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Un Arquitecto

Rogerio Machado


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Era tarde, la noche cubría ladrillos, techos, luces callejeras, el silencio más cómplice, ni el ruido de ruedas pasando por los ojos dejados por la lluvia, nada se escuchaba, aparte de aquel aguacero que se podría llamar de torrencial, muy fuerte y con viento, viento que se paseaba por todo aquel subsuelo en que estaba sumergido, ya no sabia cuanto tiempo había transcurrido, ni la piel ni los latidos del corazón, jugando de reloj podrían hacerlo, desde que se habían llevado a “la cuatro”, lo único que no cambiaron fueron las inquisidoras preguntas y el trato inquisidor, ahora no estaba sobre la mesa metálica, “vivía” en un rincón, en un canto del garaje, la inclemente capucha no me dejaba ver absolutamente nada, era la suma de dos oscuridades, la mía y la del ambiente reinante, ya habían pasado por allí muchos otros detenidos, los ecos de sus voces aun rondaban el espacio, algunos quedaban algunos días, otros unas horas, algunos sufrían y otros dejaban de sufrir, las voces de los “dueños“ de casa variaban mucho, se hacia difícil intentar identificar en las manos o en la voluntad de quien uno estaba.
Mis manos estaban grotescamente hinchadas de tanto estar presas con unas esposas que ya parecían formar parte de mi piel, por suerte las tenia para adelante, eso me permitía mojar con saliva las muñecas y aliviar el dolor que me causaban, uno de los pies estaba también atado a lo que parecía ser un caño de hierro, de esos que descienden de los cuartos de baño, la posición no era cómoda, pero…entre la mesa y estar allí…
Una mañana me llevaron al cuarto en que se reunían, quedaba en la otra punta del garaje, sus voces se oían distantes, al entrar me sacaron la capucha y pude ver una enorme luz y unas sombras contra las paredes, solo podía distinguir manos, alguna que otra barriga y la mesa, ésta, solo con papeles sobre ella, después de preguntas sin respuestas, pocas preguntas, no parecían esperar respuestas mías, preguntaban como si estuviesen leyendo una carta, esa distancia entre ellos y yo se debía , -entre otras cosas-, al olor nauseabundo que mi ropa y mi cuerpo tenían, -acostumbrarse a eso no era fácil-, uno de ellos dijo que firmara, ya sea por estar atado o por no querer hacerlo, una sombra se adelanto y me golpeo en la cara con una fuerza que desconocía, la luz del techo se pareció colgar de mis ojos y caí contra la mesa, unas manos, manos crispadas y una garganta llena de rabia,decidió explotar
¡ Sáquenlo de aquí!!
Esas palabras fueron cumplidas por dos manos que me tomaron por los pies y arrastraron en dirección contraria, solo deje correr mis manos hacia mi cara para no ser golpeado en ella y que el piso no arrancase mi piel, de nuevo al rincón, a la capucha, a lo incierto, llego con ruido de frenos, una camioneta o un furgón, me levantaron y fui tirado dentro, no estaba solo, habían otros cuerpos, unos pies se apoyaron rabiosamente sobre mi espalda y busque acomodar mi cara de forma que pudiese respirar, salimos despacio, según comentaron ellos, estábamos “muy cargados”, el camino futuro podía ser imaginado o desconfiado,solo eso nos restaba hacer, imaginar, intentar buscar una explicación para lo sucedido y para lo que nos tocase vivir, las pocas deducciones contrastaban con la realidad, el resto parecía formar parte de un teatro macabro, después de rodar por mas de una hora, paramos y fui bajado por dos brazos que no me dejaban tocar el piso, eso me daba ya una pista de estar llegando a un lugar ya acostumbrado a recibir presos políticos, no fue necesario caminar para saber que estaba entrando por una escalera, si bien no dejaban tocar el piso con los pies, sus pasos formaban parte de una “cosa”, un baile compacto, los tres formábamos un solo paso, eso realmente importaba para poder saber que estábamos vivos y intentar desviar el dolor de las torturas buscando saber donde se esta o estuvo y como denunciar eso, era una forma de seguir luchando, esta vez se preocuparon mucho más, me sacaron las esposas y colocaron unas cuerdas atadas desde los codos, era un indicio de que pasaría mucho tiempo colgado y así lo hicieron, permanecí colgado a un riel, que después supe era de los utilizados en las carnicería, por tiempo suficiente para desmayar, el dolor se convertía en parte respirable, convivir con él no era ya tan difícil, se hace insoportable cuando aún tenemos un espacio de piel que no lo experimentó, después de instalado no hace diferencias donde es más fuerte, lo recomendable en momentos así es pensar, pensar en que tenemos más cosas para hacer y ellos lo saben, lo intuyen, llegue a la conclusión de que el miedo es mayor en ellos, por eso toman, se emborrachan, se drogan, insultan a gritos con la intención de que nuestro cerebro se llene de sonidos y poder entrar sin que nos demos cuenta, gritos son gritos, solamente eso, si nuestros gritos los asustan, no debemos dejar que los suyos hagan lo mismo.
