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Terrazas

Autor: Eusebio Natanael Pingolett

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Cuento publicado el 15 de Agosto de 2019


De vez en cuando a mi papá se le daba por pasar la tarde del sábado o domingo en la terraza de nuestra casita. En esa época, el piso superior tenía solo una habitación, que era la de nuestros padres. El resto del piso quedaba para algunas plantas, un cofre de herramientas y una pila de tirantes que habían sido usados para la construcción. Y lo más importante: espacio suficiente para que mis hermanos y yo pudiéramos jugar.


En los días calurosos mi papá andaba en esa musculosa blanca que era tan común entre los hombres de su generación. Cuando se aprestaba a pasar la tarde en la terraza, se traía vino, soda y una cubitera con hielo; agarraba su pequeño charango de clavijas de madera y cuerdas de metal y rasgaba tonadas de la región de Bolivia de donde provenía. También tocaba un poco de guitarra y cantaba unos boleros de su época. El timbre de su voz se parecía al mío en el presente, especialmente en que se proyectaba con poca nitidez.

En alguna de esas ocasiones, don Héctor –el padre de la familia que vivía, pasillo de por medio, en frente— se acercaba a la paredcita de su terraza y se ponía a charlar con mi papá. A veces lo hacían en quechua y sabrá Dios de qué se reirían con picardía. Cada cual quedaba de pie detrás de las paredes que encerraban las terrazas de las respectivas casas. La altura de estas paredes llegaba al pecho de un adulto. Estaban separadas también por el espacio del angosto y largo pasillo común.
Una vez mi viejo, estirando el brazo, le pasó su charango a don Héctor desde nuestra terraza a través del espacio del pasillo. El vecino, examinó el instrumento y trató de tocarlo pero solamente le sacó unos sonidos torpes. Me daba orgullo que mi papá tuviera esas habilidades con la música, aunque deben haber sido limitadas, por cierto. En realidad, los dos jefes de familia no estaban enlazados por una gran amistad, pero se manifestaban respeto mutuo y buena predisposición como vecinos. Para los hijos de ambos, que éramos casi de la misma edad, eso evitaba que nos peleáramos mucho por causa de nuestros juegos en la calle.


Cuando mi papá falleció, obviamente todas esas tardes de jugar en la terraza con mis hermanos, mientras mi papá estaba ahí, se fueron para siempre. En realidad de todos modos, esas cosas terminarían inexorablemente porque, al crecer, salíamos más a la calle, y de adolescentes difícilmente habríamos visto con admiración a nuestro papá con sus canciones antiguas que hablaban de amores quebrantados.

El día del sepelio, mientras su familia, parientes y no parientes llorábamos, no sé por qué se me ocurrió que el bigote de don Héctor acentuaba la solemnidad de su rostro. Al verlo silencioso y cabizbajo, recuerdo haber pensado en las ocasiones en que se ponía a charlar largamente con mi papá de terraza a terraza. Con el paso del tiempo, la reforma de las casas de Charrúa para albergar mayor cantidad de habitantes erradicó por completo todo recuerdo físico que quedaba de aquello.

Hace poco, me crucé a don Héctor por la calle. Desde que su esposa falleciera dos años atrás era muy raro encontrarlo. Venía de hacer las compras. Caminaba lentamente; los efectos del paso de los años en él me dieron la idea de cómo se habría visto mi papá si hubiera estado vivo. Me acuerdo que saludé a don Héctor justo cuando estaba por entrar a su casa. Hablamos un poco de cómo estaba el tiempo. En eso, mirando hacia arriba, hacia la parte alta de nuestras casas enfrentadas, estuve por mencionar aquel recuerdo de las charlas suyas con mi viejo, lo del charango y demás. Pero algo me detuvo, quizás la súbita comprensión de que los recuerdos de una persona no afectan o importan a otros en la misma manera. Este vecino ahora estaba viudo y casi todos sus hijos habían partido de la casa para formar sus hogares. Pensé mejor en guardarme el recuerdo; no había necesidad de involucrar a alguien en él esperando cierta reacción.
Con la vista suspendida en la parte alta de las casas, donde las paredes se acercaban dije: -- Sí… parece que no va a llover, se está limpiando.
Y don Héctor, como adivinando de mis pensamientos, me contestó a través de su bigote encanecido –- Bueno, si no va a llover, podés sacar la guitarra y cantar un poco.




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