ÔĽŅ La Casa de Don Andrťs. Otros cuentos
ÔĽŅ

La Casa de Don Andrés

Autor: Juan Fernandez

(3.78/5)
(34 puntos / 9 votos)


Cuento publicado el 28 de Febrero de 2007


En las tardes de los viernes sol√≠amos reunirnos los j√≥venes del vecindario en la esquina de Broadway y la calle 135, all√≠ existe una ciudad vertical, el 3333, un edificio de enormes dimensiones y una gama de personas completamente fascinantes. En esa esquina gast√°bamos la vida, y se corr√≠an en las alcantarillas de la gran ciudad nuestros mejores a√Īos, esos que ya no vuelven.


Los afro americanos nos llamaban ‚Äúpl√°tanos‚ÄĚ y nosotros, ignorantes al fin, nos molest√°bamos por eso, lo consider√°bamos denigrante, pero esa era la edad de la ignorancia, y la de ser due√Īos del mundo, nadie pensaba en el orgullo de ser dominicano.

Fue una de esas tardes, crey√©ndonos m√°s due√Īos del mundo que nunca, que seguimos a Felipe en uno de sus est√ļpidos retos. No era la primera vez que hac√≠a este reto, era su obsesi√≥n.

- ‚ÄúNinguno de ustedes tiene los timbales bien puestos,‚ÄĚ nos dijo como tratando de herirnos el orgullo. ‚ÄúSon muchachitos, a√ļn no han echado el pelo‚ÄĚ

Felipe era el mayor del grupo, se las echaba de valiente, y en realidad había logrado convencernos de que lo que era en varias ocasiones; sus retos siempre eran ejecutados al final por él mismo; nadie era tan valiente como Felipe.

Eran m√°s de las 6:30 pm cuando escuchamos las palabras que esper√°bamos;

- ‚ÄúYo me atrevo.‚ÄĚ El nuevo valiente era Benjam√≠n, el hijo peque√Īo de Do√Īa Julia, la abuelita m√°s bella del vecindario, 36 a√Īos y abuela, se ve√≠a a√ļn mejor que la hija. Benjam√≠n ten√≠a 16, era s√≥lo unos meses mayor que yo. Ese verano del 1979 iba a ser inolvidable para √©l y para el resto de los ‚ÄúPl√°tanos‚ÄĚ

Benjam√≠n desconoc√≠a el riesgo que era cumplir este reto, ya tres de nosotros lo hab√≠amos intentado, era posible, realmente no era tan dif√≠cil, s√≥lo la primera parte del reto acab√≥ con mi intento: ‚ÄúLos Perros‚ÄĚ.

El reto consist√≠a en tres etapas, yo lo hab√≠a analizado en detalles desde el d√≠a antes de mi intento; la primera parte consist√≠a en confundir a los perros pastor alem√°n que ten√≠a el viejo Don Andr√©s y que en estos meses de calor estaban siempre corriendo en el frente de la √ļnica casa del vecindario; la siguiente era la m√°s f√°cil, entrar a la casa, Don Andr√©s nunca cerraba su puerta, dec√≠a que su puerta nunca se pod√≠a cerrar para que sus hijos pudieran entrar cuando quisieran. Pero esto no era posible, pues Don Andr√©s hab√≠a matado a su mujer y sus hijos en un arranque de celos hac√≠a ya m√°s de 20 a√Īos. As√≠ nos lo cont√≥ Do√Īa Petra una tarde mientras curaba las heridas de las mordidas de los perros en mi pantorrilla izquierda. Veintis√©is puntos y dos inyecciones; una contra la rabia y una antitet√°nica.