No se cuanto tiempo paso desde mi llegada a lo que podríamos llamar de “carnicería”, -todas las paredes cubiertas por baldosas blancas, mesas de mármol y un riel de los utilizados para colgar reses-, una especie de manto de olvido intenta borrar algunas cosas y descubro de nuevo que quiero vivir, eso me lo repito mil veces al día y por la noche, dos cosas que invento, pues es casi imposible llevar ese control, no existiendo rutina, no hay forma de determinar el tiempo en que se vive.
Las heridas sin curar y el mismo silencio cómplice estaban distanciando los castigos, fui llevado a otras casas de “recepción”, chupaderos, así las llamaban algunos de ellos, era una recepción de verdad, todos los que formaban parte de la casa debían participar , aunque fuese solo una vez, por lo menos, de los apremios físicos, algunos se conformaban con golpear sin aviso previo, al pasar, otros no se conformaban con poco, los nuevos eran los que mas golpeaban, querían aparecer, ya en la picana eléctrica participaban los mas experientes, allí la droga era reina de actitudes,
-no recuerdo de algún lugar donde interrogasen sin estar drogados- una noche, después de haberme dejado colgado durante muchas horas, me cargaron en un camión, la rutina de “mudanzas”, caras contra el piso, pies insanos sobre la espalda, respiraciones ahogadas y el olor característico de hombres o mujeres que llevaban muchos días sin saber lo que era baño o simplemente mojados, en algunos casos era mayor la vergüenza de sentirse así que el dolor físico, rodamos por muchos kilómetros, era casi imposible saber donde estábamos o hacia donde podríamos estar yendo, lo único vivo que se podía percibir era la dignidad de seres que no respondían a los chistes groseros de los guardianes,
“están todos cagados, viven y mueren entre la mierda,”
así pasamos horas intentando encontrar la luz final, llegamos a un lugar donde el ruido de portones intentaba decirnos que estaríamos vivos un poco mas de tiempo, al bajar nos sacaron las capuchas y pude ver caras, algo que hacia mucho tiempo no veía, cuerpos abatidos, flacos, sucios, asustados, pálidos, pieles transparentes, azules, en fila india nos llevaron a un salón enorme, lleno de soldados, estábamos en una cárcel, de acuerdo con los escalones y las vueltas que dimos, deberíamos estar en un segundo o un tercer sótano, la única cárcel que tenia esas “comodidades” era Caseros, en las afueras de Buenos Aires, un edificio a prueba de fugas, tenia la forma de una letra hache, vista desde arriba, montado sobre columnas, la posibilidad de túneles no existía y ninguno de los inquilinos tenia alas para volar en dirección a la libertad, nos pararon separados por dos pasos uno del otro, mandaron desnudar y ponernos contra la pared, éramos seis, fuimos llevados de a dos al baño, era un corredor sin pared al final, por allí entraba el viento, fuerte y helado, me dieron un barra de jabón, pequeña, un tercio de una normal, se podría decir, lávense hasta gastar el jabón! ¡hijos de puta!,
