El jurgo del siglo. Otros cuentos


El jurgo del siglo

Autor: Joce G. Daniels G.

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Cuento publicado el 04 de Agosto de 2009


A Chita Miranda y a todas
las glorias del béisbol colombiano que
nunca llegaron a pisar la gran carpa


El Buzón Nelson, parado en el montículo miró la señal que entre las piernas, agachado le hacía el catcher con los dedos de la mano derecha haciendo una uvé invertida, pero, como era costumbre en él, no le respondió. Miró de reojo a cada uno de los tres corredores del equipo contrario que ocupaban primera, segunda y tercera base, esperando el más mínimo descuido de uno de ellos para lanzarle la bola a algunos de sus compañeros. Famoso porque combatió en mil batallas, había ganado muchas, y en otras había salido derrotado. Ese el juego, unas veces se gana y otras veces se pierde, jamás en el béisbol se empata. Pero esta batalla debo ganarla, pensó. Había venido desde Maracaibo, con un contrato jugoso en buenos pesos oro colombianos, con hotel, comida, automóvil y una ardiente aborigen, para que lanzara y especialmente ponchara a Chita Miranda, el toletero más glorioso que en esos momentos había en el béisbol nacional y a quien muy pocos pitcheres se habían dado el lujo de ponchar en el pasado mundial que se realizó en la ciudad de Barranquilla, casi al mismo tiempo en que el mundo asistía al juicio de los criminales nazis en Nüremberg.

