Los trenes que pasan una vez. Otros cuentos


Los trenes que pasan una vez

Autor: Luis Eduardo Díaz Morales

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Cuento publicado el 14 de Abril de 2018


He llegado a los 66 años y no estoy para nada conforme con mi vida. Dejé pasar al amor de mi vida, sin decirle palabra de lo que significaba para mí y me relacioné con una persona que terminé queriéndola y aguantando los mandatos dictatoriales de su familia, propios de su colectividad. Varios años de indiferencia de muchos de sus familiares, últimamente por parte de ella, casamiento de acuerdo a su religión desoyendo las peticiones de mi querida abuela que como sabia mujer que era aceptó sin queja, sobreprotección de mi único hijo lo que está pagando muy caro actualmente, reverencias de ella al Dios dinero, etc., etc.. Otra vez estuve pasivo, como en el caso de mi amor verdadero. Me faltó coraje y determinación aún para lo más sagrado y eso no me lo voy a perdonar nunca. En mi trabajo callé en muchas oportunidades en las que debía hablar haciendo sentir mis discrepancias y conocer mis aptitudes, lo que me costó estar en el freezer de la carrera administrativa y con perspectivas a una magra jubilación. Cuando era estudiante un amigo de Facultad me invitó a presentarme a un concurso del Banco República en una etapa que la Institución precisaba urgente profesionales de mi rubro, habiéndose presentado menos personas de las solicitadas para el ingreso. Las remuneraciones tienen una diferencia sideral con las que pagan en el lugar donde actualmente trabajo. Otro tren que perdí. Ahora me dedico a concurrir a grupos de apoyo a familiares de adictos, a concurrir sin ganas al trabajo, a tomar y fumar en exceso, a pastillearme abierto con antidepresivos y otras drogas y no tengo dinero para una terapia. No soy feliz. Tuve una relación sentimental pasajera con una amiga del corazón de la infancia, pero no resultó. Concurro a lugares nocturnos con la esperanza de encontrar una mujer con química mutua. En mi casa mi compañera actúa como mucama y yo como el que trae la mayor parte del dinero, esa es nuestra relación. He intentado acercarme a ella y siempre está la respuesta de que está cansada, que le molesta mi ábdomen, que siente calor cuando estoy cerca de ella en la cama, que la deje dormir en paz. Las escasas veces que hablamos evita referirse a los temas de pareja que nos acucian. En cambio, hace relatos aburrídisimos de su trabajo. Me arrepiento de haber sido tan cobarde y pasivo, el precio lo estoy pagando caro. Vivo preocupado por las adicciones de mi hijo, mi principal preocupación. Me ha reprochado que ya es tarde para preocuparme por eso, que ya está metido hasta el cuello, consecuencia según él, de mi desinterés en él en su adolescencia, de mis actitudes de “robot” como me llama pues dice que soy incapaz de entablar un diálogo padre – hijo, de divertirnos juntos, de acercarme a él para entender sus problemas. Aquí estoy pues, amargado, sin encontrarle sentido a la vida, con ganas de cambiar y sin ganas de hacerlo. No entiendo como aguanté 33 años de matrimonio. Ultimamente me he puesto agresivo y la he maltratado de palabra, pues ya no significa nada para mí. Pero tengo miedo de encarar una vida solo. Siempre con mis miedos, miedo de esto, de lo otro, y de muchos otros. Por todo esto la sugerencia de un viejo de mierda (nunca me gustó dar consejos): vive la vida como la sientes, arriésgate, toma las decisiones que te dicta tu corazón en tiempo y forma, experimenta lo que realmente sientes en tu interior, cambia si tu interior te dice que es necesario.

Hace muchos años que no venía al Cerro de Montevideo, lugar donde actualmente estoy, mirando Montevideo. Mis piernas se columpian en la saliente en que estoy sentado. Mi rostro es un contínuo pasar de lágrimas. Juego con mi revólver, dirigiéndolo a la cabeza, al pecho.





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