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Mi decisión

Autor: Gladys Taboro

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Cuento publicado el 13 de Mayo de 2021



Mi madre había presentado síntomas depresivos en los últimos años, disminuyeron sus energías e iniciativas, no tenía apetito y sufría alteraciones del sueño. Estaba tratada por el médico de cabecera y tomaba los remedios bajo la supervisión de Ani, la mucama que trabajaba cama adentro para hacerle compañía y para brindarle todos los cuidados. En la última década yo había estado lejos de mi casa natal, desde el momento en que había decidido tomar la gerencia de la empresa Wador, en la ciudad de Lima. Viajaba a Buenos Aires cada dos meses para ver a mi madre y así poder hacer un seguimiento de su salud.

Un día que jamás voy a olvidar, cuando llegaba a mi departamento ubicado en la avenida principal, Ani me había hablado por teléfono para confirmar la enfermedad de mi querida mamá.
El diagnóstico era contundente y sentí que mis entrañas se destrozaban. Lloré de rabia agrediendo mis labios de tanto apretarlos.
Luego, sin pensarlo demasiado tomé una decisión: renuncié a mi cargo de Gerente y compré un pasaje para el primer vuelo que salía hacia Buenos Aires. Ese viaje fue el más largo de mi vida. Nunca había experimentado una tensión similar. A mi lado se sentó un hombre alto, con barba recortada, bien vestido que sostenía un maletín en sus manos cuidadas. Me miró y lo saludé. Me contó que se llamaba Matías Álvarez, que era neurólogo y que viajaba a un congreso en La Plata. Le expliqué lo de mi madre y él hizo un gesto que no pude entender. Después de ajustarnos los cinturones, intenté continuar hablando, pero estallé en sollozos. El hombre me tomó las manos y me dijo que si bien no existían tratamientos para revertir su enfermedad, al menos por el momento, se contaba con algunos fármacos que podrían retrasar, en determinadas etapas, la progresión de la patología.
Lo miré sorprendida, confundida, sin aliento…

Al llegar a destino, tomé un remisse que no tardó en llegar. Mi mente era un ovillo de ideas enmarañadas, las que se armaban y se desarmaban sin cesar. La odiosa palabra: Alzheimer me retumbaba como el estallido de una bomba con un detonante ensordecedor. Ese nombre alemán se entremezclaba con sentencias que sonaban a enfermedad sin retorno, a muerte que acechaba con sus silencios y olvidos perversos.
Ani, con su sonrisa de mujer buena, me estaba esperando en la entrada. La figura delgada de mi amada madre se recortaba frente al ventanal de la casona del campo. Creo que miraba sin mirar. Su vista perdida y sus ojos pequeños, permanecieron pegados sobre el vidrio salpicado por las gotas de la lluvia torrencial que había caído en la tardecita invernal. Lloré en silencio para que ella no me viera. Enjugué mis lágrimas de mar y me acerqué muy despacio para que no se sobresaltara. La abracé suavemente apoyando mi mentón sobre su cabeza. Sentí sus latidos confundiéndose con los míos. Estuvimos un largo tiempo sin hablar. Después la invité para sentarnos al lado de la estufa que ardía con sus leños rojizos y allí beber tranquilas una infusión de hierbas. La ayudé a ubicarse en el viejo sillón de pana verde y me miró.
- ¿Cómo te llamas? -preguntó.
- Teresa, soy tu hija mamá - respondí con un nudo en la garganta. Casi como un eco ella repitió una y otra vez:
- Teresa, Teresa - y siguió hurgueteando en mi mirada buscando una explicación.
Ani se sentó con nosotras.
- Lo mejor sería decidir un lugar de internación geriátrica, yo conozco uno que es muy recomendado - dijo la muchacha.
Le contesté que no pensaba hacer eso, que me quedaría con ella siempre, a su lado compartiendo minuto a minuto sus últimos años.
- Es que ella no sabe quién es usted - continuó Ani.
- Es verdad, ella no sabe quién soy, pero yo sí sé quién es ella - le dije, mientras depositaba un beso tibio en su frente adorada.

//alex


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