Nelson nuevamente miró el home plate y vio una nueva señal de su receptor, pero también la desestimó. Estaba a un lanzamiento, a menos de un minuto de poner fuera de combate a Chita Miranda, a quien en los cuatro turnos anteriores le había dado base por bola, evitando de esta manera cualquier contacto del jugador con la pelota. “Donde te la toque te la bota”, le habían dicho en el camerino. Y era así. Ya que en una recta que le lanzó cuando se distrajo un segundo, Chita que apenas se la rozó, la envió de foul a casi ochocientos metros. La cuenta estaba 3 a 2, tres bolas, dos strikes y el partido a un tercio de finalizar el extra inning de la parte baja del catorce, después de 3 horas y media, estaba a su favor dos carreras a una. Había llegado tres meses antes a Cartagena desde Venezuela en un fokker que fue fletado para la ocasión y por recomendación del manager del equipo se había hospedado en una residencia familiar de la Calle Tripitaymedia, en el populoso y heroico barrio de Getsemaní y de inmediato fue enrolado a las filas de la novena Torices, acérrima rival del equipo Águila, que también contaba con grandes figuras del béisbol nacional.
El día de su llegada, como ha sido costumbre, el Alcalde Mayor, un gamonal atravesado, en contra de su voluntad, actuando bajo la presión de la clase política tradicional, en una ceremonia solemne, en las horas de la noche, con invitados especiales, entre los que asistían autoridades civiles, eclesiásticas y militares, la reina de la Independencia, y los habituales lagartos, descendientes de virreyes y marqueses, y altas personalidades de la aristocracia criolla, amigas del gobierno, después de una tanda de discursos aburridos y latosos que se prolongaron por más de dos horas, le había hecho el homenaje de rigor. Y ahora, dijo el alcalde, por la investidura que tengo, le entrego las llaves de la ciudad y lo declaro “Caballero de la Pagana Orden del Cangrejo Alborotao”.
En el plato Pedro Chita Miranda, con la visera de la gorra echada hacia atrás, a sus 27 años había acumulado tanta fama y prestigio, que lo ubicaban en el pedestal como el más famoso jugador del béisbol colombiano de todos los tiempos y en esos momentos emblema del team Águila. Inclinaba hacia delante el torso, mientras que con las dos manos agarraba el bate, lo movía de adelante hacía atrás y así sucesivamente. En silencio los espectadores de La Cabaña, ese atardecer del viernes 5 de noviembre, miraban con más atención y respeto a Chita Miranda, que en la plenitud de su juventud, según me dijo Alfonso Pomarez Agámez, parecía un dios africano con sus dos metros de altura y su musculoso cuerpo que amenazaba con salirse del apretado uniforme azul celeste, con rayas de vivos rojo, uno de los pocos periodistas que fue testigo del nacimiento, grandeza y decadencia del béisbol nacional. Recuerdo que yo apenas tenía quince años y acompañé a Melanio Porto, que ya era un narrador cotizado en el béisbol, entre los periodistas hicieron las cabinas de transmisión de las dos emisoras que habían en la ciudad las hicimos con láminas de zinc, tablas de pino y techo de paja”, me dijo el cronista Alfredo Pernet, pocos días antes de morir.
El partido, que hasta esos momentos llenó toda expectativas, además de la tensión que produjo en la ciudad y especialmente en el público, había sido agotador desde sus comienzos a las cuatro de la tarde, cuando el doctor Mariano Ospina Pérez, vestido con el indumento propio de la Cartagena de la época, con pantalón, camisa, chaleco y saco blanco, corbata azul y zapatos de charol con hebilla, con el rostro rojo como un tomate podrido por inclemente sol, y rodeado de una prole de acólitos, hizo el lanzamiento de honor.
Las farolas de la iluminación pública que desde hacía rato fueron encendidas, lo mismo que en las dieciséis pantallas de mil bujías que para la ocasión instalaron a los lados del diamante y de las graderías de la Cabaña los trabajadores de la empresa municipal, que en un acto de solidaridad y heroísmo añadiendo cables y cruzando solares y vías, lograron traer desde la planta instalada en el baluarte de Pastelillo, estaban atestadas de toda clase de bichos nocturnos, que revoloteaban alegres alrededor de las luces, y a veces molestaban a los fanáticos que no solo rezaban y se apretaban las manos unos a otros, sino que esperaban que Chita Miranda bateara por lo menos un hit, pues el Buzón lo había dominado tanto con sus bolas bajas y afuera que el ídolo local se había visto en la necesidad de abanicar el viento.
Chita Miranda, seguía tranquilo y confiado en el home, pues no prestaba atención ni a las señas que al otro lado le hacía el maestro Pelayo Chacón y tampoco a los gritos de apoyo que desde el banco le lanzaban sus compañeros Ramón Herazo, Judas Araujo y Armandito Crizón, el médico. Más allá, en el rincón de su camerino, vio arrodillados ante la imagen de San Agatón, patrono de beisbolistas, cumbiamberos, maricas y periqueros, a Humberto “Papito” Vargas y al “Fantasma” Cavadía que oraban agarrados de la mano, haciendo esfuerzo para que él toleteara la pelota.
Los dos, Chita y Buzón, Buzón y Chita, ante el público, a pocos segundos del final del partido, seguían retándose. Uno frente al otro semejando dos gladiadores, mirándose a los ojos, como si estuviesen en un reto, esperando la más leve distracción; Chita Miranda, con el bate dispuesto a botarla al mar, de lanzarla a los nubarrones que anunciaban lluvias, a tirarla y meterla en los camarotes de las naves y espantar el polvo que en esos momentos alguna turista foránea hacía con un aborigen; por su parte el Buzón Nelson encorvado, con el guante en la mano izquierda descansando sobre el muslo izquierdo y la mano derecha detrás de la espalda, acariciaba la bola, le daba vueltas como si estuviese unida a la yema de los dedos, sin sacudirse las gotas de sudor que lenta y paulatinamente bajaban por sus sienes, miraba de reojo; y en esos momentos, unidos por la magia de la metempsicosis, de la que habló Platón, dos mil y pico de años atrás, en la mente de ambos de resonó de pronto la atronadora salva de aplausos que por poco echa al suelo las graderías de madera y el techo de paja de La Cabaña, que el público de pie les tributó, al entrar encabezando cada uno su novena, detrás de las ocho bellas niñas de piel de azabache que representaban a sus sectores y delante de todos, la reina de la Independencia de la heroica y virreinal Cartagena, la de Indias.