-aquello que parecía ser un premio, se convertiría en un instrumento más de tortura-, tomar un baño después de tanto tiempo, -mi cabeza aun estaba vendada, el pelo parecía ser vegetal o de plástico-, deje correr el agua por mi cuerpo para ablandar la costra en que mi piel se había convertido, el correr del agua por mi pierna cubierta con unos trapos sucios -que servían de curativo- parecían intentar que no me desangrase-, se estremeció al contacto con el agua fría, uno de los guardas mando salir y sentarme junto a una mesa que servia como centro de aquel enorme baño, llamaron al enfermero de turno, no demoro en llegar, -la verdad sea dicha-, allí, sobre la mesa corto los trapos y limpio la herida mal curada de aquella bala que me había salvado la vida, el hecho de haber llegado primero que la de mi cabeza ya era para estarle agradecido, saco los vendajes de mi cabeza y me llevaron a un peluquero, el se encargo de no dejar un solo cabello sobre mi, al devolverme al sótano, uno de los guardas dijo:
-por lo menos estas mejor que los que ustedes dejaron en el banco, no te podes quejar hijo de puta- me dieron una ropa color marrón, pesada, del mismo tejido que las mantas, me subieron al piso17, el comentario de los guardas era que allí estaría en casa, aquí están todos los “mierdas” juntos.
Se abrió una reja pesada, luego otra, después otra, entramos en un corredor estrecho y largo, entonces vi lo que desde mucho tiempo no veía, una cama, parecía un espejismo, la toque como para poder llenar mis manos con ella, los pasos del guardián se alejaban caminando con firmeza, permanecí de pie por unos minutos, una luz que desde la pared iluminaba la celda se apago, mire la puerta y vi a dos pasos, un muro con una ventanilla de 40 por 60 centímetros, aproximadamente, a mas de dos metros del suelo, sin vidrios, solo se veía un pedazo de cielo.
Un pito estruendoso despertó a todos, sin saber que hacer, me senté en la cama y espere, dos guardianes se pararon frente a la puerta y uno grito ¡catorce!
¡No sabes responder hijo de puta!
Si, se, solo eso fue mi respuesta y no pareció agradarles.
¡Quince! Presente ¡dieciséis! Presente,
así se fueron contando celda por celda, al terminar de contar, pasaron de nuevo por frente a la celda y se comenzaron a escuchar voces,
¿de donde venís? ¿Como te llamas?
No respondí ninguna pregunta y quede a la espera de saber cuales serian los próximos pasos.
Sabia que de ”Caseros” no era posible huir, lo que debería hacer era buscar la forma de hacer saber que estaba vivo.
Un carro empujado por dos presos trajo mate cocido y un pan, pasaba celda por celda llevando el “café con leche” de la mañana, un lujo “burgués” para esas épocas, al pasar de nuevo por frente a mi celda me dio otro pan más y un poco más de mate cocido, solidaridad, parecía que existía un resto de esperanza.
Se abrieron las puertas y todos salieron para quedar parados contra el muro de enfrente, el preso de la “quince” me dijo para salir, que era la hora del baño y si quería medico, lo podía pedir.
Salí y forme parte de la fila, otro pito indicaba que debíamos caminar sin hablar, eso me lo informo el de la celda “trece”, entrábamos al baño de cinco en cinco, había unas “toallas” colgadas en la pared, eran trapos colectivos, lo que obligaba a bañarse bien para no dejar suciedad para el compañero que venia atrás, vestirse y volver a la celda, esos eran los próximos pasos, un preso pasaba anotando el numero de cada uno que necesitase medico, me anote y espere, no habían pasado 30 minutos cuando escuche “catorce” se abrió la celda y salí,
¡Camine contra la pared hijo de puta! El trato era concreto.
Un enfermero me atendió y limpio mis heridas con respeto, sin arrancar las vendas, me dio una inyección y me dijo que vendría por la tarde para hacer otro curativo.
