ÔĽŅ Chaquiro, la increŪble historia de un leůn . Cuentos cortos infantiles
ÔĽŅ

Chaquiro, la increíble historia de un león

Autor: Lodetti Simone

(3.31/5)
(328 puntos / 99 votos)


Cuento publicado el 13 de Febrero de 2011


Hace mucho tiempo, en un lugar de la sabana africana, al sur del desierto del Sahara, naci√≥ Chaquiro; un cachorro de le√≥n muy especial. Su tama√Īo era tan menudo que la madre, a las tres semanas de su nacimiento, se sinti√≥ obligada a abandonarlo a su destino; y esto, que parece un gesto de incomprensible atrocidad, era la √ļnica soluci√≥n para esta leona que por cierto no pod√≠a amamantar una camada tan numerosa; y como por la ley de la naturaleza la fuerza es el principio de la supervivencia, la elecci√≥n cay√≥ sobre el elemento m√°s d√©bil; ya que de todos modos habr√≠a sido el primero en caer en un ambiente tan peligroso; as√≠ que una noche, mientras que el pobre leoncito dorm√≠a inconsciente de todo, lo cogi√≥ con dulzura y lo llev√≥ tan lejos de la cueva, que √©ste nunca habr√≠a podido volver a su hogar. Lo escondi√≥ detr√°s de un matorral que se hallaba a los pies de una pared rocosa, dej√°ndolo con un √ļltimo beso y la esperanza de que madre naturaleza le hubiera atendido m√°s que cuanto ella pudo hacer; y mientras que la pobre criatura segu√≠a dormida, se alejaba volvi√©ndose cada tres pasos maldici√©ndose por tan cruel decisi√≥n.

Fue una noche muy silenciosa, y por lo menos el sue√Īo de un inocente tan desafortunado no fue molestado. Al amanecer, Chaquiro despert√≥ como siempre guardando los ojos cerrados durante varios minutos; era un leoncito muy tranquilo y apaciguado. Pero aquel d√≠a, un ins√≥lito silencio le extra√Ī√≥ mucho; fue inmediato su temor. Abri√≥ los ojos, y al comprobar su sensaci√≥n, sali√≥ corriendo a la luz del sol. Le era imposible comprender; se encontraba en un lugar del todo desconocido, y sobre todo, estaba completamente solo; no ve√≠a nadie a su alrededor. Por primera vez en su vida conoci√≥ el miedo y la incertidumbre. Lanz√≥ un grito por si acaso la madre le hubiera o√≠do, y lanz√≥ otros, y sigui√≥ gritando y llorando durante horas sin que nadie acudiera a sus llamadas. Estaba tan asustado que no se alejaba m√°s de un metro de su precioso refugio. Con el pasar de las horas sus quejas se hac√≠an cada vez m√°s raras y d√©biles, y al bajar del sol se desanim√≥ por completo.
Estaba acurrucado bajo la tímida luz de la luna, con la mirada perdida en el vacío, cuando una sombra se le puso ante los ojos.
¬Ė ¬°mam√°! ¬Ėgrit√≥ dichoso levant√°ndose.
Un animal con manto de rayas lo miraba guard√°ndose a tres metros de distancia. Era Manila, una hembra de cebra que durante horas hab√≠a escuchado, escondida detr√°s de una roca, los gritos del peque√Īo, y esperaba el momento m√°s oportuno para acercarse. Chaquiro la miraba algo sorprendido, y por cuanto estaba asustado, de alguna manera se sent√≠a atra√≠do por ella; necesitaba su ayuda, la de una hembra adulta, Manila, que por no poder tener hijos, habr√≠a deseado tanto llevarse consigo aquel tierno cachorro; pero como segu√≠a recelando la vuelta de la madre a rescatarlo, tuvo miedo; y por eso, atormentada por tantas dudas y perplejidades, acab√≥ a su pesar por dejarlo ah√≠.
Pas√≥ otra noche y otro d√≠a, y Chaquiro segu√≠a parado en el mismo sitio sin perder la esperanza de que la madre hubiera vuelto a recogerlo. A la puesta, cuando ya estaba medio dormido, de repente sinti√≥ algo arrastrarse por el suelo; se irgui√≥ de golpe, y al verse cara a cara con una culebra en pie de guerra, dio un paso atr√°s; solo √©l sab√≠a cuanto le temblaban las piernas en aquel momento, pero no pod√≠a evitar el combate, y como llevado por su misma naturaleza que a√ļn desconoc√≠a, el le√≥n supo portarse como tal; luch√≥ con todas sus fuerzas para salvarse la vida, y a lo largo de una dura batalla, logr√≥ derrotar a la sierpe envenenada.
Despu√©s de asegurarse de que ya no hab√≠a peligro, al dar media vuelta en direcci√≥n al matorral, se encontr√≥ delante otra vez aquel extra√Īo animal. Manila hab√≠a vuelto. Tan segura estaba, de que la madre ya no volver√≠a, que se decidi√≥ a llevarse a la criatura consigo; el √ļnico problema quedaba convencer a la manada, pero esto no le preocupaba demasiado; cogi√≥ el peque√Īo sin pensarlo, y ech√≥ a correr. Conoc√≠a una cueva a dos horas de marcha, y lo habr√≠a criado all√≠; todo a escondidas; nadie la habr√≠a descubierto. Chaquiro se dejaba llevar sin soltar una queja. Aunque de este animal no sab√≠a nada, en aquel momento se sent√≠a al seguro, y aliviado, porque ya no estar√≠a solo; y eso le daba consuelo.

