El tigre y el remo. Otros cuentos


El tigre y el remo

Autor: Amadeo Monzani

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Cuento publicado el 01 de Septiembre de 2019


Era un hombre bueno, el más bueno que conocí en mi vida- Surgió de su boca tristemente, cubierto por la copa de vino, que se alzaba ansiando inmortalizarlo. La mesa estaba ocupada por rostros sin esperanza cuyas manos no tocaban los cubiertos. Yo me encontraba en la silla enfrentada a la de mi padre, quien hablaba. Él había propuesto el brindis, a memoria del abuelo. Nada se podía decir que fuera reconfortante, el llanto explicaba todo, la fijeza y la insoportable calma fabricaban un silencio difícil de cotejar. Pronto golpeamos los vasos con él y bebimos, recordando, aún callados, funestamente. Había muerto él, y nosotros habíamos marchitado. Cenando ciegos, viviendo en silencio, guardando duelo a las sonrisas, por la muerte de ese afecto, por la ausencia, habíamos vivido para sufrir aquello y apresuradamente nos invadió el ocio indeseable del final. La muerte se había sentado a la mesa, de imprevisto, aborrecible por su primorosa seducción, dibujando una sonrisa truculenta en el rostro de los desposeídos, desposeídos por la malicia del dolor y de la noche. Era un momento forzoso e inevitable. Y aun sabiendo lo frívolos que eran los intentos de evitar que se presente la situación, ansiábamos un anuncio, un desliz, que rompiera con aquello.

Mi padre emitía, consistentemente, con su fuerte voz, que prometía con ingenuidad que no iba a quebrarse pronto, palabras de alivio inconducentes. Levantaba la copa y bebía la sangre. Observé las manos de mi familia, las manos quebradas, de los jóvenes súbitamente envejecidos, de los adultos simplemente incorpóreos, y en una mesa de fantasmas, la ansiedad no vivía en las copas de vino.
Estaban en la mesa mis dos hermanos, un varón y una mujer, menores que yo. Él tenía ocho años, no percibía la tristeza, y vagamente podía acudir a tiernos recuerdos de fatigosas explicaciones sobre la muerte. Ella tenía seis, y su percepción era incluso más difusa, casi nula, y sus reacciones comprendían únicamente una frecuente repetición, que se le había hecho banal excusada por sus mayores imponiendo su edad como raíz.
No era fortuita la causa de la tristeza, no era desconocida tampoco, era usual y esperable, pero la ignorancia del rechazo y de la indiferencia había impedido a todos disponerse ante el factible riesgo que luego se presentaría como una imprevista realidad.
La desesperanza batía insosteniblemente, desafiaba el amor y generaba estupor. Los adultos lo evitaban tristemente, ya que eran los más conscientes, o clamaban serlo, y al negarlo negaban su realidad más certera, y más cercana. Yo era el más consciente de lo que sucedía, realmente, comprendía por qué brotaban las lágrimas de los ojos de los míos, no me encontraba cegado por ellas, ni por la juventud, o la aspereza de la decrepitud, que generaba aprensión hacia el futuro. Yo era consciente de la muerte de mi abuelo y lo que ello conllevaba, yo comprendía, casi descaradamente, que el fin de ese hombre había significado recelo y novedad para todos en cierta manera. Los más próximos lograban portar un rostro firme, o cubrirse en lágrimas. Matar la ficción era una acción quimérica en aquel entorno, por lo que yo podía pensar pero no comentar sobre mi desconocimiento de ese hombre, y la extraña apatía penosa que me generaba. No podía ocultar un rostro impasible, al que pretendía oponerme, fútilmente.
Lo único que puedo remarcar de ese viejo al que había visitado semanalmente durante años es su plena indiferencia, y su padecimiento físico invariable, por el cual debía cuidar su cuerpo asiduamente, y lo hacía sensible al más exiguo golpe que este pudiera sufrir. Yo especulaba que esa era la causa de su indiferencia y aparente altivez. En aquel momento cavilé que mi padre compartía ese pensamiento, y que su tristeza era una tentativa de disfraz, compartiendo con su madre y con su esposa, instruyendo a sus hijos sobre las reacciones correctas y las indebidas, utilizándose como ejemplo, y manifestándolo con un rostro quieto, inalterable. Las noches se volvieron alegres, ya que los sueños nos acompañaban, despreocupados, evadiéndonos sutilmente de la tristeza y el pensamiento.
