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En el juzgado

Autor: Unai De Las Tierras

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Cuento publicado el 13 de Enero de 2019


El juez habla con el acusado.

- Señor, ¿es usted consciente de lo que le espera?
- Hombre, a decir verdad, no me han explicado mucho.
- Entonces, ¿admite usted haber asesinado a la vieja dama por cincuenta céntimos?
- Hombre, cincuenta céntimos aquí, cincuenta allá, todo suma.
- No está usted en condiciones de vacilar, señor Jiménez.

- Por favor, señoría, no malinterprete la situación. Solamente soy un hombre que presuntamente ha cometido un delito.
- Pues entonces déjeme que sea yo el que le diga lo que ocurre. Todas las pruebas apuntan a usted, se encontraron restos de su ADN en el cuerpo de la víctima. No tiene defensa posible, ni con el mejor abogado del mundo.
- Si ya ha finalizado, me gustaría expresar mi opinión al respecto. Al margen de mi culpabilidad, le devolveré a la memoria, señoría, que esa dama asesinada resultaba ser una peligrosa traficante de armas que había provocado varias alertas a la Policía Nacional. Dicho lo cual, debería, en parte, agradecer a quien la haya asesinado lo sucedido.
- No se sí se da cuenta de que prácticamente está usted confesando el homicidio, y dado que es en segundo grado, le caerían varios años en prisión, señor Jiménez.
- Por cierto, señoría, ¿le he comentado lo elegante que está usted hoy?
- No le recomiendo volver a sugerir irrelevancias. Iría en su contra. Además, he hablado con su abogado y está dispuesto a intentar convencerlo a usted para firmar la confesión.
- ¿Confesión? Aunque yo fuera el culpable, jamás lo haría. Exijo que se investigue a fondo el caso y traten de hallar a más sospechosos.

- No creo que sea usted el que deba exigir. Y acabaré con esto de una vez. Francisco Jiménez, acusado de asesinar a Victoria Sierra, niega su culpabilidad y exige reabrir el caso. Como juez deniego la exigencia y ordeno que Francisco Jiménez sea encarcelado durante siete años en prisión. Este es mi laudo.
- Pero, señoría, escúcheme...
- Señor Jiménez, guarde silencio.
- Antes déjeme decirle algo. Ya que no tengo salida posible y estaré mucho tiempo en la cárcel, quiero informar a toda esta gente aquí presente el motivo por el que maté a la señora Sierra. Resulta que hace unas semanas recibí un mensaje procedente del banco, diciéndome que había sacado más de veinte mil euros de mi cuenta privada. Yo no entendí nada, hasta que me explicaron que se trataba de un robo, en el que la señora Victoria Sierra se hallaba implicada. Mi enfado superó mi capacidad de control y tuve que asesinarla. Sin embargo, nadie reconoció mi demanda por el robo, y sólo se fijaron en el homicidio. Hasta esta mañana. Una hora antes de venir aquí mi abogado me ha comentado que la señora Sierra me había vuelto a sustraer dinero de mi cuenta. ¿Cómo es posible que un cadáver pueda realizar tal cosa? Muy sencillo. Un cómplice, un amigo de Victoria, ha sido el encargado de llevar a cabo la transacción. Y ustedes se estarán preguntando quién. Bien, el hombre que me acaba de condenar a siete años de cárcel, ha intentado librarse de un hurto bancario. Sí, él me robó el dinero. Y no ha sido difícil averiguarlo. Cuando usted, señoría, me ha preguntado lo de los cincuenta céntimos, me he dado cuenta de todo.
- Llévenselo, vamos.
- Déjenme terminar. Dado que he perdido una gran cantidad de dinero, creo que estoy en mi derecho de que me lo devuelvan y poder así quedar en libertad.
- No lo permitiré.
- Sus líderes tampoco le permitirán que haya participado en un robo. Por lo cual, exijo que me devuelva lo que es mío.
- Cómo se atreve...
- Es mi personalidad, y dado que la suya es la de un ladrón, paga, hijo de puta.




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