Llamaron para ir al patio y no nombraron mi celda, cuando pasaban abriendo, pregunte ¿Por que no la catorce?
La respuesta mudaría mi estadía allí, los enfermos no tienen recreo,
¿No estas enfermo? Jódete!
La mañana se hizo larga, después de regresar el resto de los presos, llego la comida, de nuevo el carrito repartiendo celda por celda, un pan, un pedazo de carne y una especie de sopa marrón, los presos que repartían la comida eran también compañeros y uno me ellos me dijo que podía comer tranquilo, que era limpia y me dio una cuchara y dijo, si comes rápido te traigo más, lo hice y pude comer dos platos y dos carnes, me sentía en un hotel 5 estrellas.
Cuando vino el enfermero le pedí para que solo me curase de tarde, quería ir al “recreo”, intentar saber sobre lo que estaba sucediendo, sobre mis compañeros, en fin, buscar motivos para luchar un poco más.
El patio era grande, interrumpido por seis columnas redondas, enormes, solo se podía andar caminando sin parar, sin conversar, solo, las miradas eran toda una red de comunicación, los dedos en la cara, un pequeño gesto con la boca, ya significaba algo positivo, en mi primer “patio” no reconocí a nadie, solo que algunos ya sabían de mi, al salir en dirección a las celdas, ya sin guardianes por cerca, un compañero pregunto si ¿yo era el del banco?
No le respondí.
Por la noche algunos guardas dejaban que los presos hablasen, lo hacían para poder escuchar músicas encerrados en sus “recuerdos” del interior, lugar de donde casi todos provenían, fue así que supe que todos los presos del piso eran compañeros de luchas y casi todos habían pasado por los “sótanos” de alguna precoz dictadura, el hecho de ellos saber que habíamos enfrentado y que en ese asalto habían muerto cuatro “milicos” contando el amigo de la uno, habría de par en par el camino para la convivencia,
-esa misma categoría era respetada por los presos comunes-
-un falso diploma que ninguno quiere ni quiso nunca obtener-
algunos se ofrecieron para avisarle a mi familia que estaba vivo, me costo un poco de trabajo darles el teléfono de un amigo que avisaría a mi madre donde estaba, ya llevaba más de una semana allí y uno de ellos me dijo que hoy mismo podría avisar, arriesgue y le di un teléfono equivocado, si el me decía que ya había avisado era una forma de saber que aun estaba siendo vigilado, pasaron tres días y en el baño me dijo, “catorce” en aquel teléfono no conocen a tu madre, ahora daba para confiar en él, le di el de mi vieja y así ella se entero.

De noche algunos presos reían de mi desconfianza y reían del compañero que había gastado unos pesos más en teléfono.
La rutina parecia haberse instalado allí, nada diferente, los sonidos, los pasos en el corredor, una vez a la semana llamaban para ira a misa, los presos políticos no iban, el cura venia a las celdas, recorria una por una en un intento vano de hacer con que rezaran con él, al llegar a la ultima celda del corredor se detenia y allí se quedaba rezando con el unico preso que, aparentemente compartia sus oraciones, despues supe que aquello no pasaba de un romance fugaz, era en esa celda en la que él se arrodillaba, en la otras realizaba sus oraciones de pie, algunos compañeros, tomándole el pelo, le decian al dedicado feligres que él ya tenia el cielo a su favor, lo que provocaba risas ene l corredor, durante aquella misa individual.

Salí al patio y lo vi, caminaba solo, su cabeza apenas se levantaba de la pera, pasos lentos, no miraba en ninguna dirección, caminaba en el circulo interior, eso hacía con que pasase mas veces por él, intente buscar su mirada, quería comunicarme con él, lo necesitaba, en definitiva yo sabia por que su mirada buscaba en un horizonte inexistente algo que lo sustentase, pasaron varios días y de tanto buscar caminar a su lado, lo conseguí, no sabia si tenia derecho a ingresar en su mundo, un mundo del cual yo ya hacia parte, el no lo sabia.