Llegamos a la ciudad del tigre en tren, dejando viajar tranquilamente en el coche a la mujer de mi padre y a la reciente viuda. Era forzoso un atrevimiento farsante como aquel, era errático, pero osado y preferente. Se acercaban jovialmente los perros a mis hermanos cuando viajábamos, vislumbrábamos desde el vagón del tren como pasaban las estaciones alumbradas festivamente en una tarde lluviosa, oscura, y apesadumbra. El perro que nos seguía entró con nosotros al vagón y se apoyó a los pies de los niños, mientras yo notaba el cambio entre los altos edificios de la ciudad, irreconocible a pesar de sus exageraciones insoportables, y las bajas construcciones de madera, con sus humildes pórticos, gastados y húmedos, adentrándonos en un poblado que lograba ser caracterizado. Suaves eran los pasos que debían darse allí, oyendo la melodía rítmica pero imperfecta de las olas, ora interrumpidas por un vehículo incivil, ora por un alboroto irreverente, pero siempre constante y hermoso, donde pensar con detenimiento era una obligación tortuosa, la que dirigíamos a lo erróneo, a lo singular y a lo interesante, no a lo urgente. Encontramos a las mujeres preparándose entre la larga fila de gente que aguardaba la lancha hasta la isla después de ser interferidas por un hombre con panfletos coloridos y una sonrisa. Lúgubre, cuidadoso, era así como debía uno comportarse allí y donde fuera, deleitarse era una ostentación restringida. Los ojos eran negros, a quien fuera que se viera, y nada había más atrás. Las aguas que salpicaban al bote eran un refresco tímido, una mueca cubierta, una alegría momentánea. Observé las sucias aguas del río y comprendí. Llegamos luego de un almuerzo leve, y nos alegramos al observar la construcción de madera con pilares. Nos encontrábamos a metros del río, rodeados de un aire fresco anulado y acometido. Pronto subir por las escaleras embarradas y mojar las sandalias de plástico para encontrarnos con la amplia galería, donde hallaríamos la mesa fija de madera sucia, la luz anaranjada y las sillas de hierro con almohadones de gomaespuma cubiertos con cuerina azul, pasó de ser una novedad a una monótona y cansadora costumbre, para alejarse del creciente río que nos acarreaba lánguidamente al lugar donde el plástico de los almohadones empantanaba lo cotidiano. El primer día pasó fatídicamente, casi sepulcral en su solemne fatalidad, ocupar espacio era lo que nos ateníamos a hacer deshonrosamente, con la mirada gacha, por el temor y el impedimento. Aun sabiendo lo prohibido que era el silencio, pero sin ayuda de nuestro calmo entorno. El esfuerzo aumentó más adelante, al pasar el mal tiempo, cuando fuimos atraídos hacia el muelle y observamos la corriente del bajo y permisivo río. Yo me senté en un escalón mientras la viuda prendía las velas, ya que la lluvia había cortado la electricidad. Observé desde aquel lugar cómo mi padre se sentaba en la galería y leía con los labios fruncidos. –Era un hombre bueno, eso es lo que importaba- me dijo cuándo lo llame, al notar la canoa atada al muelle, pidiéndole instrucción- Era generoso, sin mirar a quien- Concluyó destempladamente, desinteresadamente, evitando el tema que había comenzado por su cuenta. Yo observé que requería ayuda para soltar la canoa y me acompañó hasta la casa del dueño de la tierra que estábamos alquilando, para solicitar autorización. Caminé descalzo un poco más de un kilómetro, escoltado por la prominente figura de mi padre, un hombre corpulento y despreocupadamente encorvado, que emitía una insegura consistencia. El dueño era un hombre de modos desafinados y desaliñados, aunque notablemente expresaba un regocijo al hablar, además de una rudeza que yo tímidamente intentaba equiparar bajando mi voz y hablando entorpecidamente en forma intencional, para disimular mi aire atildado y mi pulcritud. El dueño saludó a mi padre calurosamente y en una forma muy física, palmeando su espalda con excesivo entusiasmo, y sonriendo en forma incómoda. Días después mi padre, al sentarnos a la mesa bajo la luz anaranjada de la lámpara del comedor, rompiendo con el adecuado halo de tristeza, en el momento en el cual reposábamos satisfechos luego de una cena atractiva, comenzó a reír. Su risa podía haber contagiado a todos, pero era una farsa, muy inesperada para ello, era la risa de un loco, nuestras miradas no se despegaban de la risa estruendosa, sin propósito ni razón, que había entorpecido a mi padre lúgubremente, podía vislumbrarse el dejo de una lágrima en la mejilla de mi abuela, junto al temor, y la reflexión.
