Ese olor

Autor: Salvador Palma Hernández

(3/5)
(6 puntos / 2 votos)


Cuento publicado el 09 de Febrero de 2017


Era un olor pestilente que dejaba su garganta seca, su boca con un sabor a hierro, sus labios blancos y partidos como si una sed milenaria lo hubiera castigado, su mirada perdida, triste y vacía reflejaba el cansancio de una caminata por veredas nunca andadas, por senderos que lo aterraban al punto de que perdiera el color de su rostro, su cuerpo se constriñó hasta quedar en un esqueleto envuelto con piel reseca, que más pareciera al pabilo del cirio pascual bendecido en la semana mayor.

Facundo Espino venteaba el aire a todas horas, al levantarse, cuando los cenzontles cantaban a las cinco de la mañana y ya no lo dejaban dormir las aves ni ese olor a podrido o a carne descompuesta que pareciera que lo tuviera pegado en las fosas nasales, lo olía a las diez de la mañana cuando su mujer lo llamaba a almorzar y por más que quisiera oler la cebolla requemada en el aceite, ese olor no lo dejaba. Lo olía al estar en la milpa cortando el maíz amarillo, venteaba el aire a las cuatro de la tarde al tomar el pulque, cuando cenaba y hasta al comenzar a dormir ese olor no lo dejaba en paz. Facundo no le había dicho a nadie su sufrimiento, era un hombre muy callado y pensaba que si contaba sus penas sólo servirían para que se rieran de él, así que no hablaba mucho de su vida, nadie sabía lo que le pasaba, pero se daba cuenta de que el olor nadie más lo percibía… nadie más que él.
Una tarde mojó su pañuelo con agua bendita del templo para que los santos limpiaran su nariz y así dejara de oler ese horrible olor que le estaba acabando la vida, pero nada resultó. Su mujer ya asustada le aconsejó que fueran a ver al médico porque estaba adelgazando mucho, pero Facundo no quiso, dijo que cada año cuando recogía la siembra le pasaba lo mismo, además no sentía ningún dolor, ni molestia, que se olvidara de doctores porque esos señores sólo servían para inventar enfermedades y sacar dinero. No se habló más de eso, Facundo siguió su rutina, pero el olor cada día iba volviéndose más y más fuerte, como si alguien le acercara esa desagradable maldición.
Un domingo a mediodía le dijo a su mujer que irían a misa, quería confesarse, estar en paz con Dios, como que presentía que eso era lo mejor. Se puso su ropa limpia, se lavó la cara y tomó un sombrero, salió con su mujer que se había arreglado con un vestido de flores moradas. En el camino se encontraron con un compadre que no habían visto en mucho años, hasta pensaban que ya estaba muerto, el compadre se llamaba Augurio apodado “El Malo”, que en otros tiempos prestó sus servicios a Honoria, que hacía trabajos de hechicería y curaciones, él fue como su mandadero o el que realizaba las labores de calmar a las personas que tuvieran descontento con el trabajo de la hechicera.
El encuentro con el compadre Augurio fue tan casual que hasta los pájaros volaron asustados ante tal presencia, Facundo lo saludó de una forma tan seca y poco gustosa que más pareciera que lo saludaba sólo por tradición y no por sentirse contento de verlo. Su esposa quiso decir algo pero Facundo no la dejó, con una mirada llena de autoridad la calmó, pero la mujer parecía bastante sorprendida como una paloma encerrada en una jaula.

Augurio estaba vestido todo de negro, muy limpio, la negrura de su vestimenta brillaba con el sol, su sombrero negro le daba una sombra que le cubría el rostro, pero sus botas no estaban acorde con la elegancia de su atuendo, eran unas botas negras tan desgastadas, húmedas y lodosas, el aspecto de esas botas daban la impresión de que había caminado bastante, pero la humedad y el lodo de dónde las había traído, era el mes de mayo y las lluvias tardarían por lo menos un mes, así que el lodo y la humedad era tan raros en ese tiempo.
Con una voz hueca dijo, ¿Cómo está usted compadre?, lo veo muy acabado y triste, además ayer en la tarde lo vi como si estuviera olfateando el viento, eso no es bueno compadre, al decir esto, de los ojos de Augurio brotaba un brillo extraño, su piel tenía un tenue color grisáceo, sus manos huesudas, se movían con tanta calma como si hicieran ademanes siniestros. Lo vengo a ver, continúo, para que me pague el dinero que me debe ya ve que desde hace muchos años ya no estoy por aquí y pues no quiero que se le vaya a olvidar, voy a visitarlo el domingo que viene para que me pague. Facundo lo miró con rareza y le contestó que el domingo tendría su dinero y se despidieron, cuando Augurio le quiso dar la mano para despedirse, Facundo no le correspondió y Augurio en un tono de burla le dijo: compadre, yo no soy el que apesto a muerto, alguna vez también yo olfateé el viento pero ahora ya no apesto a muerto, cuídese compadre y nos vemos el domingo. Augurio se perdió entre los arbustos, al tiempo que se reía a carcajadas.
La tarde del domingo y hasta la mitad de la semana Facundo estuvo peleando con su memoria y su olfato, por más que quería acordarse de si su compadre estaba muerto no lo podía lograr y ese olor lo seguía como el girasol al sol. Su mujer todavía estaba inquieta y recordaba las botas húmedas y lodosas del compadre, su aspecto grisáceo y esa mirada tan profunda y negra. No quiso decirle nada a su marido porque estaba como aletargada, sólo en su imaginación lejana sobrevivía un recuerdo leve del entierro de un compadre, al cual no fue casi nadie del pueblo por la fama de malo que tuvo en vida, sin embargo ese recuerdo no era evocado por sus labios que estaban tan adormecidos, como que una fuerza extraña se adueñaba de su espíritu y de su voluntad.
El olor a muerto no se calmó toda la semana, Facundo se despertó el domingo con un semblante más triste, pasado el mediodía llegó su compadre Augurio vestido igual que la última vez que se vieron, saludó con alegría, pero su sonrisa era hueca y sus palabras poco expresivas. Facundo lo miró un largo rato y le preguntó por qué sus botas estaban tan lodosas y húmedas, Augurio contestó que venía de tan lejos y que de regreso no iría solo. El olor se hizo más fuerte, Facundo asustado se dio cuenta que ese olor provenía de su cuerpo, su compadre le tomó el brazo, sintió que aquella mano estaba tan fría que más pareciera que lo estaba agarrando un muerto, Augurio le dijo al oído que era hora de irse a recorrer un camino lleno de lodo, frío y solitario.
Facundo Espino murió poco después de mediodía, su mujer lo encontró sentado en una silla de madera, en uno de sus brazos tenía la marca de una mano, alrededor de la silla había mucho lodo y unas huellas de botas marcadas en el piso. La mujer de Facundo no lloró toda esa tarde y el día del entierro de su esposo le tapó la nariz con algodón mojado en agua de rosas para que descansara mejor, porque sus últimos días los había pasado tan apurado oliendo su propia muerte.




¿Te ha gustado este cuento? Deja tu comentario más abajo
(Nota: Para poder dejar tu comentario debes estar registrado.Todavía no lo estás? Hazlo en un minuto aquí)

 

Nombre:

email:

Contraseña de usuario:

Comentario:

 

Últimos comentarios sobre este cuento