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Historia de la Estrella de Belen

Carlos Calleves


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La alegría era tan grande en el universo que una estrella salió de su eje sideral y tomó rumbo a la constelación de la Cacerola. No era la estrella más grande, ni la más brillante, ni la más hermosa. Al contrario, su núcleo reducido de una enana blanca, demasiado vieja para darle vida a los raudos planetas que la orbitaban, la hacía parecer, a los ojos de las estrellas vecinas —la Centinela y la Erene— la que menos podía anunciar al mundo la venida del Rey.
—¡Eres la maldición de nuestra galaxia! —gritaba la Centinela con un relampagueante destello de bengala—. Pronto colapsarás en tu propia materia centrifugada y nos tragarás a todas nosotras y a nuestra hermosa luz.
Era verdad. A su edad no tardaría en sucumbir a la ley natural, aquella que dictamina que la energía es finita y languidece. En su caso, pasaría por un doloroso deceso al final del cual la gravedad concentrada en su centro atraería a la materia circundante y se convertiría así en el más temible y horroroso miembro del firmamento: un agujero negro.
Entonces: ¿qué significaba aquel salto desproporcionado al vacío? Erene, una estrella un poco mayor que la Centinela, intentó ser comprensiva.
—Esta bien —le dijo—. Todas lo hacemos alguna vez. Se llama “Convulsión de Centella”. Ahora vuelve a tu lugar.
Ella lo intentó: combustionó a su derecha un trillón de toneladas de magnesio y azufre sazonadas con una pizca de hidrógeno, que era el cálculo exacto de su primer salto. Pero le sucedió lo que a una embarcación con viento a favor pero con el velamen retorcido por el timonel: dio de coces sobre una manada de asteroides y su rumbo se volcó a estribor.
La Centinela y la Erene aceleraron la combustión de su vertiente oriental para darle paso al “vejestorio”, como la llamaban ellas.
—Es lo mejor que puedes hacer: ¡alejarte de nosotras! —le gritó la Centinela.
Erene fue menos enfática.
—Estás infligiendo la ley del movimiento celeste. Vamos, ¡es una chiquillada! —Pero luego, viendo que aquella estrellita se daba ínfulas de gran lucero sideral, le advirtió de forma terminante, aunque no sin cierto aire de tristeza:—Habrá que hacerle saber a Dios de tu mal comportamiento.
No obstante haber escuchado ésto, la estrella rebelde estalló en su flanco izquierdo, destrozando sus cortezas ígneas. Fue como las convulsiones del hipo. Tan pronto enfilaba a babor como a estribor, hasta que la fuga carbónica de su núcleo disparó un chorro de fuego que atravesó un millón de millas en dirección a Andrómeda. —No es mi culpa —fue la frase que quedó en el vacío luego de desaparecer a propulsión de infraluz.
La testadura estrella era ya del tamaño de la luna terrestre cuando la Centinela y la Erene resolvieron hacer realidad la terrible amenaza de informar al Jefe Mayor sobre tan gran violación a las inmutables leyes de la naturaleza.


Al llegar al cielo, encontraron a uno de los subalternos del arcángel Gabriel ocupado en preparativos de viaje.
—Dios no está —les dijo éste de inmediato, quien, como todos los ángeles, había adivinado a lo que habían venido.
—¡Que Dios no está! —exclamó la Centinela, maravillada.
En sus cinco mil millones de años de vida de estrella jamás había escuchado que Dios no estuviese donde se supone que debía estar. La omnipresencia era atributo sólo de Dios y nunca se había visto que hubiese dejado de usarlo.
—Bueno —replicó la Erene, aplacando la impaciencia de la Centinela y frunciendo su capa de helio flotante—: ¿está o no está?
—¿Quién te has creído que eres para cuestionar uno de los mayores misterios de la divinidad? —dijo el ángel severamente, arrebujado en su halo de santidad—. Ésta y no está, pero de cualquier modo no podrá atenderos. En cuanto a su amiga...
En un arrebato de soplonería, la Centinela contó lo que había visto. Magnificó intencionalmente los hechos, reiteró premeditadamente las faltas el orden establecido y puso a disposición del Tribunal Celestial el pedido de someter a obediencia a la estrella delincuente. El ángel la acalló con esta revelación:
—Ha sido la escogida.