Pero Benjam√≠n cre√≠a poder lograrlo, el a√ļn no conoc√≠a los detalles del tercer reto, era el m√°s dif√≠cil, y el de m√°s riesgo: subir al tercer piso, el √°tico, verificar si all√≠ se encontraban los restos embalsamados de los dos hijos de Don Andr√©s, traernos una muestra de las v√≠sceras que ten√≠a el viejo en frascos de cristal llenos de formol, con los que hablaba a solas en las noches. Felipe en su intento hab√≠a llegado al tercer piso y all√≠ lo atrap√≥ el miedo, aunque el nos cont√≥ que Don Andr√©s lo encontr√≥, pero que pudo ver los frascos.

Nadie quería hablar con Benjamín, sabíamos que era hombre muerto. Si no eran los perros, iban a ser las trampas de Don Andrés en su primera o segunda planta: y en la tercera si lo físico no lo mataba, lo psicológico lo iba a destruir.

- ‚ÄúT√ļ no sabes en el problema que te est√°s metiendo, el a√Īo pasado Felipe no lo pudo lograr y todav√≠a lo respetamos igual, t√ļ no tienes nada que probar, no lo hagas‚ÄĚ

- ‚ÄúT√ļ crees que porque no lo lograste, nadie lo puede hacer, yo voy a entrar, subir a ese √°tico y te voy a traer el coraz√≥n del hijo peque√Īo de Don Andr√©s‚ÄĚ dijo Benjam√≠n mientras elevaba el pecho como para sentirse m√°s hombre. ‚ÄúMa√Īana voy a ser Don Benjam√≠n para ustedes‚ÄĚ

- ‚ÄúBenj, no lo hagas‚ÄĚ

A las 6:00 pm del s√°bado, 23 de Junio del 1979, m√°s de 20 muchachos entre la edad de catorce y diecinueve a√Īos nos dimos cita frente a la casa de Don Andr√©s para de una vez por todas o saber la verdad del misterio de Don Andr√©s y sus largas horas en el √°tico o ver uno m√°s fracasar y burlarnos de √©l.

Este s√°bado era un d√≠a especial, Don Andr√©s estaba en casa. Los s√°bados no eran d√≠as de casa para Don Andr√©s, pero este era un s√°bado diferente, Felipe lo sab√≠a: era el cumplea√Īos de la muerte de sus hijos.

En Nueva York a esta hora de la tarde es como la mitad del día, el sol está a puro vivir, los días son eternos y cálidos, los perros son como gárgolas en este ambiente, sólo se saben que están vivos por sus lenguas colgantes y sus respiros acelerados. Los dos de Don Andrés eran grises y negros, con el típico porte de los caninos K9 de la policía. Sus miradas eran profundas y sus dientes ya habían probado la sangre humana, la mía.

Benjam√≠n estaba r√≠gido, petrificado, su respirar no se sent√≠a, parec√≠a como si no sintiera nada, era el nivel m√°s alto de concentraci√≥n que hab√≠amos visto, s√≥lo ve√≠a fijamente a los perros y ellos lo ve√≠an a √©l. Sus ojos negros, tan intensos, sus ojos verdes tan serenos. Su tez morena, caf√© con leche, como le dec√≠an las muchachas en el colegio, hoy estaba m√°s tensa que nunca y sus ojos verdes parec√≠an dos luces de fuego. Su cabeza ten√≠a un leve √°ngulo ca√≠do, pero su mirada y su ce√Īo fruncido no dejaban lugar a dudas que estaba preparado. Le iba a tratar de convencer de que no ten√≠a nada que probar, cuando, como si se hubiese activado una alarma, tom√≥ el primer paso.

