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Empujón a la desventura

Autor: Bernabe Ramos

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Cuento publicado el 31 de Enero de 2019


Tomó el abrigo y salió.
Afuera, en la calle, ni√Īos jugaban y re√≠an como si nada pasara. Pero igual a √©l no le import√≥. No les prest√≥ atenci√≥n.
Llegó hasta la Av. Lezíca y dobló a la derecha. Caminaba con el aspecto triste y distraído aunque no pensaba en nada.
Se detuvo junto a un banco de la plaza detrás del cubo y se dejó caer en el asiento. Otra vez no pensaba en nada.

Se puso en pié para seguir alejándose. Cruzó la calle y se paró a la puerta del bar de la esquina. Titubeó, luego entró. Ese no era ambiente para un hombre como él, nunca lo había sido. Pero quién sabe. Quizás a partir de ahora sí lo sería.
Se pidió un Whisky, dos... tres, mientras observaba a los viejos solitarios y silenciosos y a otros alegres, borrachos.
Incorporándose salió temblequeando.
Era de noche, pleno invierno en Montevideo.
-¡Qué frío!- pensó.
Poca gente había en la calle y él volvió a caminar.

Lentamente se sent√≥ en un peque√Īo murito de un local abandonado de la U.T.E.
-¡Qué frío!- pensó otra vez, y se acogió.
Se hizo el día. Muchos abrían sus negocios y muchos otros simplemente pasaban. Pero él no se movía; parecía esperar algo o alguien que nunca llegó.
-¬°Leo, Leo!- se acercaba, preocupada, una se√Īora hacia √©l-. Pero ¬Ņqu√© haces ac√° leo? ¬°Mira c√≥mo est√°s!
Lo abrazó y se lo llevó lento e indulgente a su casa recorriendo el mismo camino que había trazado él el día y la noche anterior.
Ella preparaba una ducha de agua caliente. √Čl se sent√≥ en su sill√≥n, frente al retrato de quincea√Īera de su hija. Siempre se dijo ser un hombre fuerte y ahora una l√°grima se deslizaba sin compasi√≥n por su mejilla y tuvo que sentir ese gustito salado y tan amargo en su boca. Debajo estaba la silla donde hasta el d√≠a anterior su esposa tej√≠a una bufanda de lana celeste que parec√≠a continuar de color blanco. Aunque no estaba terminada, y jam√°s ya nunca iba a estar terminada.
-Dicen que se qued√≥ sin frenos- coment√≥, t√©trica, la se√Īora.
-Me voy, no quiero estar acá- la ignoró él desapareciendo por la puerta de su casa.
La se√Īora cerr√≥ la canilla de la ducha y nunca m√°s la volvi√≥ a abrir.




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