Entraron a los empujones y a los gritos, eran muchos, se podía distinguir no menos de diez personas, algunos nerviosos, otros con la calma de la impunidad estampada en la voz, intentaban ordenar la “escena” unas manos empujaron mi cuerpo contra la pared, aquel movimiento brusco y descuidado subió un poco mi capucha y permitió -por un canto- poder ver lo que sucedía, soltaron un encapuchado en un rincón, lo golpearon mucho, golpes con unos bastones de goma y patadas en las piernas, hasta que quedo inmóvil, sobre la mesa de mármol, tan cercana a mis pies, un cuerpo inmóvil y totalmente cubierto, estaba muerto, -parecía ser una persona gorda o grande- apagaron las luces y salieron, el silencio solo fue roto por un jadeo lloroso, un gemir similar al de un animal herido, venia del rincón, pasaron minutos o horas, unos ruidos y puertas abriéndose irrumpiendo como una jauría, levantaron el cuerpo del rincón y lo sumergieron en el tanque que utilizaban para hacer lo que llamaban de “submarino”, preguntando a gritos, sumergiendo de nuevo y solo “pescando” silencio, eran alrededor de seis hombres, todos vestidos de civil, las voces eran ya conocidas, uno de ellos estaba al frente y llevo el preso contra la mesa, levanto la capucha y retiro la tela que cubría aquel cuerpo inerte, no era una persona gorda o fuerte, como yo lo había imaginado, era una mujer embarazada, él no quería mirar el cuerpo, intentaba bajar la mirada, buscando en el piso la explicación que ni Dios le daría, la furia estaba estampada en los puños y en los rostros de aquellos animales travestidos de hombres, por momentos maldecía aquel pedazo de capucha que me permitía ver, cerré los ojos como adivinando lo que vendría, golpearon su cara contra el vientre de aquella mujer y una lamina filosa se encargo de abrir aquella barriga que guardara durante muchos meses la vida, hoy muerta, intentaron ahogar en aquel liquido que alimento su pedacito de vida truncada, la cara del preso, repitieron aquella escena varias veces, hasta que el liquido que guardaba el feto se derramo sobre el cuerpo y la mesa, dieron unos pasos para atrás y dejaron el cuerpo de él caer, el miedo era silencio, mi cuerpo estaba tenso, mis ojos se negaban a ver, cubrieron el cuerpo mutilado y volcaron el tanque de agua en un intento de limpiar aquel palco en que habían actuado.
Aquel hombre estaba allí, como un ente, caminando, solo, externamente e internamente solo.
No me anime el primer día a decirle que era mi cuerpo el que colgaba de aquel riel, pregunte su nombre, Enrique me dijo, me dijo ser arquitecto, ser casado con una estudiante de arquitectura y tener un hijo, aquellas palabras parecían salir de un pasado en el que él aún vivía, sabia que no tendría coraje para decirle que había sido testigo del final de su sueño.
Ahora el miedo era mío, caminamos muchas veces juntos, compartíamos el silencio, sus ojos estaban cada día mas vacíos, una noche fuimos llamados para estar preparados para viajar, salimos de las celdas caminando despacio, la incertidumbre instalada de nuevo.
Esperamos en el sótano los tres, Enrique, yo y un chico llamado de “Grillo” , un camión nos llevo, sentados en lo que llamaban de “panel” donde solo cabía una persona y no podía ser gorda, anduvimos como una hora por los alrededores de la ciudad y estacionamos en un lugar que parecía estar en pleno centro, sonidos de autos, ómnibus y personas que conversaban casi junto al camión, estábamos esperando por algo que cada vez demoraba más en llegar, el sol ya convertía en un horno aquel camión y no se escuchaba ningún movimiento por parte de los guardas, las horas eran lentas, intentábamos alejar la espalda de las chapas del camión para no quemarnos, no sabíamos si habían más compañeros, fuera nosotros, “Grillo” quería saber donde estábamos, intento gritar y uno de los guardas dio señales de vida,
¡cállense hijos de puta!