Por fin llegaron a la cueva, donde el cachorro, brincando y jugueteando, mostraba sentirse a su gusto; era muy parecida a su viejo hogar. La cebra en cambio, mirando a la luna, se puso algo inquieta; se le hab√≠a hecho muy tarde, y ten√≠a que agregarse a la manada. Habr√≠a vuelto el d√≠a siguiente, pero mientras que intentaba explic√°rselo a Chaquiro, √©ste la miraba algo distra√≠do; y al divisarle las ubres, empujado por el instinto y el hambre, se le aferr√≥ de inmediato. En aquel momento, Manila se sinti√≥ madre de verdad; nunca hab√≠a probado una emoci√≥n tan grande. El coraz√≥n se le llen√≥ de amor hacia aquella criatura que quien sabe si un d√≠a, por causa de su √≠ndole natural, no se le habr√≠a metido contra. Se detuvo mucho m√°s de cuanto pod√≠a; esper√≥ que el peque√Īo se durmiera y se march√≥. Desde el d√≠a siguiente, Manila, se ocup√≥ de √©l en todas sus necesidades; era una √≥ptima madre. Pero con el pasar del tiempo, los problemas se le complicaron un poco, ya que el leoncito, haci√©ndose cada vez m√°s grande y fuerte, empezaba a necesitar alimentos diferentes a la leche recibida hasta aquel momento; as√≠ que la cebra tuvo que ingeniarse, y como un buitre, iba a robar los restos de las comidas de los leones. Toda la carne que Manila le llevaba, Chaquiro se la devoraba en un instante, y con el tiempo el felino aprendi√≥ h√°bilmente a procurarse la comida por su cuenta. Por el hecho de vivir muchos ratos a solas, se hab√≠a vuelto mucho m√°s listo que cualquiera de los leones de la sabana. A la edad de cuatro a√Īos, era una fiera enorme y fuerte, y a pesar de su naturaleza segu√≠a queriendo a Manila como si fuera su verdadera madre, y nunca se habr√≠a permitido comer carne de sus parecidos. Pero en la manada, alguien hab√≠a descubierto el secreto de Manila, y como seg√ļn las razones de los ancianos, un d√≠a no muy lejano este le√≥n se habr√≠a vuelto muy peligroso para toda la comunidad, la obligaron a dejar de verlo; pero ella se rebel√≥ a esto, y como no quiso obedecer a las √≥rdenes, la encerraron amenaz√°ndola de no liberarla hasta que no hubiera abandonado esa absurda idea de tener un hijo le√≥n.
Chaquiro, despu√©s de varios d√≠as sin verla, empez√≥ a preocuparse, y fue a buscarla. Entre tanto, en el campo donde estaban las cebras, irrumpi√≥ brutalmente una manada de leones. Las cebras empezaron a correr dondequiera olvid√°ndose de Manila, que a√ļn encerrada no pod√≠a huir de ninguna parte; y de tal situaci√≥n se aprovecharon los felinos, que al ver a la yegua ya inmovilizada, la circundaron, despreocup√°ndose de las dem√°s. La pobre presa gritaba por el miedo, y como Chaquiro, que ya estaba muy cerca del campo, la oy√≥, acudi√≥ de carrera a su llamada; y vi√©ndola en peligro lanz√≥ un rugido tan fuerte que incluso los leones m√°s feroces se quedaron petrificados. Se acerc√≥ r√°pidamente fij√°ndose en ellos que ya estaban a punto de atacarla, y se les puso delante guardando Manila a sus espaldas, y rugiendo de nuevo y a√ļn m√°s fuerte que antes intentaba disuadirlos, pero ellos eran muchos, y hambrientos; demasiado para que dieran marcha atr√°s. Pues les habr√≠a sido imposible salvarse; si no fue por aquella leona, una fiera enloquecida, que de entre la feroz pandilla, empez√≥ a lanzarse contra todas y todos; nadie pod√≠a imaginar lo que le pasaba. Solo Manila comprendi√≥:
¬Ė ¬°Es tu madre! ¬Ėle dijo a Chaquiro rompiendo en su compleja reflexi√≥n.
Chaquiro no movi√≥ ni un paso; se qued√≥ parado observando la batalla. Sent√≠ase trastornado por antiguos sentimientos, de odio y amor, que lo atormentaban desde siempre por causa de aquella hembra de le√≥n; y fue s√≥lo cuando la vio herida al suelo que se lanz√≥ en su ayuda. Los leones retrocedieron; y arrepentidos por haber pegado tan duramente una hembra de su propia manada, se retiraron. Chaquiro se agach√≥ al suelo llorando con el hocico pegado a el de su madre que aquel d√≠a hab√≠a sacrificado su vida por la suya, y por la de sus hermanitos un tiempo; y sinti√©ndose por ella amado por fin, su √ļnico deseo fue acompa√Īarla por lo menos en sus √ļltimos respiros. Las cebras, que ya no le ten√≠an miedo a este virtuoso le√≥n, adelantaron muy cuidadosamente algo sentidas por lo acontecido; y desde el d√≠a siguiente, Chaquiro no s√≥lo fue legitimado como hijo de Manila, sino que adem√°s, fue nombrado como protector y miembro honorario de la manada. Sin embargo, prefiri√≥ seguir con su vida de siempre, en su preciada cueva, donde Manila sigui√≥ visit√°ndole como antes; y aunque √©l nunca fue visto en la cercan√≠a del campo, dicen que desde entonces, mientras Chaquiro vivi√≥, ni una fiera se atrevi√≥ a tocar una cebra en este lugar.

//alex


¿Te ha gustado este cuento? Deja tu comentario más abajo
(Nota: Para poder dejar tu comentario debes estar registrado.Todavía no lo estás? Hazlo en un minuto aquí)

 

Nombre:

email:

Contrase√Īa de usuario:

Comentario:

 

Últimos comentarios sobre este cuento