro, relativamente joven como él, al que los perros le habían comido parte de la cara y los brazos.
- ¡Tom! – pensó en el hombre que llamaba la mujer ciega. Si, no podía ser de otra manera. ¡Ese pobre tipo debía ser Tom!
-o-

“Dogface” venía detrás de sus perros. A pocos metros lo seguían dos jeeps de doble tracción con cuatro guardia- cárceles cada uno, traían armas largas y no dejaban de burlarse a los gritos de él y sus perros mientras le hacían apuestas, pues éste siempre se jactaba de que nunca se le había escapado un solo evadido. Ya estaba muy cansado, además es bastante rollizo y fuma continuamente. Cada tanto se sube al guardabarros de alguno de los vehículos para descansar un poco, dejando a los perros seguir corriendo solos adelante, aún debiendo soportar las burlas de sus compañeros ya bastante borrachos.
De pronto los sabuesos comenzaron a correr más ligero y a ladrar como si hubieran encontrado un rastro firme. Los vehículos también aceleraron. Finalmente los perros se trabaron en pelea con unos perros salvajes, los que finalmente huyeron.
¡Que les dije!, acá está… ¡A mi nunca se me escapa una “presa” carajo!, comiencen a pagar sus apuestas señores…- “Dogface” estaba exultante.
Los guardias fueron bajando de los Jeep y ahí estaba el hombre negro que buscaban, con la ropa del penal hecha jirones y con el rostro y parte de sus miembros comidos por la jauría.
-o-
Después de cambiar su ropa con la del pobre hombre, John hacía el último esfuerzo para poner distancia entre él y los perros. Tal vez tenía suerte y lo confundieran con Tom. La ropa aún se le pegaba al cuerpo por la sangre todavía fresca.
Ya se divisaban a lo lejos algunos montes de las casas de los campesinos de la zona. Está llegando a la civilización y a la tan ansiada libertad. Quien sabe porqué extraña fantasía otra vez siente correr pegado a su rodilla al perrito blanco del niño aquel que fue. Vuelve a sentir la misma sensación de entonces, libre de la angustia de un pasado tormentoso y de un futuro más que incierto todavía.

Lo sorprendieron algunos gritos y ruidos de motores cada vez mas cerca. Unos vehículos venían hacia él. Eran tres camionetas cargadas con campesinos, todos blancos, armados con escopetas y con botellas de wisky que seguro habrían hecho correr generosamente entre ellos por su estado de embriagues. Las camionetas lo rodearon haciendo un círculo móvil que cada vez se cerraba más sobre él, mientras le gritaban y tiraban algún tiro al aire. John estaba petrificado por el miedo, todavía no estaba seguro si eran solo unos campesinos bromistas que andaban de caza o era gente del penal que lo buscaba. De pronto pararon los vehículos y fueron bajando insultándolo y dándole algunos empujones que casi lo arrojaban al suelo. Finalmente hicieron silencio. De una de las camionetas bajó un hombre que por la actitud y las ropas debía ser el jefe. Lleva saco beige, botas labradas, un sombrero tejano blanco y fuma un puro con displicencia. Avanzó hasta pararse muy cerca de él pero sin mirarlo a la cara. Parece estar preparando una frase pesada, única y genial para que todos la escuchen. Luego casi susurrante y arrastrando las palabras dijo:
- Al fin te atrapamos negro maldito, estoy cansado de que me robes herramientas y animales. ¿Creíste que no me iba a dar cuenta? ¡Además de ladrón sos un negro de mierda!
¡Tom!, pensó John, seguro que lo confundían con el otro pobre negro comido por los perros.
- N-no señor… está equivocado, yo no soy de aquí y nunca le robé nada a nadie, le juro que… yo solo pasaba… y …
El hombre seguía sin mirarle el rostro, como si le diera asco observarlo. Chupó su cigarro y largo el humo lentamente, sopló la braza del puro para avivarla y de pronto la apretó contra la mejilla de John. El pobre sorprendido saltó para atrás dando un grito de dolor mientras todos se reían a carcajadas. Luego otra vez el silencio. El hombre sacó lentamente de la cintura un enorme revolver plateado. Sin decir una sola palabra más y casi sin mirarlo le pegó dos tiros en el pecho.
- ¡Entiérrenlo!, pero ahora ya saben lo que les pasa a los ladrones en mi rancho…
Todavía con el arma en la mano, dio media vuelta y enfiló hacia la camioneta en la que había llegado…
-o-

Aunque parezca mentira, a veces el destino nos hace recorrer caminos insondables y llenos de vericuetos que hasta puede hacernos morir dos veces en un mismo día.

//alex


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