ÔĽŅ El ķnico testigo.. Otros cuentos
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El √ļnico testigo.

Autor: Pablo Oliva.

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Cuento publicado el 01 de Julio de 2018


Habr√≠a jurado que Norberto Noriega, ac√©rrimo enemigo de los Lobos, hab√≠a sido asesinado de una bala al salir de su casa, y que el culpable y rencoroso dedo en el gatillo pertenec√≠a a la mano de Ra√ļl Aldana, el principal de Los Lobos, el Lobo Padre, el que de verdad aullaba. Lo habr√≠a jurado sin cruzar ning√ļn dedo, hubiera sacrificado las palmas de mis manos en la m√°s ardiente hoguera del infierno. Todos en Brandsen lo sab√≠an, ¬°justo con Perla, la intocable, la ininteligible, la de arriba, la loba! Dec√≠an haberlos visto una noche salir del √ļnico hotel del barrio, dec√≠an que hab√≠an viajado juntos, dec√≠an que planeaban fugarse. A√ļn gotean las versiones como una canilla mal cerrada, (como un caso mal cerrado.) Lo hubiera jurado y perjurado m√°s de mil veces, el negro (as√≠ lo llamaban a Norberto) siempre se las andaba buscando, pero entonces se meti√≥ en la brava, con Perlita, la loba del Lobo, la mujer de Ra√ļl Aldana. Lo habr√≠a jurado. Y sin embargo, extra√Īamente la justicia conden√≥ a la mujer de Noriega, qui√©n (dicen), obnubilada por los celos, lo mat√≥ con el mismo rev√≥lver que Norberto hab√≠a conseguido para protegerse de Los Lobos. Todav√≠a recuerdo aquel crimen, aquel revuelo. Mi profesi√≥n me proh√≠be olvidarlo; fue la primera y √ļnica vez que cubr√≠ un homicidio. Yo mismo visit√© la casa la ma√Īana siguiente, yo mismo entrevist√© a la mujer cuando se hab√≠a declarado inocente.

Nadie quer√≠a saber acerca de los lobos. Pero todos lo sab√≠an. As√≠ se llamaban porque aullaban por las noches el narcotr√°fico, la prostituci√≥n y los juegos de azar, la noche con sus vicios bajo la luna llena de Brandsen, la miseria y la desgracia a plena p√©sima iluminaci√≥n de sucuchos con putas suculentas, fichas manoseadas, alcohol, coca√≠na y humo. Seguramente los proteg√≠a quien deb√≠a encarcelarlos. Tama√Īa organizaci√≥n no se lleva a cabo sin resguardo y garant√≠as.
Al día siguiente del asesinato del Negro, Perla apareció muerta en un terreno baldío. También se culpó a la mujer de Norberto Noriega, quien, finalmente, fue condenada a cadena perpetua y se suicidó de tres cabezazos contra una de las cuatro paredes de su celda.
Mucho tiempo despu√©s, (casi 30 a√Īos) me visit√≥ un anciano. Era alto pero erguido, y ten√≠a puesto un sombrero negro. Apenas pod√≠a caminar. Me dijo que quer√≠a hablarme. Me dijo que sab√≠a qui√©n hab√≠a matado a Norberto Noriega. Lo invit√© a que entrara. No se quit√≥ el sombrero. Apenas se sent√≥, comenz√≥ a hablarme:
¬ďUsted no me reconocer√°; nadie supo entonces que fui testigo. Era preferible mantener la boca cerrada, usted sabe, los lobos y el peligro. Sobre todo √©l, quiero decir, Aldana, el lobo fantasma, el que daba instrucciones desde las sombras. Mire: mis manos tiemblan al nombrarlo. Observe mi brazo: es la cicatriz del silencio. Me la tatu√≥ Ernesto con su cuchillo, y me advirti√≥ que la pr√≥xima ser√≠a en la yugular. ¬ď√ďrdenes del jefe,¬Ē me dijo, ¬ďnada personal.¬Ē Decid√≠ callar para que no me callen. ¬ŅC√≥mo confesarlo con la garganta amenazada? ¬ŅC√≥mo hablar si mi testimonio ser√≠a lo √ļltimo que dijera? Era preferible callar entonces cuando los lobos andaban sueltos. Hasta la muerte del Negro a√ļn le permit√≠an a Ra√ļl Aldana hacer sus negocios con asquerosa impunidad. Usted lo sabr√° de sobra. Usted lo investig√≥ todo: el juego, la droga, el poder. Pero todo se esfum√≥ de golpe con la sangre del Negro derramada. El crimen fue un esc√°ndalo, el pueblo estaba asustado. Los lobos se fueron deshaciendo como un hielo que se derrite. Ernesto apareci√≥ fusilado en su propia casa. Los menos peligrosos pudieron huir de Brandsen a tiempo. De Ra√ļl Aldana nada se supo. Pas√≥ tanto tiempo.¬Ē
¬ďPero lo que realmente quiero referirle quiz√° le sorprenda; yo conoc√≠ a Perla lo suficiente como para amarla, pero tambi√©n lo suficiente como para temerla. Era inerte y fr√°gil, bell√≠sima y silenciosa. Su actitud era la misma que la de una bolsa de nylon arrastrada por el viento. Me enamor√© del imposible de alcanzarla. La amaba porque amarla me estaba vedado. La noche que mataron a Norberto, la vi entrar a una casa. Yo la segu√≠, como se sigue a una extra√Īa mariposa. Permanec√≠ frente a la casa por m√°s de dos horas. La imagin√© ingresando a la entrada de un sal√≥n, apoyando el abrigo en la √ļnica mesa de vidrio de la casa, mir√°ndose en un largo espejo que le devolv√≠a su delgada silueta entrecortada por la espalda de un hombre semidesnudo a punto de abrazarla y comenzar a hacerle todo lo que es posible hacer en secreto, todo lo que yo desear√≠a hacerle a Perla una y otra vez. Cuando por fin sali√≥, esper√© a que llegara a la esquina y le cort√© el paso. Le confes√© mi amor, le exig√≠ que me confesara la traici√≥n perge√Īada en esa casa que, (de pobre enamorado) ileg√≠timamente me atribu√≠a. Me dijo que le daba asco, que me alejara de ella. Pero mis brazos no la obedec√≠an, sujet√°ndole la cintura. Me golpe√≥, me pellizc√≥, me escupi√≥, pero nada le sirvi√≥ para zafarse de mis manos. Usted me entender√°; a una mariposa se la caza por las alas. La golpe√© para que no se moviera, la bes√© para que no gritara. Fue in√ļtil.¬Ē

