Magia Sangrienta. Otros cuentos


Magia Sangrienta

Autor: Carmen Manjarrez

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Cuento publicado el 24 de Agosto de 2019


Otro día, exactamente igual que cualquier otro día en la preparatoria. El sol de cada mañana entraba por una ventana e iluminaba el antiquísimo salón. Un anciano medio sordo, de barba larga y cabello grisáceo golpeaba levemente el pizarrón con un gis, que dejaba un rastro blanco con formas ortográficas acerca de fórmulas inmensas.

28, 28 jóvenes conformaban el salón de paredes blancas y agrietadas. Algunos de ellos aún dormían, lanzando ronquidos silenciosos; otros estaban perdidos en el celular, algunos más miraban al frente, aburridos en lo máximo de su conciencia. Sólo alguien, con la mirada perdida en la ventana, tenía la cabeza maquinando cosas increíbles.
Sandra observaba a la ventana, perdida en su fantasía y realidad, cuando una bola de papel golpeó su cabeza, aunque ella lo ignoró. Pronto le golpeó otra y otra más; justo cuando la cuarta estaba por golpearla nuevamente, movió rápidamente la mano y atrapó la bola sin siquiera verla, pues había cerrado los ojos y tenía la cabeza hacia la ventana.
Se volvió y miró a Edgar, que le sonreía estúpidamente con un par de bolas de papel en la mano. Aquel muchacho con cara de galán callejero había querido ligar con ella y convertirla en su novia, pero cualquier esfuerzo seria en vano, pues era una chica de palabra firme y nada le haría cambiar de opinión.
Edgar volvió a lanzarle las bolas, ambas a la vez, pero la muchacha las detuvo con un movimiento rápido y una sola mano.
Edgar comenzó a reírse con mucho escándalo más la joven, en venganza, le lanzó las bolas, que se le metieron por la boca y no le quedó otra más que tragárselas.
Sandra volteó hacia la ventana, sonrió y bajó la mirada, directo a la palma abierta de su mano, donde tenía un tatuaje de un círculo con puntas triangulares. El tatuaje brilló en un increíble tono azul y lanzó un destello: había algo que ella tenía a diferencia de los demás, ella era descendiente de los poderes de grandes magos, anónimos al mundo. De pronto el tatuaje volvió a su color negro, a excepción de una punta que señalaba a una puerta, que no tardó en abrirse y entró un muchacho desconocido.
El joven se dirigió al profesor
-Mr. Taylor, soy el estudiante de nuevo ingreso y vengo a integrarme en su clase.-
-sí, adelante –contestó el viejo y le indicó una silla, justo a la izquierda de Sandra- Tome asiento. Más tarde se presentará-
Felipe, que así se llamaba aquel muchacho, se sentó y le sonrió a Sandra. Ella le devolvió la sonrisa y lo saludó con el común y famoso movimiento de mano, pero él escribió en un papelito.
<< Sandra, tu tatuaje esta brillando y me señala ¿a caso le resulto molesto? >> Sandra lo miró asustada, pero él le mostró su mano donde tenía el mismo tatuaje.

¡Así que eso era! Ambos tatuajes brillaban, uno señalando al otro; entonces aún había otro descendiente de la Gran Familia de Magos.
Pasó la clase, olvidándose de la presentación de Felipe y sonó la campana para salir a hacer los honorarios, pues era miércoles… y los lunes, miércoles y viernes eran días de patriotismo en las escuelas.
Estaban allí los 165 estudiantes, más aparte los profesores e inquilinos y ocurrió algo inesperado: entró un asesino, de esos desalmados que matan sin reparar en las súplicas y comenzó a matar a todos; chicos, chicas, adultos, ancianos… por todas partes caían personas con balas dentro. Sandra y Felipe se mimetizaron usando la magia que poseían, pero no sabían cómo detener al delincuente, que siguió tirando balazos a todos.
Como la mimetización no rendía mucho tiempo (pues eran magos novatos) Sandra pensó en otra forma de camuflarse y corrió a donde estaban los primeros muertos.
El asesino se había alejado persiguiendo a otros, así que Sandra se acercó, metió los dedos en un charco de sangre y se manchó el cuello. Después formó un trasto con las manos y lo llenó de sangre, con el que manchó a Felipe. Él le dijo, molesto
-¿¡qué haces…!?-
Sandra se limitó a decir
-tírate al suelo, así creerá que somos uno de tantos-
Felipe asintió y obedeció, acción seguida de Sandra. Al cabo de un rato el asesino volvió, soltó una risa malévola y se suicidó, se pegó un tiro.
Sandra y Felipe se levantaron y contemplaron atónitos el sangriento paisaje. Por todas partes había inmensos charcos rojos, sesos y demás órganos. De los cuerpos de los demás nacían cascadas de sangre.
Sandra temblaba; tanta sangre le producía escalofríos. Felipe permanecía mudo, sin palabras. La muchacha no lo soportó:
-esto no debió de pasar así. Más de 163 muertos, no es justo no debió de ser así-
Felipe no contestó, sino que acercó a una roca, se sentó y metió la cabeza entre las manos.
-no debimos de dejarlo pasar, debimos de evitarlo- siguió diciendo la joven.
-hay una forma, una solución… pero mismamente el resultado es la muerte- se atrevió a decir Felipe.
-¿el qué?- preguntó Sandra. Felipe contestó:
-hay un truco, el más grande y arriesgado de todos. Se puede sanar a estos muertos, revivirlos; el que no pasa nada con ellos. Un mago puede absorber sus heridas; a él se le cierra, al mago se le abre-
Sandra se acercó a él y le dijo:
-nosotros somos los últimos de la generación de magos: nadie más sigue después de nosotros. Prefiero morir a sufrir viendo morir a otros-
-¿segura?-
Sandra sabía lo que decía.
Todos revivirían, no podían hacer excepción de nadie, así que amarraron al asesino. Él también reviviría, pero no para ser libre.
Sandra se paró justo en el centro de la plaza y en el suelo, en torno a ella, se marcó el mismo círculo que tenía por tatuaje en la mano. El círculo brilló en azul y comenzó a girar, pero pronto se extendió y Felipe se integró en el. Ambos morirían porque vivieran otros.
El círculo giró más y más velozmente: pronto las heridas de los otros se cerraron y se abrieron en ellos.
Se abrieron perforaciones por todas las partes de sus cuerpos: cabeza, piernas, brazos, en los pulmones y el corazón también se abrieron agujeros e inmensos caudales de sangre surgían de ellos.
Pasado un rato todos se levantaron. Todos menos Sandra y Felipe, en cuyos cuerpos tenían más de 200 agujeros llenos de sangre. Los demás estudiantes observaban horrorizados, preguntándose qué había pasado.
… la muerte vestida de sangre, de rojo.
Fin




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