Era una vergüenza para él, dijo, tener que desempolvar para ellas los conocimientos más elementales de la fundación del mundo. Les anunció que las antiguas profecías empezaban a cumplirse y les hizo entender que todo cuánto habían visto tenía algo que ver con ello. La Centinela, sin embargo, no se allanó a la buena noticia.
—¿A quién se le ocurrió encomendar para esta misión a esa estrella vieja y maltrecha en vez de a mí o a la Erene —dijo en tono sarcástico—, que somos jóvenes y bellas y tenemos el poder de una centella y la refulgencia de una supernova?
—¡Basta! —le contestó el ángel a aquella estrella fanfarrona antes de desaparecer en un rastro de polvo estelar—. Los misterios de Dios son inescrutables. En otras palabras: Dios sabe lo que hace.


Muy lejos de allí, luego de haber cruzado el archipiélago intergaláctico, la estrella “escogida” dudaba de forma un tanto sacrílega que Dios supiese lo que estaba haciendo. Las estrellas —reflexionaba— no estaban hechas para ir de aquí para allá, sino que viajaban a velocidad constante con las demás estrellas dentro del cascarón de sus respectivas galaxias. La Vía Láctea, con sus cien mil millones de estrellas, refulgía esplendorosa en el oscuro océano del firmamento. Sabía que era allí donde se encontraba el planeta Tierra, que allí habría de librarse la Gran Batalla y que allí habría de manifestarse en toda su magnificencia la Gloria de Dios. Estaba en las profecías. La misma creación del universo tenía como propósito el albergar a los hijos del Altísimo, cualquiera de los cuales, aún el más pequeño era, a los ojos de Dios, más grande que el más hermoso querubín de la corte celestial. Pero, ¿qué tenía que ver ella en todo aquello?
De pronto, la vieja estrella se esforzó por echarle vapor a su movimiento centrífugo para no chocar contra setecientos ángeles trompetistas, pertenecientes a la banda de música empírea, que sobrevolaron sobre ella, alejándose hacia el vasto horizonte cargado de nebulosas. La encabezaba el arcángel Gabriel. Tras él, un tumulto extraordinario de árcángeles y serafines —cual no se había visto desde el principio de los tiempos— se pertrechaban para lo que parecía ser una ¿guerra?
—Pero, ¿qué está pasando? —se preguntó la estrella confundida.
En medio de la correría de la redistribución del ejército de ángeles y trompetistas y de la multitud de las huestes celestiales que harían de coro, un ángel se le apareció. Dijo que venía para darle instrucciones. Lucía cansado. La “escogida” lo había visto subir y bajar de un extremo a otro de la larga columna en marcha, pues el arcángel Gabriel lo instruía desde la vanguardia para poner orden al séquito que debía entrar a la estratósfera terrestre de un momento a otro.
—¿Sabes qué es un faro? —le preguntó. Ella comenzó a explicar:
—Un faro es un poste de luz que señala las naves acuíferas de la tierra sobre...
—Eso —El ángel hojeó a toda prisa un libro gigantesco—. Tu tarea consiste en servirle de guía a dos —pasó otras hojas—... No... a tres —se detuvo en un lugar preciso y señaló con el índice— ... a unos magos.
La estrella hizo sus apuntes de rigor y precisó en los detalles.
—¿Vienen en barco?
El ángel, que empezaba a ocuparse de otros ángeles, volvió a abrir el libro y buscó de prisa.
—En camellos. Vienen en camellos —repitió. Pero no había encontrado en el libro pasaje alguno que mostrara por qué medios de locomoción vendrían los magos.
—No importa si vienen en caballos o en camellos —dijo al fin—. Eso déjaselo a los artesanos. Lo importante es que provienen —volvió a abrir el libro, a repasar las páginas—... de Oriente.