El silencio se pod√≠a cortar, y sus pasos, firmes se escuchaban como si sus zapatos fueran de plomo. La g√°rgola de la izquierda par√≥ las orejas; tres segundos despu√©s el otro perro se puso de pie, ambos bajaron lentamente los peque√Īos escalones que llevaba al portal de entrada. Benjam√≠n no redujo el paso, era como si estuviese drogado, la saliva les corr√≠a por los dientes, ahora completamente visibles, los tres llegaron a la puerta al mismo tiempo. Les juro que todo esto pas√≥ en c√°mara lenta. Despacio, Benjam√≠n hizo lo inesperado, abri√≥ la puerta de entrada, todos corr√≠amos para buscar refugio, los perros lo iban a matar y despu√©s a nosotros, pero ellos no pod√≠an moverse, creo que estaban m√°s confundidos que nosotros, sus dientes expuestos brillaban bajo el sol, pero no se mov√≠an, vimos como Benjam√≠n toc√≥ sus espaldas mientras pasaba, como si mandados por su amo se sentaron en el escal√≥n y volvieron a ser g√°rgolas, r√≠gidas, vigilantes.


Cuando Benjam√≠n tom√≥ el siguiente paso, se volvi√≥ para verme, me congel√≥ el alma; su mirada era inerte, fr√≠a, en sus labios pude ver una leve sonrisa, su ceja derecha se elev√≥ unos mil√≠metros como para decirme‚Ķ‚ÄĚTe lo dije‚ÄĚ.

Los siguientes pasos fueron leyenda en el vecindario, por a√Īos los que estuvimos all√≠ narr√°bamos como Benjam√≠n domin√≥ los perros y como las nubes, el aire, y el ruido de la ciudad cesaron por unos minutos, y de repente todo lo que hab√≠a cesado despert√≥ y el ruido alcanz√≥ la realidad, y los perros se sacudieron del trance, ¬°Benjam√≠n! gritamos, √©l ni se percat√≥ de que los perros no estaban ya esperando, corrieron hacia √©l‚Ķuno tropezando con el otro; sus u√Īas sonaban en el cemento como cuchillos en metal, cuando uno de ellos salt√≥ como para morderle el cuello. Benjam√≠n gir√≥ tres veces, una para evitar el ataque, otra para abrir la puerta y la √ļltima para entrar exactamente en el momento que lo perros lo alcanzaban.

Todos vociferábamos de alegría y finalmente tomábamos nuestro primer respiro en más de un minuto, Benjamín era ya una leyenda. Se acercó a la ventana del lado izquierdo para dejarnos saber que estaba vivo, cuando se retiró de la ventana vimos su sombra entrar a la sala y detrás de él la sombra de un hombre, grande y gordo, como Don Andrés.

Empezamos todos a caminar al paso de las sombras; los perros seguían la misma pista, uno veía las sombras, el otro a nosotros. Alguien apagó las luces y todos nos detuvimos buscando entre las ventanas, como tratando de descifrar de donde nos iba a llegar la siguiente imagen.

De repente un ruido infernal, algo hab√≠a golpeado una de las paredes, escuch√°bamos pasos acelerados, como corriendo sobre el piso de madera, fue cuando uno dijo‚Ķ‚ÄĚAll√≠, all√≠, en el segundo piso‚ÄĚ

Una luz se encendi√≥ en la √ļltima ventana del segundo piso, escuchamos m√°s golpes contra la pared y vimos como la sombra delgada de Benjam√≠n desaparec√≠a frente a la enorme figura de Don Andr√©s. Felipe se acerc√≥ a la reja, pero las g√°rgolas eran s√ļper eficientes. No ladraban como de costumbre, s√≥lo mostraban sus dientes.

De repente, se escuch√≥ un grito de un hombre, como de dolor, seguido de otro grito que sab√≠amos era de Benjam√≠n. La luz de las escaleras al segundo piso que conduc√≠an al tercero se encendi√≥ r√°pidamente, se ve√≠a pendular creando una penumbra en movimiento, cuando llegaba al extremo izquierdo se ve√≠a la sombra grande, cuando llegaba al derecho la sombra delgada. Benjam√≠n sub√≠a la escalera de espaldas y Don Andr√©s sub√≠a despacio hacia √©l, el coraz√≥n se me estaba saliendo de pecho. Cuando el p√©ndulo par√≥, se pararon las sombras. De repente, sin ning√ļn aviso previo, Benjam√≠n sali√≥ corriendo hacia el tercer piso; vimos cuando encendi√≥ la luz del cuarto y cerr√≥ puerta, parec√≠a como si intentaba poner algo pesado contra ella, Don Andr√©s lleg√≥ y golpeaba contra la puerta y gritaba que no tocara nada, que se iba a arrepentir.