Tomamos la cuerda y lanzamos la canoa al río, era más liviana de lo que esperaba, más me subí sin problemas, detrás mío mi padre, con los dos remos. Me alcanzó uno de ellos, algo ajado y comenzó a darme instrucciones. No pude respetar las instrucciones a la perfección, mi padre comenzaba gritando órdenes mientras yo remaba derecho, con el bote virando a un costado. Solté el remo frustrado, oyendo lejanamente las quejas de mi padre, y sosteniendo mi rostro en forma inmutable, pero observando la suavidad del río, mientras los juncos se aproximaban y que mi padre enderezaba la canoa y nos llevaba a un lugar rebosante de insectos, que recibíamos encantados, salpicando suavemente. Allí noté que mi padre me insultaba y gritaba por el hecho de que sobre la canoa podíamos pensar demasiado, y sería peligroso hacerlo para él, pero para mí era una recompensa incalculable. La canoa era de madera y lona, parecía echa en forma barata, y sin importar las conveniencias del aluminio. Los remos de una madera que no podía ilustrar. El silencio me impidió bajar y comencé a remar por mi cuenta, con paciencia y esmero. Fui afortunado de que no había indicios de corriente fuerte, ya que mi remar era irregular y torpe, pero constante, adentrándome con paciencia en el río, encontrándome con espacios adecuados para dar la vuelta y forzar mis brazos girando para mi derecha y virando para atrás, moviéndome a continuación con el otro brazo para delante y para el otro costado, creando pequeños oleajes y empapándome, pero alegremente, por el hecho de haberlo logrado exitosamente. Intenté varias veces más con éxito, me despojé de mi ropa y me lancé al río satisfecho. Las aguas marrones se debían al barro del fondo del río, y los insectos y las ramas se debían a la putridez de las aguas, diáfanas para mí. Pisé el barro jovialmente al salir del río cuando comenzó la tormenta. Nos cobijamos dentro de la casa, sabíamos que varios días de humedad se aproximaban violentamente. Era temprano aún, asique tomamos un rompecabezas traicionero y comenzamos a armarlo entre todos, era sepulcral, e indebido, un entretenimiento puramente amenazante. Nos encontramos cortos de víveres. Cenamos sobras de zapallo y de carne al lado de una sopa que preparó la mujer de mi padre. Aquella mujer que respetaba enormemente pero despreciaba con la misma dedicación la memoria de mi abuelo. Era una mujer joven, alegre, pero muy crítica con lo que deseaba prevalecer, era una mujer egoísta, a quien yo respetaba enormemente en su vanidad y altivez, y envidiaba por ambas al mismo tiempo. Noté que a lo largo del tiempo mi odio hacia ella decrecía, convirtiéndose en cierta aprensión primero, pero luego en piedad y preocupación. Comprendí el cariño de mi padre y noté lo que ella podía representar. Aquella noche prevaleció la tormenta, callando a los pájaros y despertando a las ranas y los grillos, que alegres disfrutaban del agua saltando sonoramente en el jardín, fue una tormenta larga y fuerte, y la luz se perdió nuevamente, pero nos negamos a prender velas y nos acostamos temprano, en silencio todavía, pero menos que el de las noches anteriores. Por la mañana el sol era radiante, pero indeseado, había secado demasiado pronto los charcos de lluvia de la noche anterior, y hacía tediosa la tarea de entrenar con la canoa durante el día, quemando mi espalda y mis brazos, que con un gran esfuerzo lograban su cometido, fortaleciéndose, luchando contra una fuerte corriente que anunciaba una nueva lluvia nocturna. Mientras yo esperaba aquella lluvia, podía recorrer la algarabía de las construcciónes vecinas, observándolas desde el río. Vi a la pareja de al lado, feliz, con varios hijos, dos de ellos criaturas, y sus perros sueltos, corriendo en el jardín y lanzándose al río, deshaciéndose del calor reinante. Yo podía notar el ruido de los árboles siendo mecidos suavemente por las ligeras corrientes de viento, mientras remaba con esfuerzo pero satisfacción, esquivando los juncos y los muelles, que luego de la tormenta permanecieron hundidos bajo el río hasta los escalones más altos.