La estrella comprendió que en aquel vasto plan de salvación ella no era más que una señal de tránsito. De todos modos se sintió útil y se alegró en su ánimo. Ignoraba aún la localización del lugar de llegada, la dirección de su movimiento de traslación y la velocidad a la que debía ceñirse, datos todos necesarios para lograr equilibrar correctamente sus fluidos etéreos. El ángel la silenció con un gesto comprensivo y dejó entrever que habría de resolver todas sus dudas.
—Es cuestión de cálculo. Te empotras en... ¿Nazareth?... ¿Jerusalén?... ¿Ramá?...
El ángel abrió el libro y con un abanicar apresurado hojeó de una a una todas sus páginas. Al final titubeó, caviló, resopló, cerró el libro con un golpe seco y exclamó en un estado de total perplejidad.
—¡Esta información no ha sido suministrada!
El ángel fue rodeado repentinamente por muchos arcángeles de formidable estatura que constituían la unidad protectora, quienes lo abrumaron con un interrogatorio incesante. Decidió, pues, aprovechar entre sus idas y venidas para allegarse a la vanguardia del séquito y preguntar por ello al arcángel Gabriel, quién, por ser el mensajero personal de Dios, debía estar enterado de todo.


Mientras la estrella esperaba sus instrucciones, un querubín —que a ella le pareció uno de los arcángeles protectores— se ciñó el escudo al pecho.
—No será fácil. Tenemos enemigos —dijo con una voz dulce y terrible.
—¿Acaso Dios tiene enemigos? —preguntó la estrella.
—Ya sabes —dijo el querubín atisbando hacia los seis puntos cardinales del orbe—, es mejor siquiera nombrarlo. Es necesario que se cumpla lo que está escrito —y desvainando la espada la levantó en alto y esgrimió sobre los anillos de Saturno—. De todos modos ya sabemos cual será su fin.
Entonces, de un modo natural, como si estuviese enterado de la encrucijada en que la estrella se debatía en lo más profundo de su núcleo, dijo:
—¿Quieres que te diga dónde nacerá el Rendentor, el Salvador, el Cristo?
La estrella no pudo contener su excitación y emitió un haz que se propagó desde su superficie, gravitó como una honda aúrea y se dispersó en el firmamento. Esto hizo volver las cabezas a doscientos ángeles dispuestos firmemente en sus respectivas columnas, quienes ante tan gran evento deducieron que para ser una enana blanca aquella estrella no lo hacía mal y demostraba que al fin y al cabo Dios sabía lo que hacía.
—¿Lo sabes?
El querubín hizo una mueca de ironía.
—Es uno de los secretos mejor guardados. Ni siquiera a los profetas les ha sido dado conocer el lugar exacto.
De pronto, los ángeles que ocupaban el tercer lugar dentro de las siete largas filas del séquito —y que eran los heraldos de las buenas nuevas— anunciaron con un cántico solemne:
—¡Los reyes ya han partido!
Esto quería decir que los acontecimientos se habían puesto en marcha.
Hubo entonces una especie de ovación general, refrenada sólo por la naturaleza de la misión y el esfuerzo que todos debían empeñar en la realización de la inmensa tarea que les esperaba. Cuatrocientos ángeles volvieron esta vez sus cabezas y señalaron a la estrella.“¡Bien hecho!”, se escuchó en el ámbito.
—¿Qué significa? —dijo la estrella al querubín, quien aún se mantenía junto a ella—. Yo no hice nada, no he hecho nada.
—Descuida. Esos reyes son astrólogos y sabios. Desde que partiste te han seguido el rastro con los instrumentos de su ciencia —el querubín se puso frente a ella y la observó con una mirada cómplice—. Pero esto no es suficiente. Sólo logrará llevarlos al país correcto. ¿Entiendes?
—Habías dicho que sabías el lugar...
El querubín desapareció de su vista despues de decir:
—Jerusalén, la Ciudad Santa: ¿dónde más?


Entretanto, el ángel regidor del séquito esperó pacientemente al arcángel Gabriel, quien había ido a visitar a un tal José. Imponente en su belleza sinigual y en su poderío formidable, el comandante de las fuerzas celestiales era, sin embargo, un ser razonable cuyas virtudes se arrullaban bajo la estela gloriosa del amor de Dios. El ángel regidor sabía que las cosas no estaban para andarse con rodeos y cuando lo vio llegar fue al grano. Explicó que a las preguntas de todos los miembros del séquito había encontrado respuestas, pues en el libro estaba escrito todo. Extrañamente, no había podido hallar alusión alguna que señalase el lugar del nacimiento del Redentor.
