La Calandria. Otros cuentos


La Calandria

Autor: Maria Antonieta Rivadeneira R.

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Cuento publicado el 28 de Octubre de 2018


La tempestad de aquella tarde de marzo era de tal magnitud, que parecía que todo iba a volar en pedazos, los rayos parecían machetes afilados chocando entre sí y sacando chispas, que se dispersaban por cualquier lado; la lluvia caía copiosamente y llenaba los camellones que dejaban los mulares y ganados en su tránsito diario.

Bajo el largo y angosto portal de la casa principal, había quienes miraban el ir y venir de los peones, mismos que se alistaban para el baile de la noche en el salón “La Calandria”, sitio a donde concurrían los hombres del pueblo, vaqueros, jornaleros, arrieros y más, después de una pesada semana de trabajo.
Esa noche “La Calandria” se engalanaba con la presencia de las “guisas”, mujeres que llegaban cada mes a ese lugar a ejercer su trabajo y que alquilaban sus servicios sexuales a solteros, casados, jóvenes y púberes. Los padres tenían por costumbre enviar a sus hijos varones en edad temprana donde aquellas mujeres para que los prepararan para su vida sexual.
Dentro del grupo de peones estaba Manuel, un joven que llegó a la hacienda años atrás de la mano del peón más viejo, quien manifestó que lo había encontrado caminando solo por la carretera; hasta ese momento nadie lo había reclamado, por lo que pasó a ser parte del grupo de servicios de la casa. Esa noche el muchacho iba a ser un visitante más de “La Calandria”; las chácharas de los demás no dieron espera, y entre risas y bromas decían al chico, “que ya se iba a graduar de hombre”, mientras este daba grandes zancadas caminando en el estrecho y largo portal, exhibiendo una camisa prestada que parecía bandera flameando en su cuerpo, igual que sus blancos pantalones amarrados en los tobillos con un zapán para que no se arrastrasen por el piso.
Paró la lluvia, llegó el sereno, mismo que fue interrumpido por la música que se escuchaba desde un salón a pocas cuadras de la casa.
Cui, cui, cui cui…
en una jaula de oro
pendiente de un balcón

estaba una calandria
cantando su dolor……….
Era algo así como el himno del salón, porque era el preámbulo de lo que vendría en la noche, en donde personas de todo nivel y edad, se darían cita, para compartir con bellas mujeres, tragos, música, sexo y las infaltables peleas.
Por las callejuelas se podía ver el desfile de los hombres que ansiosos se apuraban por llegar al lugar de la fiesta: unos iban con sus trajes blancos, almidonados y perfumados con la alcanforina de los baúles, y que crujían al igual que los sapos y ranas, quienes parecían tener también su propia fiesta.
Las luces de los cocuyos y linternas de manos alumbraban débilmente los puentes de caña guadúa que se construían a cada lado de la calle para evitar los charcos, por lo que no había quien se escapara de salpicar su nívea ropa en el momento en que no atinara a pisar en firme.
Llegó la hora de la fiesta, el salón engalanado con guirnaldas multicolores comenzó a llenarse con seres ansiosos de tragos, música y mujeres quienes, una a una, iban presentándose ante el aplauso y risa de la concurrencia. Habían de todo tipo: guapas, graciosas, jóvenes, mayores, gordas, delgadas, para todos los gustos y edades; cantaron, bailaron, y la diversión iba tomando calor y color a medida que la noche avanzaba.
Manuel estaba extasiado, ansioso, nervioso, nunca había asistido a un lugar como ese ni participado de algo tan novedoso y excitante.
Llegó su turno para visitar el dormitorio de quien le enseñaría a hacer de él, un hombre; el peón más viejo sería el encargado de guiarlo hasta allí, e igualmente para estos menesteres se asignaba a las mujeres de más edad. Cosas de la época.
Entraron a un cuarto alumbrado por una pequeña lámpara que había sobre el velador adjunto a la cama, en una esquina se divisaba una mujer vestida con un rojo negligé, de maquillaje recargado, que movía su cuerpo cadenciosamente y que no debía de tener más de 40 años de edad, quien con voz suave y seductora los invitó a pasar adelante.
Al viejo peón esa voz le fue familiar, le era conocida, por lo que se acercó un poco más a ella para reconocerla mejor. No podía creer que estaba sucediendo, no podía estar pasándole esto a él, la sangre se le subió a la cabeza y lo dejó aturdido por unos segundos, quería gritar y no podía, su grito se quedó atrapado en su garganta, los latidos de su corazón eran tan rápidos, que parecía que este iba a salírsele del pecho. Sólo alcanzó a decir, no, no , tú no,….tú no, no .Tomando al muchacho de la mano, lo jaló con la poca fuerza que le quedaba y lo sacó del cuarto y fuera del salón. Los demás peones que no sabían qué había pasado, siguieron los pasos del peón veterano y del chico, mientras iban quedando atrás los puentes de caña guadúa, el croar de sapos y ranas, las luces y las risas del salón y una pregunta sin respuesta.






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