Otros cuentos

 

Principal

 

Infantiles
Ciencia-ficción
Fantásticos
Terror
Policíacos
Románticos
Humor
Otros
Todos los cuentos

 

Envía tu cuento

 

Los Autores

 

Contacta

 

Páginas de interés

Otras páginas



Fotomontajes personalizados

 

 

 

 

Detrás de los Amaneceres

Jeison Villalba


(34 puntos / 9 votos)


No me pidas que tenga coherencia. No existe esa palabra para mí.
En otro momento hubiese parecido tan sencillo: cruzar la calle, patinar descalzo, visitar el luminoso caballo de Bemberg, ver el recorrido de las hojas fingiendo ser una de ellas en una de esas mañanas en donde todo parece imposible, porque en realidad nada parecería posible para una persona con cincuenta dedos de frente. Un mirar detrás para ver «quién» y no hacerlo por mantener la etiqueta del “qué dirán”, o tomar una de las pinceladas del sol a esas horas del día para evitar la ceguera. Tantas veces me hubiera bastado tan sólo con mirar el reflejo de las calles pisotear el arcaico reloj de la iglesia donde yacía la espumosa paloma de mi anhelo inacabable: «le envié tantas cartas, tantos suspiros escritos con ceniza diurna para que bajara y me diera un beso, o tan sólo para tomar el té, recordando aquella sorpresiva visita de a mediados de marzo cuando intenté subir por las escaleras que daban al sótano de las campañas. Era tan incómodo el hecho de verla pasar sobre los árboles, sintiendo cómo visitaba cada casa en el aire con el palpable plumear que le caracterizaba. No poder más que apreciarla por encima de cualquier deseo de tenerla, o hacerla mía» En esos instantes nada podía compararse al hecho de mi cotidianidad, porque nada era cotidiano. Todo iba pasando de gris a oscuro y yo sin poder quitarle la mirada, sujetando con mis ojos cada paso al trascurso de la acera, desde los pies a la cintura, aguardando en mi boca el moldeo continuo de su pasaje levemente forzado por la avenida Thompson.
Por un instante pensé en lo pequeño que era el mundo, las calles tenuemente transitadas, los parques solitarios donde en las noches vagaban lágrimas de corceles; pero no, rápidamente me di cuenta que estaba equivocado: ¿cómo podría ser tan pequeño un lugar en el que ni siquiera había podido encontrar mi propia felicidad? Y ese deseo, constantemente, el firme deseo de mirar atrás, la intriga que en instantes acrecentaba mi sentido y, no podía, sencillamente, contenerla. Aunque no miraba; tal vez, el hecho de rebajarme a mi propio capricho implicaba para mí la fatal muestra de debilidad que no podía demostrarme. Y allí estaba, había alguien detrás de mí y, no era mi sombra, quería parecerlo, pero la conocía. Y no era ella. Sé que en esos instantes, como en cualquiera de los otros, estaría estrujando mis huesos hasta hacerlos polvo, llenando cada instancia desde otro adentro e intentado ser quien nunca fui. Conocía cada estructura con el sentido de conocer lo que emana desde lo conocible. Y podía afirmar que entre su niebla y mi luz se esparcía algo diferente. Tantas veces aferrado a ella no podían ser en vano, tantos instantes en los que la locura evadía el holocausto, y, en los que el holocausto evadía la locura, para permanecer siendo quien nunca fueron: holocausto y locura. Allí disipaba un lago, uno lleno de estómagos. Pude saberlo, porque arrastraba mi sonrisa hacia la vastedad que yo mismo había creado. Y en todo ese tiempo mi nombre no había gritado como entonces, porque no era el mío. Cada palabra pesaba detrás de mi nombre como un eterno jardín de púas. Y parecía que ninguna de las calles tomaba presencia en mis ojos ya desgastados por el polvo:

“Y dime… ¿qué haces por aquí a estas horas?, ¿esperando el tren, acaso?

En este lugar no hay trenes –Respondió. ¿Estás esperando un tren que no existe? Jamás en mi vida había conocido a una mujer que esperara un tren que no exista. ¿A qué parte te diriges? –A ninguna, porque no espero ningún tren. Además, no transitan por estos lados. ¿Estás esperando un tren que no llegará y, marchas a un lugar que no existe? –Estás loco, me dijo. –Y ¿cómo te llamas?, le pregunté. Jeison, respondió. ¡Vaya!, qué sorpresa: a mí todos me llaman Jeison. ¿En serio?, –agregó ella. Alguno de los dos debe estar equivocado, –continuó. ¿Por qué? –Pregunté yo. Porque si eres hombre y tienes mi nombre que soy mujer. Y si yo que siendo mujer tengo tu nombre que eres hombre: algo raro debe haber, ¿no lo crees? –Es cierto, agregué. En todo caso, ni llegará el tren, ni irás a donde piensas, ni me llamarás como escuchaste”. ¿Por qué lo dices?..., -(hubo un largo silencio)-



Vota este cuento:

¿Te ha gustado este cuento? Deja tu comentario aquí (Nota: Para poder dejar tu comentario debes estar registrado.
Todavía no lo estás? Hazlo en un minuto aquí)

 

Nombre:

email:

Contraseña de usuario:

Comentario:

 

Últimos comentarios sobre este cuento