—La estrella —dijo, y señaló hacia atrás para ser específico— debe posar su luz en el lugar exacto o de lo contrario los reyes de oriente no lograrán postrarse ante el Hijo de Dios, ni ofrecerle presentes, y la Natividad no legará a la posteridad uno de sus emblemas mayores.
Calló y se mantuvo en esperas, sin mostrar signos de preocupación, a sabiendas de que la contestación del arcángel Gabriel habría de ser tan clara como un punto en el mapa.
—El enemigo está planificando la destrucción del niño —dijo el arcángel Gabriel, y en la hermosura de sus facciones se acentuó la dureza adusta del guerrero terrible que por mandato del Altísimo había intercedido tantas veces en la historia humana—. En realidad lo ha estado intentando desde el principio de la creación y para ello ha atentado contra la supervivencia de todo un pueblo. Ahora, fracasado, multiplica sus esfuerzos. Es por eso que esas instrucciones que pides serán dadas sólo cuando sea absolutamente necesario.
Mientras hablaba, se había mantenido estático, con la mirada puesta en el golfo del Sahara, al cual se aproximaban. Pero en ese instante las llamas de fuego de sus ojos deslumbraron al ángel regidor con las sonrojadas pinceladas de una aurora boreal.
—No se trata de la conmemoración del nacimiento del niño, sino de la salvación del mundo— sentenció.
Y al decir ésto desvainó la espada. Los miles de ángeles que le sucedían desvainaron a un mismo tiempo y conformaron, a la lumbre del sol sobre la atmósfera, un inmenso campo de espigas.
El coro de ángeles del tercer lugar dentro de las siete largas filas del séquito, anunció:
—¡Es la hora!
Fue como una desbandada de palomas. Los ángeles se separaron de sus respectivas columnas, tomaron dirección horizontal, traspusieron la capa azulada y límpida de la línea del globo y, transmutados en una miríada de cometas flamígeros, se internaron hacia los confines de la tierra.


Solos en la vestedad del espacio, quedaron el ángel regidor y la estrella escogida.
—¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé! —le dijo ella entusiasmada.
—¿Sabes qué?
—¡El lugar del nacimiento del Redentor!
—Eso mismo me dijo Gabriel, que tú lo debías saber: a su debido tiempo.
El ángel regidor abrió el libro con aire circunspecto, disparó sobre la faz de la tierra una mirada interestelar de amplia vista y empezó a revisar el orden de los eventos.
—Ahora, ¿qué se supone que haga? —preguntó la estrella.
—Ya que sabes el lugar —le sugirió el ángel regidor—, ¡señala!, ¡señala!, ¡señala el camino que deben recorrer los reyes!
La estrella surcó de inmediato el firmamento hacia la posición más propicia a sus propósitos de farola fugaz con el grito de “¡Allá voy!”. Las coordenadas dadas por aquel noble querubín que se le había presentado en medio del viaje le resultaron tan sencillas de seguir que aún le quedó tiempo para pasear su haz de luz por el valle de Kidrón, el monte de los Olivos y el huerto de Getsemaní, y aún se adentró en los callejones estrechos de la Ciudad Santa, cubiertos con arcos de apoyo, cuyas vigas y puntales le estorbaron el paso. Opuesta tanto a sus enemigos centenarios como al cruel desierto de las llanuras del Golán, Jerusalén se presentaba como una fortaleza digna de un rey. ¡Y pensar que los ángeles del cielo y los reyes de la tierra esperaban una señal que les dirigiera el camino, ante algo tan lógico como aquello! Sólo faltaba saber el lugar exacto del nacimiento y le bastó un segundo de reflexión para encontrarlo: el palacio, pues ¿dónde más podría nacer un rey?
De pronto, el coro de ángeles se apareció y anunció:
—¡La estrella ha sido engañada! ¡Es un error! ¡Los reyes han entrado a palacio!