Escuchamos varios ruidos como de vidrio roto, y de repente la √ļnica ventana del √°tico se empez√≥ a abrir y de ella sali√≥ la cabeza de Benjam√≠n, grit√≥ algo que no entendimos, pues todos grit√°bamos como si estuvi√©ramos en un juego de estrellas, y nuestro h√©roe sali√≥ a saludarnos, pero cuando empez√≥ a salir vimos como Don Andr√©s lo agarr√≥ por el tobillo izquierdo. Benjam√≠n le pate√≥ y as√≠ se desliz√≥ por las tejas de peque√Īo tramo de techo cayendo dos pisos al vac√≠o.

Pudimos ver como Don Andr√©s casi pierde la vida tratando de agarrarlo, no sab√≠amos si para salvarlo o para matarlo. Cay√≥ sobre unas bolsas de basura que guardaba Don Andr√©s de reciclaje; rod√≥ de espaldas sobre la tierra seca del patio. Inactivo por unos segundos, no se mov√≠a, y nosotros grit√°bamos que se parara que los perros ven√≠an. Antes de pararse levant√≥ su mano derecha y en ella hab√≠a un frasco de cristal y dentro se pod√≠a ver algo morado claro como carne podrida, en un l√≠quido transl√ļcido, con vetas verdes oscuras y sangre; un coraz√≥n.

Ese fue el √ļltimo d√≠a que vimos a Benjam√≠n salir a la calle. Hasta Felipe hablaba de la leyenda de Benjam√≠n; los amigos empezaron a contarla y cada cual agregaba un poco m√°s. Ya nadie conoc√≠a la verdadera historia, era como una leyenda urbana. Pero yo estuve all√≠ y promet√≠ contarlo alg√ļn d√≠a.

Benjam√≠n cambi√≥ por completo despu√©s de ese d√≠a, creo que le pasa a todos los que cumplen haza√Īas incre√≠bles. Se le ve√≠a caminar con unos j√≥venes de otro lugar, muy serios y r√≠gidos, algunos eran mucho mayores que √©l, hombres que parec√≠an militares.

El d√≠a que muri√≥ Don Andr√©s, unos catorce a√Īos despu√©s de aquel d√≠a, yo supe la historia verdadera, lo que pas√≥ despu√©s de aquella tarde del 79.

En su entierro hab√≠a veinti√ļn detectives de la ciudad de Nueva York, eran considerados el grupo √©lite, el orgullo desde m√°s de cuarenta a√Īos. Les llamaban ‚Äúlos valientes de Andr√©s‚ÄĚ. Benjam√≠n era uno de ellos.

El Teniente Benjam√≠n Betances se par√≥ frente a la muchedumbre; las madres de todos estaban en el p√ļblico, todas sab√≠an la historia, todas lloraban, pero sus frentes las llevaban en alto, orgullosas. Se removi√≥ sus guantes blancos, se ajust√≥ su uniforme pulcro y procedi√≥ a destapar una carta sellada que llevaba en sus manos. Y con l√°grimas en sus ojos la ley√≥:


Junio 24, 1979

Este día tenía que llegar. No porque yo lo dispuse, pero porque Dios lo quiso así.

S√© que todos ustedes est√°n tan orgullosos como yo de estar aqu√≠, aunque mi cuerpo lo enterrar√°n en unos minutos, y mi esp√≠ritu despertar√° en un mejor lugar y eso me llena de paz. Hoy tienen todas ustedes, las madres, raz√≥n para estar felices. Ustedes creyeron en m√≠, especialmente Do√Īa Petra. Gracias por propagar la mentira cruel de mi pasado.

