Desmemoria. Cuentos cortos fantásticos


Desmemoria

Autor: Osvaldo Sabino

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Cuento publicado el 26 de Abril de 2016


No sabía si realmente había sucedido, lo sentía como un dejá vu. Me incomodaba seriamente no poder recordar de donde venía eso, si lo viví o lo soñé; así es, tenía en la cabeza un vacío que consideraba serio, o un enredo con el cual no podría seguir por mucho tiempo. Bueno tan así no era, dado que más de una vez me encontré con cosas que no podía definir con claridad y que me turbaban de tal modo que no creía poder soportarlas, aunque al fin terminaba habituándome a ellas. Era como ese dolorcito que iba creciendo poco a poco y al cual me iba acostumbrando, cada vez en un escalón más alto y pasaba a ser un síntoma normal… y no tan doloroso al fin, o al menos soportable, y que cada vez se hacía soportable en un nivel más alto: un pequeño dolor de espalda o de piernas o de muelas o de desesperanza.

Sin embargo esta vez estaba dispuesto (no sé si muy firmemente) a eliminar esta incógnita que se me planteaba.
De las diversas alternativas que aparecían en cuanto al origen del síntoma, debía indudablemente optar por alguna para despejar paso a paso la que no fuera la correcta o al menos la más convincente. Por otra parte tal vez no se contradecían todas entre sí. Podría ser que el suceso no se hubiese producido, o que lo hubiese soñado, lo cual se asimilaría a la primera opción planteada, o que se remontara a algo ocurrido ya, sin recordar cuando exactamente.
¿Ha sucedido o no ha sucedido? La ambigüedad me dominaba. Podría resultar de ello, tal vez, algún trauma por lo que hubiese sucedido o por ese vacío que no se llenaba por lo esperado, y que tal vez no iría a suceder. La cuestión me dominaba de modo incierto por lo que había ocurrido momentos antes o por lo que habría de suceder, tal vez, en un breve o largo momento más. De cualquier modo las dos alternativas tenían en común un mismo sentimiento de impaciencia, acuciante, frenético, que me impedía esperar que los hechos me proporcionasen la explicación definitiva que necesitaba. No podía esperar mucho más, no sólo porque debía prepararme para enfrentar dos situaciones muy distintas, o sea, aquella de lo ya ocurrido y aquella de lo no ocurrido todavía, sino también y sobre todo porque debía indispensablemente superar lo antes posible esta especie de bloqueo que me impedía hacer algo para mí fundamental: tomar conciencia. Y de eso se trataba, y no era posible no ver la diferencia entre tomar conciencia antes del hecho o después del hecho. Pero, ¿cómo se hace para tomar conciencia cuando cualquier hecho no ha ocurrido, si es esta la eventualidad?. Era, claro más fácil tomar conciencia de un hecho efectivamente ya ocurrido, ya visto, ya padecido. Pero no era este el caso pues si no había ocurrido, no habría sido visto o padecido por mí.
Miré por sobre mi hombro y vi que ya se habían ido todos de la oficina, que era yo el último habitante del piso. Me tranquilizó ello pues podía quedarme hasta dilucidar el intríngulis que se me había planteado.

Prendí otro cigarrillo y noté que era el último del paquete. Esto era una probable contrariedad pues si no despejaba rápido mi incógnita debería bajar a comprar otro atado.
Claro que lo que pensaba en mi oficina, bien podía pensarlo en un bar o en la plaza o manejando el coche o en casa al llegar. Pero me prometí firmemente no moverme de mi escritorio hasta haber descifrado la duda que tenía.
El hecho que imaginaba o que había ocurrido o que había soñado o que ocurriría no era muy trascendente, pero lo que sí importaba era saber si había pasado o si pasaría.
La soledad en la que me encontraba ahora en la oficina eliminaba la posibilidad de una consulta con alguien sobre lo que me preocupaba, pero ¿consultar qué? Si yo mismo no tenía claro como describir el hecho. Además sentía que mi memoria estaba bloqueada y notaba que no recordaba el nombre de ninguno de mis compañeros de trabajo, ni donde trabajaba ni cuál era mi función allí, ni en qué lugar de la ciudad estaba, ni en qué ciudad, ni en qué país, en todo caso sentía que solo podía pensar en algo que ocurriría y no que hubiese ocurrido. No podía salir del estado de angustia en que me encontraba y ya nadie vendría en mi auxilio. De cualquier modo mejor era así, pues en caso que alguien preguntase algo, reitero, no tendría yo ninguna respuesta para dar, ni siquiera la tenía para dármela a mí mismo.
Me encontraba disperso en esta ambigüedad indescifrable y esto me provocaba mayor interés y fuerza para seguir buscando la solución.
En un momento pensé que el hecho tal vez no merecía el gran esfuerzo que estaba haciendo y comencé a reflexionar sobre ello y me di cuenta entonces, que no podía recordar el hecho que motivaba mi preocupación. La conclusión a la que arribé entonces fue que ahora no tenía solo que preocuparme por la ocurrencia o no de algo sino también por precisar cuál era el hecho mismo que me preocupaba, además de descifrar quién era yo y quienes me rodeaban.
La cercanía de alguien, pensé, al menos me daría la posibilidad de hablar con quien fuere, no sé de qué, pero al menos hablar.
Al mirar a través de la ventana de ese piso, no recordaba cuán alto, noté que ya era noche cerrada y que las horas habían corrido sin notarlo. Miré mi reloj y me sorprendí pues ya eran las tres de la mañana. Todo el tiempo había pasado sin darme yo cuenta y fue creciendo dentro de mí una sensación de angustia y de mucho temor. Esto me exigía aún más encontrar la respuesta que buscaba desde temprano esa tarde. Aunque temprano solo era una incógnita la ocurrencia del hecho mientras que ahora había sumado una incontable cantidad de olvidos
El no recordar el hecho, si había ocurrido o no, me exigía que de ningún modo podía renunciar a recuperar la memoria que a esta altura ya creía perdida definitivamente con respecto a él y ello y todo lo demás. Por un momento pensé resignarme al olvido de todo y renunciar a las búsquedas que ahora eran múltiples, pero apenas se me ocurrió pensar en tal posibilidad, más me aferraba a la necesidad de aclarar lo que ya sentía indescifrable. Por otra parte era consciente de que ya había olvidado todo y que ni siquiera sabía qué hacía yo allí.
Y pensando de tal modo, aunque no podía descifrar cuál era el modo, cerré los ojos y me entregue a algo que no recuerdo que era, pero que me permitía sentir una sensación de bienestar como no recordaba haber sentido antes.













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