La trascendencia de esta noticia fue tal, que en los parajes más profundos del universo hubo una especie de apagón sideral, lo que produjo que la tibia luz de la enana blanca se vislumbrara a todo lo largo de la espiral galáctica y fuera, por tanto, objeto de la atención de todos los cuerpos celestes. Un remolino de luciérnagas compuesto por todas las estrellas del orbe se formó sobre ella y giró y giró, sumiéndola en un trastorno de delirio. El ángel regidor tomó el centro del vórtice y señalándola con el temple desfigurado por el estupor, dijo:
—Hasta tú, que fuiste llamada de entre las más pobres y simples criaturas, has caído bajo el influjo del príncipe de las tinieblas.
El coro de ángeles recitaba ahora la crónica de los dramáticos eventos que en aquellos momentos se producían en palacio. Contaron como los reyes de oriente, guiados al error por la estrella, apercibieron al rey Herodes del nacimiento del rey de los judíos. La nota concluía con la convocatoria del rey Herodes, representante de las legiones del mal, para que los sacerdotes y escribas le informasen cuanto supiesen del acontecimiento.
Sabiéndose engañada por el espíritu malévo del querubín— que ella había confundido con un arcángel de la hueste celestial— y presa de la más terrible angustia, la estrella se dirigió al ángel regidor.
—¡Buscaré! ¡Buscaré! ¡Lo encontraré! Los ángeles llegarán antes....
—Ya es tarde —le dijo el ángel regidor. Y todos los ángeles del séptimo regimiento cayeron en gran tribulación cuando dijo:
— ¡Matarán al niño!


Para la estrella todo había terminado. A su tan avanzada edad era comprensible tal grado de contensión intelectual. La Centinela y la Erene tenían razón. Su fin estaba próximo y era mejor morir a solas, a cargo de su propia extinción, que llevarse consigo a tantos inocentes. Se sintió triste, se juzgó miserable y deseó morir. Viéndose acusada por sus iguales, quienes se mantenían absortos en la orilla crepuscular del poniente, y previendo sobre ella la condena general, asumió autoridad sobre sus nuevas facultades traslatorias, apaciguó sus explosiones internas, recobró una estabilidad precaria y huyó hacia la mitad oscura de la esfera.
Alejada de toda disputa, su derrotero la llevó a las riberas del mar muerto. Las aguas de aquel mar saladino y quieto la invitaban a saltar a las fauces de un agujero negro, cuya presión gravitatoria acabaría hasta con la esperanza de la resurrección y el perdón. Era una noche helada. El mundo dormía. Los cipreses y las viñas de una aldea cercana hacían silbar al viento, enredado en sus esqueléticas ramas. La estrella no halló dónde posar siquiera un rayo de su luz difusa. Por ratos pareció errática. Para no irse a la deriva, barrió con los espectros de un rayo efímero las pocas edificaciones de las proximidades y estrechó el círculo sobre las que estimó, a tenor con sus atributos arquitectónicos, dignas del nacimiento de un rey. Enfiló luego, elevada sobre la pequeña ciudad, a través de posadas y mesones, y aún sobre el templo. Lo único que le quedaba por ver era un establo solitario levantado tras el lecho pedregoso de un torrente invernal. Se trataba más bien de una cueva cerrada con portales. Atravesó las maderas recargadas por el hongo y los rezagos del pasto. No vio nada. En el comedero de animales cavado en la roca aquel rayito se coló por entre las rejas del portal y apenas tocó el manto que cubría al recién nacido.
La estrella se maravilló ante tan inusual descubrimiento. Cualquier estrella del universo tenía como cosa normal el encontrarse a refugiados y perseguidos en medio de sus titileos nocturnos y era deber de cada una apercibir a tan desgraciadas criaturas de la magnificencia de la creación y recordarles que las pequeñas tribulaciones terrenas no comparaban con los paradisíacos dones de la eternidad. Aquel niño que yacía acolchado entre el pienso que servía de alimento a las bestias del pesebre parecía ser, sin embargo, la más indefensa criatura de la tierra. La estrella vio que las manitas del infante se arrebujaron bajo sus exiguos ropajes, como para refugiarse del frío. Ante esto, ella intentó suministrarle algo de calor; circunscribió un haz amplificado hacia el extremo rocoso que emergía del suelo árido y, al paso de la tibia luz sobre su rostro, contempló con cierto aire maternal sus simpáticas facciones. La belleza del florecimiento de una vida estaba en aquel cuerpito fatigado ya por las exigencias del mundo. Mas, como todos los fatigados y perseguidos, lucía a su entorno los harapos de la huida y los enconos de la pobreza. La estrella discurrió que la hora del alumbramiento debía haber sorprendido a la madre en su camino incierto y que sus progenitores aguardaban un clima propicio para proseguir su viaje.
