Los ermitaños y las velas. Cuentos cortos fantásticos


Los ermitaños y las velas

Autor: Miguel Angel Pavon Biedma

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Cuento publicado el 24 de Marzo de 2016


Esto de estudiar con luz eléctrica empieza a ser aburrido. Convencidos de las bondades de la espiritualidad oriental, los dos ermitaños fueron a comprar velas. Las velas sirven para velar y, cuando todo está oscuro, lo propio se expande y es como si fuera un pequeño universo. El vendedor de velas los miró con cierta curiosidad. Sí. Era cierto. El pequeño local había alcanzado una cierta notoriedad y fama. Empezaron vendiendo libros de salmos y, a estas alturas, el catálogo habitual se completaba con una variedad de objetos para el culto religioso. En un lado estaban los atriles para sujetar los libros. En otro las pequeñas varillas de incienso, tan necesarias para cualquier espiritualidad. Por supuesto, cruces de las más variadas formas, iconos griegos, bizantinos, coptos. No eran los originales de antiguas épocas, que valdrían una fortuna, sino imitaciones realizadas con hábil artesanía. En fin, finalmente sacó un pequeño lote de velas. Estaban algo ajadas pero comentó que su efecto era prodigioso sobre la salud, sobre la expansión del universo, sobre la conciencia del propio ser y el sentimiento, que en definitiva es lo que un ermitaño debe cultivar.

La noche avanzada y, tras el crepúsculo, ambos eremitas comenzaron con la lectura de los salmos. A la luz de las velas la llama se reflejaba en leves y susurrantes sombras. No sabían en qué momento pero ambos acabaron por quedarse dormidos, atrapados en aquella expansión en la que, definitivamente, sus vidas se integraban con el desconocido cosmos.
A la mañana siguiente la sorpresa fue grande: los rostros estaban como más arrugados, a pesar del sentimiento de total placidez. En realidad la piel estaba acartonada y el número de canas era, indudablemente, mucho mayor. ¿Qué hacer? ¿Tanto consumía la vida espiritual?

Durante la tarde, antes del crepúsculo, y a pesar de los extraños efectos del fuego, pasearon por el Canal Imperial. Los árboles mostraban, en sus acodaduras, extrañas figuras. Juan del Santo Refugio siempre decía que eran los rostros de los muertos. De alguna forma la proximidad del cementerio italiano permitía hacer algunas conjeturas. Por el canal fluyó alguna vez la vida. No era como en los tiempos actuales, en los que sólo fluía el agua, sino que también circulaban barcazas llenas de mercancías y de pasajeros. Este agua verdosa, y los escasos patos colocados por el ayuntamiento para recrear un ambiente natural, nada tenían que ver con esas fotos antiguas de señoras con pamela, caballeros con bombín, niños con ruletas.
La noche siguiente tuvo efectos similares. Juan del Santo Abandono, el otro eremita, comenzó a buscar información sobre las velas, su uso en los monasterios, su sentido simbólico. Tras subir a una elevada estantería leyó asombrado: “los romanos utilizaban las velas para marcar el paso del tiempo; con ese motivo colocaban determinadas marcas”. Más adelante, en el mismo manual del siglo XIX hacía una sorprendente afirmación: “la vida se consume cuan fuego que arde y fluye convertido en cera”.



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Fecha: 2016-04-01 19:03:38
Nombre: Andrea Herrera
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