Todos saben que perdí a mis dos hijos en un robo a mano armada en un intercambio de disparos entre delincuentes y detectives y que su madre se quitó la vida unas horas después y murió en mis brazos. Quise morir con ellos, pero Dios tenía otros planes y creo que he cumplido como El me lo pidió. La bala que disparé directamente en mi cabeza y con la cual viví toda mi vida, hasta hoy, sólo me dejó inconsciente por unas horas. En esas horas vi a mis hijos crecer y, si Dios lo dispone, hoy estaré finalmente con ellos y mi amada Ursula en la gloria.

Ese d√≠a jur√© que mis hijos no hab√≠an muerto en vano, y que este mismo vecindario que los vio morir les iba a honrar en lo que hubiese sido su sue√Īo, ser polic√≠as como su padre. En los √ļltimos cuarenta a√Īos, ustedes y yo, juntos hemos criado la crema de nuestra comunidad, mis hijos, mis valientes.

Ustedes me han ayudado a llevar una carga que ning√ļn hombre puede llevar, la de enterrar a sus hijos. Gracias, ustedes fueron y ser√°n siempre el orgullo de su herencia, de sus madres, de su comunidad y del mundo.

A Benjam√≠n Betances lo acabo de enlistar. Es mi √ļltimo reclutado, ya el cuerpo no me da para m√°s, realmente me ha dejado sin fuerzas y muy adolorido, patea como un caballo.

P√≥nganse de pie mis valientes, quiero que el mundo pueda verles, pues un d√≠a el mundo me quit√≥ mis hijos, hoy yo le entrego al mundo veinti√ļn hombres de honor y respeto.

Les amo.

Andrés Lantigua Pérez
Capit√°n Retirado
Policía de Nueva York


Yo fui a saludar a mi amigo y a decirle que yo tambi√©n estaba orgulloso de √©l. Su figura esbelta se fue convirtiendo ante m√≠ en la del ni√Īo de aquel d√≠a. Sus ojos a√ļn preservaban la misma intensidad de aquella tarde y yo sent√≠a en el aire la certeza de saber que estaba en presencia de algo que no entend√≠a muy bien: la tenacidad de hacer lo correcto y el amor incondicional de un ser supremo.

//alex


¿Te ha gustado este cuento? Deja tu comentario más abajo
(Nota: Para poder dejar tu comentario debes estar registrado.Todavía no lo estás? Hazlo en un minuto aquí)

 

Nombre:

email:

Contrase√Īa de usuario:

Comentario:

 

Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2008-06-15 10:10:19
Nombre: alejandra ayala
Comentario: es muy interesante el relado


Fecha: 2008-06-10 16:09:18
Nombre: yermina
Comentario: me deja sin palabras, este escrito, si q deja historia don andrès, finalmente es una de las razònes de la vida, dejar huella, a pesar de pasar por grandes pruebas de resistencia al dolor, verdad?, enhorabuena por sus publicaciones, saludos.


Fecha: 2008-06-01 11:49:27
Nombre: Pedro
Comentario: Tiene un sabor demasiado yanqui para mi gusto pero es muy bueno a pesar de todo.Bravo por la inocencia del narrador y su forma de narrar


Fecha: 2007-04-12 18:51:54
Nombre: Jeanne Ortiz
Comentario: Well done. Are you going to publish it?

Jeanne



Fecha: 2007-03-22 21:10:25
Nombre: maribel
Comentario: lo felicito tiene muy buena imaginacion y carisma para narrar tan interesanta cuento espero que siga escribiendo y que publique pronto .



Fecha: 2007-03-21 09:46:43
Nombre: fredy
Comentario: me parece muy interesante ,mantiene en suspenso .pero al final aclara muy bien ,gracias por tenerme presente.