Los insectos se mostraban especialmente tediosos, y era arduo quitarlos mientras remaba, por lo que decidí dar la vuelta y volver a la casa. Era apenas el segundo día y yo ya había logrado dominar enormemente el remo, impidiendo que se me resbalara o balanceando correctamente la fuerza de uno y otro golpe, estaba gozoso y orgulloso. Tenía la frente caliente y la piel colorada, me recosté a descansar al llegar y me recibieron con miradas espaciadas y detenidas. Leí un cuento a mis hermanos y luego leí algo yo mismo, plantando los codos sobre la mesa y sosteniendo mi frente con los pulgares. Noté que mi abuela se veía indiferente ante su vida, observando el cielo por la ventana, y resolví que nada más que compadecerla podía yo hacer. Yo no me veía así, yo me comprendía esperanzado y resuelto, con esperanzas de continuar en lo que yo estaba, junto a otra multitud tal vez, pero nunca solo, y eso supuse que me esperanzaba, y también asumí que desahuciaba a mi abuela, su singularidad solitaria, su mirada dubitativa, su necesidad de un encuentro cercano pronto y duradero, o el final, una sensación equivocada de total ausencia.

Esa noche soñé con un cuarto oscuro en el que yo me encontraba desnúdo y sentado. Me encontraba en una de las esquinas del cuarto, y se podía observar que estaba curioso por saber que sucedería en el medio. En el medio, nada, en las otras esquinas podía yo ver a mis padres, ellos parados, y a mi abuela, acostada, todos observando el centro de la habitación. Yo intentaba salir de mi lugar, intentaba zafarme de allí, inútilmente. Observaba como posible marcharme, regresar a mi hogar, y viajar en colectivo hasta la otra punta de la ciudad, observando los asientos sucios de plástico con marcas e inscripciones, observándolos con asco, pero sin darle importancia cuando debía sentarme. Mientras llegaba a la avenida principal y me encontraba con mis compañeros, con los cuales disfrutaría un almuerzo en un bar cercano a la escuela de medicina.
A los gritos me pidió mi padre los toallones de mis hermanos el día siguiente, él estaba sentado en el muelle y estaba resuelto que la lluvia se posaría sobre nosotros nuevamente, yo comprendí y procedí a secar a mis hermanos, bajando por los escalones sueltos de la escalera que me dirigía a la galería. Entramos cuando vimos que se avecinaba, levantando la vista suavemente. Fue entonces que tuve el infortunio de cruzarme con la figura de mi padre, parado en el borde del muelle, de espaldas a mi, observando las nubes dejar caer una estela de lluvia suavemente sobre los árboles frente a nosotros, con los brazos cruzados, sin su remera y vistiendo únicamente un short, inmóvil y de espaldas yo podía saber que estaba llorando junto al cielo. Esta lluvia fue la peor, fue la tercera, fue la más fuerte y la impredecible, la que venía mal intencionada, y la incalculable. Nos encerramos en la casa y tomamos las posiciones que habíamos asignado para nosotros mismos calladamente. Yo observé la lluvia y repasé la imagen de mi padre, llorando, nunca lo había visto llorar, y eso me significaba entonces un dolor inmenso, y me hacía caer en un cuestionamiento doloroso y en una culpabilidad consciente, que me provocaba pensar nuevamente en algo que me había impedido pensar. Observé la canoa y desee alegrar a mi padre, desee y busqué las palabras de grandeza que anhelaba desde hacía tiempo, que me fueron entorpecidas por sucesos carentes de cariño. Yo sufría el cariño que tenía por mi padre, no podía identificarlo de su parte, y eso me dañaba, como a él lo menoscaba por su parte la desidia de su propio padre.