Por esos días la ciudad apenas llegaba a unos ciento cincuenta mil habitantes y en todos los rincones hervía el fervor por el juego de pelota caliente que años atrás, a mediados de 1910 trajeron en sus equipajes y en sus quimeras, algunos jóvenes aristócratas que habían ido a estudiar a ciudades de las Antillas y a los Estados Unidos, y que en menos de veinte años de práctica le había dado tanta gloria a la ciudad y al país, que no solo se habían conseguido los títulos regionales y orbitales, sino que hasta el mismo presidente de la república, pocos meses después de aplacar y reprimir los brotes de protesta que se suscitaron en Bogotá y en todo el país por el asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, se había venido desde Honda, bebiendo güisqui y comienzo pernil de zorra tierna ahumado, en un buque de ruedas, con todos los miembros del gabinete ministerial.
El béisbol se desarrolló como deporte de aficionados desde 1842 en la ciudad de Nueva York desde que Alexander Cartwright formó un equipo al que llamó el Knickerbocker Base Ball Club y con otros entusiastas participantes elaboró un conjunto de veinte reglas, publicadas por primera vez en 1845, y rápidamente, fueron aceptadas convirtiéndose en la base del béisbol moderno. Ese mimo equipo jugaría el 19 de junio de 1846, el primer partido oficial de béisbol en el mundo al enfrentarse al New York Club.
Cartagena no iba a ser la excepción. La ciudad vivía por todos los poros la fiebre del béisbol y de la mayoría de provincias del caribe llegaban ganaderos, comerciantes y nuevos ricos, con sus prolíficas familias en yates, buques de vapor, hidroaviones, ferrocarril, en coches lujosos o en cabalgatas, que se confundían con personalidades de la cultura y de la política que no se querían perder un solo inning del partido.
Nadie del Caribe que tuviera una hectárea de tierras y una docena de reses quería perderse del tan sonado match. Ese día La Cabaña, rodeada de caballos de buena estirpe, de flamantes Bentley-Rolls Royce, Mercedes Benz, Sedán, Chevrolet y Studebaker de vistosos colores, se había convertido en el epicentro de la actividad de la ciudad. Desde la mañana habían llegado periodistas, fotógrafos y narradores deportivos de la mayoría de ciudades del Caribe y del centro del país, que querían transmitir en vivo el encuentro del siglo, como lo habían anunciado en las propagandas, fijadas en las paredes de las calles y en las carteleras de los cines. Allende los espectadores, asomaban los bergantines, proas y chimeneas de buques y barcos que atracaban en el muelle, con sus contrabandos made in Medellin, y a la puerta de entrada del público, ventas de fritos, carimañolas, arepa e’huevo, chicharrones, vasos de jugos, guarapo, cervezas, ñeque y aguamiel.
Era viernes y toda la ciudad se había trasladado al residencial barrio de Manga, cuyos habitantes, conocidos como los nuevos ricos, descendientes de la arruinada aristocracia criolla, pero que aún un siglo y medio después de haberse independizado la Nación del corrupto imperio borbónico español, seguían viviendo de títulos, mercedes y prebendas, y manejando el erario público a su antojo, habían construido un complejo de viviendas residenciales de hasta diez piezas, caballerizas y galpones, amplios porches, grandes antejardines, una especie de réplica en miniatura de las ciudades sureñas y esclavistas norteamericanas; y en cuyo ambiente se respiraba aún el sentimiento y el espíritu negrero de sus propietarios, que se movilizaban en coches y berlinas tiradas por cuatro caballos y guiadas por negros de sacoleva, corbatín y librea. Fueron ellos quienes solicitaron al alcalde que buscara otro lugar para que se realizara dicho evento, pues la abigarrada muchedumbre podría en un momento dado, terminar en un desorden que perjudicaría notablemente la paz de aquel paraje solitario. No obstante, el burgomaestre un sabanero de sombrero vueltiao y abarcas, alejado de los protocolos, que vivía amancebado con dos negras, una bantú y otra mandinga, no solo se opuso a los requerimientos de las damas de la encopetada sociedad, sino que él mismo, bajo los efectos del almizcle de sus negras de ébano, consiguió que se construyeran nuevas gradas y se conectaran las pantallas al recién inaugurado sistema eléctrico de la ciudad.