Nos dimos cuenta que lo que lo que estaban intentando hacer era matarnos allí mismo, ahora, de nuevo a intentar sobrevivir.
La cárcel que habíamos convertido en un paraíso ya había quedado atrás, la noche nos recibió en el mismo lugar en que habíamos parado al amanecer, solo gemíamos los tres, ahora podría mear, lo hice sobre las manos y bebí despacio, le dije a Enrique que hiciese lo mismo, ya recorríamos las afueras de la ciudad en aquel sepulcro mecánico, llegamos a un “aguantadero” bajaron los guardas y después de ver nuestro estado, no nos aceptaron, uno dijo que nos llevaran a “abigeato” que era cerca y allí podrían “descargarnos”, abigeato era un deposito de caballos perdidos o sueltos en el interior, traídos a la ciudad servían como alimento para el zoológico, fuimos colocados en una caballeriza, atados a unas argollas que servían para atar animales, estábamos en un estado lamentable, meados y cagados, nos bañaron con una manguera y nos dejaron allí, al amanecer descubrieron que “Grillo” no había resistido, su cuerpo estaba en un pozo de barro y paz, eso no les gustaba, para ellos era una forma de fuga, no teníamos derecho a otra muerte que no fuese la por ellos decidida, nos ajustaron las capuchas y nos separaron.
La última vez que lo vi fue en 1986, en una audiencia para identificar los asesinos de su mujer, habíamos sobrevivido para poder mirarlos sin capucha y sin miedo.
Enrique vivía en 1987 en Bolivia, en la casa de unos familiares de su esposa, su salud lo estaba abandonando.
El viaje hacia su mujer y su hijo había comenzado.



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Fecha: 2011-09-23 11:22:53
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Fecha: 2011-03-24 22:40:10
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Fecha: 2007-03-04 19:35:04
Nombre: Roberto
email: robert_o@yahoo.com.es
Comentario: Muy bueno, ya puse mis conceptos sobre su trabajo en el otro cuento, si tiene más, siga editando, lo recomendare a mis amigos



Fecha: 2007-02-26 04:26:57
Nombre: E.Galeano
email: Galeano_edu@adinet.uy
Comentario: Felicitaciones, felicitaciones, me desperto algo parecido a miedo, miedo de que todo vuelva a repetirse, le agradecere si se comunica conmigo por E-mail, reitero mis felicitaciones.



Fecha: 2007-01-28 14:26:22
Nombre: Walter
email: Walter_ww.@adinet.uy
Comentario: El cuento es muy bueno, un choque atras de otro, me senti golpéado con las cosas que relata, o esto es real o el autor es el más creativo de los escritores que conosco, felicitaciones.
Ya recomende a amigos su lectura.



Fecha: 2007-01-23 17:36:11
Nombre: carlos
email: carlosmontiel@bol.com.br
Comentario: Es el relato más interesante que encontre en la internet, es una muestra rara de realidad y ficción, el autor consigue que no se deje de leer ni por un minuto la trama, los errores que encontre son varios, algunas palabras las desconosco, quiero creer que son jergas regionales o parte de un idioma clandestino, lo que me hace pensar que todo es real, el lenguaje es concreto por demas y el final es para quedarse pensando durante horas,
?que estabamos haciendo mientras esto sucedia? suerte Machado y mande más cuentos



Fecha: 2007-01-23 05:01:24
Nombre: Marcio
email: Marcioche1@bol.com.br
Comentario: ya he leido algunos cuentos en esta sección y algunos me impactaron por su creatividad, este cuento no me ha dejado dormir desde que lo lei, me da la impresión de ser totalmente real, no es posible describir con tanta realidad lugares y momentos sin que lo sean, por lo que vi, se trata de un ecritor brasilero en lengua española, quiero saber si tiene mas material , mas cuentos para poder acompañar su creación, estoy impactado con su forma descriptiva, no consegui parar de leer desde el primer paragrafo.
Soy editor y me gustaria comunicarme con el autor, desde ya, los felicito por publicarlo.