La calma de la tormenta era la calma que intentábamos evitar, era una calma cargada, pesada, reflexiva y sonora en su tranquilidad, era vaga, nuestras mentes eran vagas, vagaban entre la concepción de tranquilidad y la de alivio, buscando uno, para quitarse de encima el peso, que luego la tranquilidad absoluta de la muerte acarreaba nuevamente. Deseé quitarme de encima ese calmo desprecio que sentía entonces de mi padre, para transfigurar en un consuelo suave y leve, que me permitiera reposar. Salí entonces de mi casa y bajé las escaleras con velocidad, dirigiéndome hacia el muelle osadamente, y desatando la canoa, ciego y lleno de adrenalina, subiéndome y viendo cómo se llenaba rápidamente de agua, que la hacía más pesada y más difícil, y me alegraba, era esencial y perfecto que estuviera pesada, era arduo y dificultoso. Bailaba desnuda, al compás de dos notas de violín suaves y constantes, inacabables, soberbias. Tapaba sus pechos con delicadeza mientras se balanceaba suavemente y levantaba sin temor su brazo sobre la cabeza, el silencio se escuchaba bajo la lluvia mientras peleaba duramente contra la corriente y el viento, y seguía soltándose el cabello, largo y hermoso, rubio, mientras movía sus piernas hermosas, sin importarle la música, y comprendía que debía yo ver sus hermosos pies, extendidos, mientras que su cara revelaba una sonrisa, que no me concedía, pero me pertenecía de todas formas, y los remos se me resbalaban, hasta que yo podía tomar nuevamente el control y enderezar el bote, mientras me acariciaba la cara con sus suaves manos, cuyas uñas largas y rojas me enamoraban, y luego se hacían inalcanzables, y yo podía oír esa melodía seductora en la lluvia y el viento, al golpear las olas con mi remo, apartándolas, levantándolas, amenazándolas, y mi vista se volvía borrosa, por las gotas de lluvia incontables que se extendían frente a mi, yo no paraba de remar, valeroso, aunque el cabello mojado tapara mi rostro y mis ojos, debía dar la vuelta y observarla de nuevo, con su danza hermosa, con su danza suave, con su alegría reservada y su atrevida mirada, a pesar de aquella adversidad, y a pesar de la corriente en contra, para regresar a salvo, y recostarse suavemente en la orilla. Allí mi padre me gritó, me insultó y desaprobó lo que hice, pero yo estaba extasiado, y comprendía que aquellos gritos solo significaban orgullo, y lo demostraba con reprensión obligada, aunque una sonrisa se veía en su cara borrosa. Encallé en la orilla y me bajé del barco, mojando mis piernas, hasta las rodillas, empujando la canoa con fuerza desde la popa mientras mi padre tiraba, estaba en medio de la tormenta y observaba calmadamente, junto con el último empujón, los juncos delante de mí, siendo azotados impiadosamente por el viento y el agua que caían sin descanso. Mi padre me llamaba silenciosamente mientras yo miraba al horizonte limitado que encontraba más allá, en la curva del río. Caminé luego arrastrando el agua conmigo y subí torpemente a la tierra, preparándome para la cena, y mojando mi torso desnudo a medida que llegaba triunfal, feliz. En casa las luces estaban bajas y estaban en silencio, afectadamente arreglando la mesa del centro del comedor, solemnemente y con suavidad, comparables con bailarinas en telas de seda, manifestándose sagrados, intachables, severos, pero comprensivos. Vi cada uno de los platos ser apoyados en forma ritual, pero algo había de disímil entre aquellos y la monótona vajilla de la cena. La cerámica blanca con florecillas rojas, anaranjadas y amarillas se mostraba rústica pero aseada, mostrando únicamente respeto y sosegada seriedad. Oí los violines nuevamente, y se me presentaron los pasos constantes y rítmicos con dulce y poética violencia, con la cual vi a mi abuela, contraída de tal manera que jamás antes la había visto. Temor, miedo, distancia, pero calmo entendimiento se dibujaron en mí. Solo podía ver su cara, pero era la cara más solemne y golpeada que podía atreverme a ver, estaba con los brazos apoyados en la mesa enérgicamente, y con los ojos abiertos y húmedos, mirándome con ternura y enfado, estableciendo un silencio que mostró entendimiento. Todos esperaron que ella terminara de sentarse para sentarse. No se oyó siquiera el sonido de los tenedores, los vasos o los platos hasta que la cena terminó. Las cabezas de todos estaban gachas, menos la suya, que estaba alta por la de todos nosotros. Sus codos estaban sobre la mesa, y los platos de todos se fueron sin un solo sonido, tal como habían llegado. Esa noche el sueño era necesario y descansamos con los ojos abiertos, respetando la solemnidad del lugar y la mirada portentosa. Dormí junto a mis dos hermanos, uno a cada lado en el salón, la casa tenía dos habitaciones, una ocupada por la viuda y otra por los padres, yo, en el salón, con mis hermanos, me atreví a levantar las persianas de junco por la noche, alumbrando suavemente el lugar, con las luces de la luna y la noche, y el sonido disuelto de la lluvia. Por la mañana la lluvia se habría acabado, y los violines habrían comenzado a sonar con más fuerza, comprendiendo que nuestra búsqueda parecía concluir insatisfactoriamente, dejándonos un día solo, un día sin aquel impertinente rumor, con una claridad nimia. El habla entrecortada era incesante, paradójicamente, pero dejaba inmerso a alguien en un interés inconducente. Era, aun así, algo comprensible y excusable por el deterioro y la soledad.