En la zona sur de ese barrio habitado por aristócratas criollos y sedientos de títulos nobiliarios, se consturyó La Cabaña, muy cerca al malecón de madera, a donde atracaban buques de vapor provenientes de otras regiones de Colombia y del mundo. Según las cronologías y las notas periodísticas, fue el primer escenario beisbolero que hubo en el país, ya que al propagarse la fiebre del nuevo deporte, los jóvenes con el apoyo de las autoridades acomodaron los playones para practicarlo. Y La Cabaña fue uno de ellos, con la ventaja que fue cercado con láminas de zinc y adentro, alrededor del diamante se construyeron gradas de madera, se puso un tablero con los espacios para escribir los nombres de las novenas local y visitante y los nueve cuadros, uno encima de otro, para indicar el marcador.
Para los entendidos en materia del juego de béisbol, el Buzón Nelson, era un artista del box, con un amplio repertorio, lanzaba en la zona baja y era difícil de conectar, con rectas y curvas mortíferas a más de 100 millas por hora. Había sido fichado por los Medias Blancas para llegar a la gran carpa, pero la suerte esa vez no le acompañó, pues estuvo varios meses incapacitado debido a la herida producida por un pelotazo que le dio de frente y certero en el pómulo derecho. Por eso cuando don Jorge Gómez Peralta, conocido en el ambiente beisbolero como “Brazo de Oro”, el empresario de perros y chorizos de la ciudad, le habló de contratarlo para que viniera como primer lanzador a una novena colombiana, Nelson no lo pensó dos veces. Le dijo que si y que saldría para Colombia al día siguiente. Ahora estaba ahí parado, frente a quien había sido su adversario en los últimos ocho años, muy a pesar de que nunca se habían enfrentado.
A la mente de Nelson llegaron en tropel los recuerdos del día de su llegada al Muelle de los Pegasos en que la muchedumbre apretujada, cuando él asomó la cara por la puerta del hidroavión, lo recibió con una alegría inmensa, una euforia inusitada, y una atronadora salvas de aplausos, características propias de la sinceridad de la gente del trópico, de la gente Caribe, de los habitantes de Cartagena. Recordó su infancia en El Cardonal, uno de los barrios más populosos del Maracaibo de sus amores. Los campos petroleros por donde él con su camada de amigos en las mañanas se iba a mirar como emergía de las profundidades de la tierra el petróleo que subía al cielo como por arte de magia. Nuevamente volvió a la realidad y vio a Chita Miranda allá en el home play que subía y bajaba el bate por encima del hombro derecho, esperando su lanzamiento.
Miró de reojo nuevamente las bases y en medio del silencio aterrador en que podía escucharse la caída sobre la grama de una gota de agua en La Cabaña, pisó el montículo con el guayo derecho y sincronizadamente levantó la pierna izquierda y el brazo, el mismo brazo con el que había ponchado a cientos de bateadores, y con un gesto de alegría, de triunfo, de victoria, dobló el brazo hacía adelante y como si todo hubiese sido calculado desde los orígenes de la humanidad, al momento de tirar el brazo hacia delante y lanzar la bola, ¡ puf! La luz que había sido instalada por orden del alcalde con tanto cuidado y esmero, se había apagado, y mientras todo quedaba en tinieblas y cundía el pánico entre los asistentes, la bóveda celeste se iluminaba por la luz de las centellas y el cielo se reventaba en mil pedazos, por los rayos que anunciaban la tormenta.
San Sebastián de Calamari, 9 de abril de 2009




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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2009-08-04 22:21:29
Nombre: Csar Muoz
Comentario: Bien estructurado y con conocimiento de causa. Buena tensin emocional y original conclusin. Especialmente apto para nosotros los caribeos a quienes nos apasiona el bisbol.