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La Micaela

Autor: Ma. del Carmen Noriega

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Cuento publicado el 06 de Julio de 2018


Mi amá dice a cada rato: – ¡Piensa Gerardo, piensa!, picándome los sentidos con los dedos. Ella cree que no duele, y sí que duele. Yo nomás hundo la cabeza entre los hombros sin quejarme pa que no diga que soy un “marica” como me llama el abusivo de Fabían que también me dice:

– “Piensa”, dándome un coscorrón, de esos que se dan de rosada para que duela más, y claro, ahí sí protesto queriéndome desquitar con una patada en la espinilla que siempre jierro y sale corriendo, no sin antes de darme otro coscorrón más fuerte. Ya las pagará de alguna manera.


No sé por qué mi amá cree que no pienso. Que no haga las cosas de acuerdo a lo que mi pensamiento dice que están bien o mal, es otra cosa, pero, de que pienso, pienso, sobre todo de cómo vengarme de las maldades de mi hermano, y mucho, mucho más en las piernas tan bonitas de la Micaela que nomás se pasa alzándose las naguas pa que se las vea bien. Ella sabe que me gustan. . .

– Una cosa es que te gusten y otra que las tientes. Chamaco mano larga. –Me dijo y me dio un rempujón al sentir mis dedos caminar por sus caderas.


– “Anda”, le supliqué, déjame estar contigo, así, sin tocar; nomás pa que mi corazón palpite junto al tuyo. Se sonrió y dejó que me le repegara bien pegadito un rato. Luego, más luego de lo que yo quería, me renpujó otra vez. . .

–Hazte payá, questá haciendo muncho calor, – protestó y se fue abanicándose, dejando detrás ese olor a agua de rosas que usa.

El calor me atosigó todo el día buscando el momento de repegarme otra vez a la Micaela, por lo menos a la mala. Quién sabe por qué conmigo no se deja, siendo que el cura bien que le mete mano debajo de las naguas y sabrá Dios hasta donde le permite tentar. Siento vergüenza de pensar en eso, aunque me la paso piense y piense que es mi mano la que se pasea entre sus piernas, cuando los miro desde donde los espío siempre.

El otro día que le reclamé a la Micaela su complacencia para el cura, me contestó que si se dejaba, era porque hacerlo con él no es pecado, ya que todo lo que el padrecito hace está bendecido.

– ¡Qué bueno saberlo!, –me quedé pensando, mientras veía a la Micaela caminar rumbo la iglesia, con ese pasito apretado de todas las mujeres que van a que el padre les de su bendición.

–Ahora sí que tengo bien claro lo que voy ser de grande, – le dije a mi amá, y que gusto le dio; ¡Hasta me empezó a hacer una sotana!

– ¿Ya vez Gerardito lo fácil que es pensar en cosas buenas?, –me dijo después con un abrazo.




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