La mañana comenzó estrepitosa, me despertó su resplandor, su calor era ya costumbre. Observé por la ventana que el jardín se encontraba inundado aun, y descalzo dejé mi colchón, abrigándome para pasar a la galería y bajando rápidamente. Resbalé con un escalón y me sostuve apenas a tiempo para no caer. Luego bajé los últimos dos escalones con un solo paso y mojé mis pies hasta los talones. El pasto recién cortado del día anterior flotaba sobre el agua de lluvia, era refrescante ver limpio el jardín y gotear los árboles. Mis hermanos me acompañaron y se mojaron jovialmente, quitándose las botas y los pantalones incluso, disfrutando despreocupadamente del sol del día. Yo sonreí ante aquella imagen, al igual que mi padre, quién bajaba rezagado los escalones de la galería y mojaba sus pies en el frío agua que nos había prestado la lluvia. Se abrigó y me lanzó un impermeable, indicándome que debíamos pasar a comprar víveres. –No querrás comer asado nuevamente- Me dijo mientras caminaba, sin mirarme a los ojos, yo asentí neutralmente, ya que no podía negar aquella afirmación aunque fuera falsa. Caminamos a la par por el camino de tierra, cubierto por numerosos árboles y costeando el extenso río y las construcciones de madera y chapa, ahora dañadas por la lluvia. Caminamos lentamente, oyendo el sonido de los numerosos pájaros invisibles, conscientes de los movimientos que realizábamos a cada momento. Yo, descalzo, pisando el suelo frío el fruto de las casuarinas, pronto noté que mis pies se entumecían levemente, y mis dedos se ennegrecían por la suciedad y el clíma. Nos desviamos del camino, entrando en un terreno ajeno, y siendo obligados a pisar los pequeños charcos de agua que se formaban en donde antes corría un arroyo, que ahora estaba desbordado, y las tablas de madera que servían como puente se encontraban tapadas, era muy probable que alguno de los dos pisara un pozo y resbaláramos, pero andamos con cuidado y nos asistimos mutuamente. Pasamos por un terreno bajo, que había sufrido la inundación severamente, por sus techos de madera, ahora arruinados, y su suelo irregular, donde se había formado una laguna, que se extendía hasta la puerta de entrada. No vi desolación, sino pena y lastimosidad. Cruzamos un terreno enrejado, al cual no había llegado el agua, pero lo inundaban la basura y las sucias bolsas de plástico. Toro y Nestor vivían allí, y se acercaban amistosamente, a esperar con nosotros en el muelle de su dueño, el cual invadíamos mientras él no estaba en casa. Era una casa en construcción, bien cuidada, resguardada, pero muy calma. La lancha arribó y saludamos amistosamente al vendedor, un hombre cuyos dientes amarillos y deformados arruinaban una jovial sonrisa, pero dilucidaban la horrible disimilitud entre él y nosotros, una diferencia perjudicial. Obtuvimos lo que debíamos y volvimos más lentamente aún, recordando cada uno lo que debía, lo que necesitaba, nos ayudamos a pasar por los pozos nuevamente y llegamos antes del mediodía, cuando pudimos asistir a las mujeres a poner la mesa y preparar la comida. Mirar la lancha alejarse y expedir un suave oleaje, mientras el frío viento recordaba la lluvia de la noche anterior, observando de perfil un rostro decaído y portentoso al mismo tiempo, quién mantenía la vista recta y ejemplar. La comida fue pesada y mereció un descanso, yo, de todas formas deseaba mantenerme despierto. Mi abuela dormía, descansaba su sueño mortal, en una silla, con los ojos completamente abiertos, mirando por la ventana fatídicamente y eternamente. Un frío recorrió mi cuerpo hasta que la vi pestañar nuevamente, cuando noté el tiempo perdido, la derrota de la persistencia, y deseé acercarme. Tomé una silla junto a ella y me senté, observando la espera de aquel bote que la apoyara en el río de inapetencia certera. Yo miraba su inamovible expresión de desamparo sin que ella lo notara y apoyaba mi codo en la mesa mientras sostenía mi mentón con la palma de mi mano abierta. Ella se dio vuelta y me sonrió con la boca cerrada, marcando sus dientes contra los labios, entrecerrando los ojos, dejando las manos sobre su falda. Me acerqué y le devolví la sonrisa. Su rostro me generaba alegría y pena, sin siquiera pensar en las tragedias que le pasaron, sin siquiera hacer alusión a su efímera infancia o a su reciente pérdida, simplemente notando su expresión de dolor y condena entregada lograba quitarme una sonrisa triste.
