El perro Coronilla. Otros cuentos


El perro Coronilla

Autor: Anabel Vera Suárez

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Cuento publicado el 25 de Abril de 2021


Por las tardes mi madre nos contaba historias del jinete sin cabeza: un caballero vestido de negro, que introducía la cabeza por debajo de las hendijas de las puertas ,le colgaba una enorme espada de la cintura, además de dos sacos de boca grande para cargarnos hasta el río Cayaguany, abandonarnos en sus recodos , para ser comidos por el misterio guardado en el fondo de sus aguas. Solo nos amenazaba con historias parecidas a estas y entrábamos todos en una cama enorme de colchón doblado, acurrucados debajo de una sola corcha donde los cuatro nos hacíamos señales con los ojos y caricias de manitos pequeñas hasta quedar dormidos, escuchando la fina voz desvelada por la quietud de nuestros cuerpos.

Por las mañanas al irnos a la escuelita, no lejos de nuestro castillo encantado rodeado de naranjales, flores de majaguas, vestido de tablas de palma y pencas de guano donde el piso de tierra parecía una vasija de barro bien moldeada por su alfarero, dejábamos al perro Coronilla acostado bajo la enorme mesa que cada mediodía brindaba al maestro el almuerzo delicioso de mi madre.
Aquel lunes vino el hombre de las ristras de caramelos como de costumbre, compramos algunos, eran de muchos colores, pegados unos encima de otros se salían de los cartuchos amarillos con la mirada intensa de nuestros ojos por triturarlos uno a uno hasta dejar nuestras lenguas satisfechas de dulzura mostrando otros colores. Cuando llamamos al perro para darle de comer algunos en nuestras manos no apareció. Fuimos corriendo por el potrero de Rucho Cadena el hombre que vivía cerca de nuestra casa, donde Coronilla se pasaba horas detrás de las vacas ladrando y retozando en las viejas y sucias piernas del campesino, mojando su pelaje negro brillante en la finas hierbas y calleándole atrás a las gallinas sin dejarles descansar en sus nidos .Le preguntamos por él, pero no lo había visto. Le parecía raro porque siempre venía a recibirlo por las mañanas. Rucho colocaba el cubo de aluminio en una soga , lo dejaba caer lentamente hasta el fondo del pozo y se lo ponía a Coronilla en el hocico para que la fría agua refrescara su lengua cansada de tanto correr en el potrero.
Llegamos hasta la casa de Romelia la mujer gorda que le vendía huevos a mi madre. Tomaba entre las manos un rollo de papel y colocando el huevo delante miraba hacia la luz donde comprobaba si se podía comer o no, el perro tampoco había estado allí. Coronilla siempre se quedaba horas detrás de su perrita retozando con ella. A Romelia no le molestaba porque decía que siempre le avisaba cuando aparecía algún extraño para robarle las frutas de su finquita.

Ya era la hora de irnos, todo seria distinto, las casas, los árboles, la gente las escuelas serían grande, con muchos niños, los maestros ya no vendrían a nuestra casa a almorzar porque de seguro habría un comedor obrero para ellos. Mi madre dejaría de contarnos historias porque decía había conseguido un trabajo en una cafetería y estaría todo el día trabajando. De seguro no habría matas de pomarrosa, ni enormes surcos de tierra arada por donde pasar horas recogiendo vidriecitos antiguos. Mi padre ya no tendría caballo donde pudiéramos pasear, volvernos locos de alegría por dar vueltas y vueltas con él en los callejones del barrio. Allí no haría falta porque mi padre viajaría en ómnibus hasta su trabajo que, seguirá siendo el mismo porque no sabía hacer otra cosa que limpiar, limpiar montes para que la maleza no se tragara sus más encantadores árboles. Llamamos varias veces a Coronilla pero el no aparecía, mi hermano grande era el que mas lloraba. Todos buscábamos por los escondrijos donde podría estar pero no aparecía. Escuchamos un ladrido lejos, en el círculo donde íbamos todas las tardes a ver el único televisor del barrio, fuimos corriendo, parecía como si estuviera esperándonos, no mostró la alegría de siempre al vernos. Subimos todos en el enorme camión que llevaba nuestras pobres cosas hasta el pueblo.
Dos días después Coronilla se echo debajo de la única mata que había en el patio nuevo. Comenzó a trasmitir un aullido triste y quejumbroso. Hasta que se quedo completamente dormido.


//alex


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