Algo rugoso y punzante. Otros cuentos


Algo rugoso y punzante

Autor: Abraham Ortiz Lugo

(3.83/5)
(23 puntos / 6 votos)


Cuento publicado el 15 de Enero de 2007


Josefa es un nombre cálido, tal vez demasiado para ella que ha visto transitar su vida alejada de los placeres. Josefa es una hermana mayor, una huérfana precoz que cargó sobre su llanto la crianza de los menores, y no recibió nada a cambio, vive sola, lejos de las tres sedientas criaturas que tuvo que amamantar a costa de ella misma. Cuando alcanzaron a volar salieron a abrirse mundo y la dejaron muchas millas atrás. Hace más de un año que no había recibido si quiera una llamada. Deben estar bien, de lo contrario hubiesen vuelto, se consolaba.

Hoy le han dicho en un rumor temeroso de abatirla, que Juanchi murió derribado por un disparo, no era para él, su cuerpo fue lo único que pudo detenerlo.
-No puede ser, el es un buen muchacho.
-Si, pero tu sabes como es la casualidad, estaba parado en una esquina y aquella bala la tenía en sus planes.
Recordó de pronto que la casualidad también mató a sus padres. Y estuvo largas horas meditando, y cuando la noche se hizo densa, salió a cubrirse de ella. En la casa no podía evitar el asedio, los recuerdos y la dedicación estéril se volvieron un tormento, pensó que iba a vivir su vida para no terminarla: antes de tiempo había madurado, cosechada para servir a otros, y uno de ellos fue arrancado de cuajo, confundido con la mala hierba fue arrebatado por el absurdo, cortado de un tajo equivocado; en algún lugar lo deben estar guardando bajo tierra, como cuando se esconde una taza rota, para que los padres no lo vean a uno, entonces creyó que en su caso sus padres se escondieron antes que la taza, o tal vez rompieron algo tan grande y tan difícil de ocultar que se escondieron ellos y la dejaron para encargarse del desorden, de componer una familia que justamente hoy, ha empezado a pesarle. Hoy, cuando retiraron de la balanza a uno de sus miembros.
Así estuvo horas en la inseguridad, sopesando su vida. De un lado, con su peso estúpido, vano y real, el pasado. En otro, un futuro que aunque precario, no dejaba de gravitar en su forma estúpida también, no ya en la espalda que tanta ropa lavó y en las manos estrujadas por la lejía o en el alma célibe, sino en un horizonte que las calles parecían conocer; pues caminó inerte, sin guía aparente.
Al volver en sí, a Josefa, ya estaba sentada frente al espejo, y las manos, incrédulas, apoyadas sobre la barra demostrando su impericia en estos lugares.
-¿Qué desea señora?- lo miró recordando que esto último era una ofensa en otros tiempos, la han confundido con algo abierto, consumido, y a ella sólo la ha penetrado el destino. Tiene cuarenta años. Es virgen.
-¿Qué toman las mujeres?- preguntó.
-Cualquier cosa- responde el barman desconcertado.
-Sírvame eso mismo.
Él sabe que esa repuesta necesita algo rugoso y punzante con lo cual poder raspar, saciar.
-¿Ron entonces?
-Tómelo despacio para que pueda disfrutarlo- dijo al regresar con la bebida.
Eso es lo que necesita brutalmente, disfrutar. Arrebatarle al tiempo unos pedazos de tiempo para saldar deudas con ella misma, recuperar una felicidad que cree haber poseído de pequeña y desapareció sin más ni más en un laberinto de llantos, apuros y atenciones ajenas. Necesita hacer una pausa.
Desde el primer sorbo se notó transportada, su imagen del espejo descorchó una leve sonrisa que poco a poco se iba abriendo en cada trago, absorbiéndola del frasco en que se hallaba. Esta sonrisa le devolvía algo que aunque externo, era de ella, de adentro.