Call√≥ un instante, quiz√° porque se le secaba la boca, quiz√° para que yo pudiera digerir su repentina confesi√≥n. Le alcanc√© un vaso de agua. Cuando lo tuvo en sus manos lo desde√Ī√≥. Golpeaba su anillo contra el vaso de vidrio, impaciente e inquieto, como si estuviera pensando qu√© decir de ahora en adelante, como si esperara la pregunta que jam√°s le har√≠a.
¬ď¬°Le juro que no quise matarla!¬Ē dijo, ¬ďme hab√≠a adjudicado una mujer que no me correspond√≠a. Pero era m√≠a o de nadie.¬Ē
Sorbió el vaso (un hilo de agua se le derramaba en la comisura) y continuó:
¬ďSupe que entonces correr√≠a peligro. Usted sabe, Los Lobos. Jam√°s me olvidaba de Ra√ļl Aldana. Entonces record√© la casa. Quise saber con qui√©n hab√≠a enga√Īado a Ra√ļl. Quise saber con qui√©n me hab√≠a enga√Īado. Toqu√© el timbre y esper√©. Un hombre me abri√≥ la puerta. Le dije que deb√≠a hablarle, que deb√≠a escucharme, que algo le hab√≠a pasado a Perla. Al instante me dejo entrar. En la mesa apoyaba una pistola. Su cuerpo ol√≠a a Perla. Tom√© la pistola de golpe y le apunt√© en la boca del est√≥mago. Le pregunt√© c√≥mo se llamaba, Norberto, me dijo. En el espejo del sal√≥n (el mismo que hab√≠a imaginado), detr√°s del asustado Noriega, se reflej√≥ un gran lobo gris, erguido, gigante y aullando.¬Ē
El anciano se levant√≥ despu√©s de abandonar el vaso de agua. Se arregl√≥ las solapas del sobretodo, se acomod√≥ el sombrero para que yo pudiera verle los ojos, unos ojos grises y redondos que no pesta√Īaron cuando, acerc√°ndose a la puerta de entrada, me dijo: ¬ďes usted ahora el √ļnico testigo. El resto ya se lo imaginar√°.¬Ē




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