-Escucho en mi cabeza esa melodía constante- dijo, mirando sobre mi cabeza, algo que no podía yo observar, pero macizo para ella- aquel violín, ¿lo escuchas?- entonces levantó su mano y la llevó a su oído, mientras observaba de reojo al violinista, a quién yo también oía suavemente- que bella melodía que toca. Dios, la escucho desde que soy joven, desde que conocí a tu abuelo, la conozco tanto como lo conozco a él, puedo recitarla de memoria- Bajó entonces su mirada a un pañuelo y lanzó un suspiro largo y húmedo con lágrimas, que aun retenía en sus ojos- ¡pero no puedo recordar su nombre!- al decir eso rompió en llanto y llevó su pañuelo a su nariz, las lágrimas se vislumbraban sin pena, sin vergüenza en su rostro plegado- Tantos años viví oyéndola, ahora el temor me hace olvidar, me obligo a olvidar, pero no puedo olvidar lo que deseo. Estoy muriéndome- Me dijo entre sollozos- Me muero y no tengo con quien morirme. Nosotros, en el día de bodas apagamos juntos la lámpara de la mesa de luz, como juramento de que moriríamos juntos- Me reveló con una sonrisa, comprendiendo que eran momentos tiernos e inocentes, y eran ideas lejanas y dudosas. El amor era inocente, pero hermoso, ella lo extrañaba y lo conmemoraba desolada, la notaba decaída como siempre, pero resultaba árido y penoso tener que comprender que ella no estaba con nosotros.
Me llamó entonces mi padre, quién se encontraba en el jardín, después de comer. Llevaba consigo una botella de cerveza y estaba sin camisa. Me dijo que quería que le enseñara lo que había aprendido durante aquellos días, refiriéndose al remo. Apoyado en la canoa, atrás, yo en el medio, observando la proa y los remos, moviéndose suavemente, mi padre sonreí. Pasamos por la intersección de los dos ríos y llegamos al muelle del dueño de nuestra tierra quién se estaba hospedando en la otra casa, en la que estaba en construcción. No nos recibió, no estaba en casa, pero nos sentamos suavemente en la escalera y miramos el río y los árboles. Mi padre destapó su cerveza y resolvió convidarme un poco, como premio por mi destreza, además de revolver mi cabello amistosamente. Comenzó a beber mientras me hablaba de lo que haríamos al regresar, preguntarme como estuvo el viaje, y consultar por mi madre, haciendo alusión a su separación inminente y a su hija con otro hombre. Mi padre comenzó a cantar entonces, una melodía de borracho, al tiempo que casi finalizaba la botella de cerveza que yo apenas había probado, luego de oír mis breves respuestas. Era una canción afligida, y pronto la detuvo secamente. Fue repentino cómo observó mi mirada, mi sonrisa incómoda y mi mirada interrogante. Oí por primera vez a mi padre llorar, y lo vi, con lágrimas cayendo lentamente por sus mejillas, mientras continuaba con el canto.
-Viejo de mierda, me hacía falta… era un mal hombre-Sorbía sus lágrimas con el alcohol mientras pausaba sus honestos quejidos- un mal hombre, nunca estuvo-terminó de sollozas antes de llevar nuevamente la botella de cerveza a su boca, ya húmeda por las lágrimas, y limpiar su barbilla. Miró hacia adelante, las lágrimas brotaban copiosamente, y debía limpiarlas, se agolpaban y lo llenaban de culpa y de temor, pero con alivio. Su voz era rasposa, pero se oía con mayor claridad que nunca. Yo comprendí y volví a la canoa.
Al día siguiente nos marchamos, con más que un simple dejo de consuelo.




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