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Impertinencia Periodística

Autor: Salvatore Laudicina

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Cuento publicado el 02 de Julio de 2018


En la entrada del lujoso Hotel Davenport, nos encontrábamos reunidos un selecto grupo de periodistas de todo el mundo para entrevistar a una escritora japonesa -su nombre era imposible de pronunciar- cuya primera novela fue premiada con el Nóbel de literatura.

Era la primera vez que la mujer visitaba América Latina y dada la estrecha relación de sus antepasados con este rincón del mundo, tenerla entre nosotros constituía un acontecimiento sin precedentes.


Sus bisabuelos, sus abuelos y sus abuelos habían contribuido al mejoramiento de la calidad de vida de la población menos favorecida, a través de remedios secretos de la medicina tradicional japonesa. Precisamente, la novela tenía como temática central la altruista labor de su familia en tierras latinoamericanas.

Mientras mis colegas franceses y suizos comentaban entre ellos apartes de la obra, eran los únicos que la habían leído de todos los que estábamos ahí, yo revisaba una y otra vez mi cuestionario.

Aunque era un lector empedernido, no había tenido tiempo de leer ni el prólogo del libro ni encontré información en periódicos y sitios virtuales para redactar las preguntas acerca de su vida, sus influencias literarias y todo lo relacionado con la mujer y su árbol genealógico.

En ciertos instantes, lo confieso con vergüenza, me les acercaba con disimulo para escuchar el acalorado debate y recoger algún dato que me permitiera revaluar las preguntas escritas, o pensar en unas cuantas por si la japonesa se mostraba hermética a la hora de responder y tenía que recurrir a temas más casuales.

De las diez iniciales sólo quedaron seis: tres acerca de su familia, una para conocer sus influencias literarias y dos restantes para indagar en su debut como novelista.

A decir verdad, todas eran mediocres, carentes de profundidad, creadas para salir del paso. Me sentí mal conmigo mismo pero ya era tarde para reproches o golpes de pecho.

Luego de casi dos horas de espera, la escritora apareció acompañada de dos corpulentos hombres, cuyos rasgos faciales me recordaban a los samuráis de las películas de Akira Kurosawa.




Mis ojos no podían creer lo que observaban Aunque joven y atractiva, la mujer parecía el monumento a la enfermedad: várices, hinchazón en los pies, leve hirsutismo y principios de alopecia.

Cuando fuimos invitados a ingresar al salón de eventos del Hotel, donde tendría lugar la rueda de prensa, los dos hombres le hablaron al oído a la escritora de manera sospechosa. Ella asentaba la cabeza a todo lo que le decían como señal de aprobación.

Ya dentro, los periodistas franceses y suizos ocuparon las primeras sillas. Yo me senté en la última para escuchar al resto de mis colegas, tener tiempo de revaluar mis preguntas y centrar mi atención en los dos hombres.

Los primeros en alzar las manos, como era de esperarse, fueron los periodistas franceses y suizos quienes bombardearon con preguntas a la escritora.

Antes de responderlas, ella miraba discretamente al par de hombres quienes le hacían señas con las manos. Si la mano derecha se abría, ella hablaba alrededor de diez minutos. Si la mano izquierda se cerraba, respondía con una frase. La metodología fue igual para el resto de mis colegas.

Llegado mi turno, luego de meditarlo varias veces, rompí el cuestionario y decidí preguntar lo que nadie se atrevería a indagar por vergüenza o miedo:

Si sus antepasados poseían tantos conocimientos en la medicina tradicional japonesa ¿Por qué no los ha puesto en practica para curar sus enfermedades?

Los periodistas franceses y suizos, aunque envidiosos por mi osadía, soltaron las carcajadas y le pidieron disculpas a la escritora por mi falta de respeto. Ella miró a los dos hombres, quienes no hicieron ninguna seña.

Visiblemente angustiada, se me sonrió y me respondió en un español defectuoso:

Es la mejor pregunta que un periodista me ha formulado. Ni yo misma se la respuesta.

Terminada la rueda de prensa, los dos hombres me sacaron del salón sin que ningún colega lo notara y me llevaron a la suite presidencial del Hotel. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Presentí lo peor.

Al cabo de un rato, la puerta se abrió. Cerré los ojos y me encomendé a Dios para que me acogiera en su seno en caso de que fuera mi último minuto de vida.

No tenga miedo, no voy a hacerle daño. Lo traje para desahogar mi culpa y confesarle mi secreto- dijo la mujer con lágrimas en los ojos.

¿Secreto?- pregunté con la voz temblorosa, imaginando que me sucedería lo peor.

La japonesa me miró fijamente y confesó su verdad con la voz ahogada en el llanto:

Yo no escribí el libro. En realidad, ni siquiera se leer ni escribir.

Dicho esto, los dos hombres me permitieron salir de la habitación. Mientras me alejaba, ella no paraba de repetirme que confiaba en mí y me daba las gracias por haberla escuchado.

Horas después, convencido de que era una de las pocas personas confiables que existía en este tiempo, sólo publiqué un artículo relacionado con mi impertinencia periodística.










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