Josefa fue destrabando, desinhibida, algo de si, y comenzó a disfrutar del lugar, la tonalidad verde en las paredes, las luces que parecían marchitarse para crear una atmósfera inusitada completamente nueva; los grupos de hombres tapizan las mesas, parecen viejas chismosas apostadas para la indiscreción, y aquel espejo no sabe por qué, se le figura una especie de profecía y le devuelve su imagen con otra transparencia, no como aquellos traidores que tenía en la casa. Es hermosa y se da cuenta, y pasa de la contemplación al disfrute. Encima de esto, batiendo con una cucharita su estado de ánimo, la voz negra de Tracy Chapman con su inglés negro, partiendo el humo con sus vibraciones de negra, un smok que la ha sacado de ruta, una música que la vitrola parece haber instalado para desgarrarle más el alma. Y el cuerpo.
-¿Desea otro?- interrumpe el barman al notar seco el cristal.
-Claro- dijo ahora mas confiada.
Y gira sobre la banqueta para hacer una ronda, inspecciona con timidez los rostros, gira lentamente, y corrobora lo que sólo conoce del espejo. Algunos hombres la miran pero sigue rumbo al espejo. Prefiere mirarlos de espalda como mismo ha transcurrido su vida, de espalda.
El barman regresa con una botella y deja verter un sencillo de ron. Josefa lo mira cálidamente, experimentando un tenue regocijo al observarlo. Algo descubría en él, una extraña emoción comunica este hombre.
-Salud- dijo el dependiente, y se sirve un trago para darle ánimo.
-¿Usted cree que soy hermosa?-
Los ojos de él la observan desde mucha distancia; del otro lado de la barra todos son clientes y hay que tener reservas al conversar con ellos.
-¿Donde está el baño?- pregunta sin esperar la respuesta; el brazo se extiende callado con un allí flotando entre los dos.
En el baño se alza lentamente el vestido, siente la suavidad del blumer al desnudar sus nalgas, y se deja sentar pensativa en el inodoro. Hasta el ruido de su orine al caer le resulta inédito, es una barman llenando otra copa. Ahora la voz de Tracy se escurría en el destierro momentáneo y sincronizaba la negritud de su estado. Un ánimo que fue evidente frente al espejo del lavabo, como si le taparan los ojos para sorprenderla. La misma Josefa volvía a posarse, las facciones estériles, intransitadas, lejos de toda caricia. La mirada triste que la acompañó desde la muerte de los padres abrió la llave y dejó caer el agua, arrebatándole un sorbo a la corriente para después introducir placidamente la cara; tratando de borrarle algo de pasado, mucho del presente; hasta mojarse los pechos, no fuera a ser que quedara algo pegado allí también.
Miró otra vez al cristal y ahí estaba la del bar, la posible borracha.
-No me respondió- dijo ya en la barra.
El hombre simuló no oír mientras servía a un cliente sentado dos banquetas más allá.
No quiso insistir, iba a apurar el ron cuando oyó un sí que le hizo no devorarlo completo, sólo lo suficiente para seguir disfrutando.
Volvió a mirar al espejo e intentó contar cuantos la vacilaban, por primera vez halló disfrute en la indiscreción de los hombres. Se sentía un ave rara, asediada por aquellos cazadores. ¡¿Qué razones tendría para venir?! Josefa se creyó recién descubierta, como una isla cautiva a sus descubridores. Pero no sabía qué hacer, cómo dar la bienvenida en su erial a estos moradores. Los hubiera abrasado a todos, si, mas una vida prudente no sabe de esos excesos y mucho menos de entrega, sólo conoce el infierno sutil, el placer de la abnegación. Notó que algo comenzaba a abrírsele dentro, desde un lugar donde podía absorberlos a todos y reinar fuera de ella, más allá del espejo, de sus propias fronteras. Se levantó despacio, su carne temblaba sin ritmo. Al coger el licor todavía una resistencia interior la llamaba desde dentro, fue hasta una de las mesas y balbuceando un hola se sentó.





¿Te ha gustado este cuento? Deja tu comentario más abajo
(Nota: Para poder dejar tu comentario debes estar registrado.Todavía no lo estás? Hazlo en un minuto aquí)

 

Nombre:

email:

Contraseña de usuario:

Comentario:

 

Últimos comentarios sobre este cuento