“¡Pobre niño! —pensó la estrella—. Yo buscando al rey de reyes en un palacio lejano y he aquí esta criatura, nacida de entre los pobres y los perseguidos del mundo.”
En ese instante, el niño abrió los ojos. La estrella vio su propio reflejo en las pupilas somnolientas del niño y sintió un involuntario sobrecalentamiento en sus depósitos carboníferos que hizo catalizar sus reservas de hidrógeno. Y el niño sonrió; y ella, en la plenitud del gozo, experimentó un estallido en las profundidades de su núcleo y una llamarada arrebatada por el júbilo la cubrió con el manto de luz de una supernova.
“¿Quién es este niño —se preguntó asombrada— que tan sólo con su mirada ha henchido mi comprimido núcleo y con su sonrisa ha colmado mi agotada materia?”
Entonces, como si en las entrañas del universo todas las criaturas vivientes hubiesen sido testigos del milagro, se escuchó una voz única que dijo:
—¿No has sido acaso tú la escogida de entre las más humildes criaturas de la creación? Pues he aquí tu rey, el Redentor, el Salvador, el Cristo.
Los ángeles del coro reaparecieron repentinamente sobre el firmamento y anunciaron con un cántico solemne:
—¡Los reyes han visto a la estrella!
Fue entonces que, precedido por el arcángel Gabriel y dirigido por el ángel regidor, el séquito completo de ángeles y arcángeles protectores se mostró en su esencia inmaterial. Era aquel el instante supremo de los siglos, y todos permanecieron quietos y espectantes, a sabiendas de que estaban a punto de presenciar un suceso inolvidable.
Así fue. Reluciente en su brillantez resucitada, la estrella envió en la lumbrera esperanzadora de la noche los cuatro puntales de una cruz bendita. Los reyes de oriente atravesaron la escarpa dura y los trechos sombríos de las altas dunas del desierto y avistaron bajo el flujo acrisolado de la estrella el durazno rocoso del pesebre. Uno de los reyes corrió hacia el portal con manifiesta emoción. Los otros dejaron lejos sus bestias de carga para no importunar el sueño del niño. Y cuando cruzaron el portal más de un querubín se comió las uñas ante la impaciencia y hasta cien ángeles lloraron de alegría: muestras efervescentes a las que le siguió un profundo silencio, roto únicamente por los suspiros altisonados del séquito celestial. Flanqueado por María y José, e iluminados por el rayo de la estrella en el cielo, los reyes cayeron de rodillas frente al recién nacido y en adoración profunda presentaron sus obsequios: el oro, el incienso y la mirra, regalos que eran en la tierra símbolo y reflejo de la gracia que Dios entregaba ese día a la humanidad entera. Quien hubiese visto aquel cuadro maravilloso y sublime tendría una palabra para describir el contenido de su corazón: paz.
¿Sabía la estrella que a aquel niño le reservaba la muerte más espantosa imaginable? Así debió ser, pues esa era la razón de que esa noche se celebrara a una vez la gloria del Jesús nacido y el triunfo del Cristo resucitado.


Desde entonces, la Estrella de Belén, la Estrella de Paz, ha presenciado cada año, en cada Navidad, la alegría de los niños del mundo durante el día glorioso en que se conmemora la venida del Rey. Ha visto en las lindas postales el lucero de su luz y ha escuchado los tiernos villancicos que recuerdan su humilde faena en las peripecias de la encarnación. Hoy ocupa su lugar en el cielo, entre millones de estrellas. No es la estrella más grande, ni la más brillante, ni la más hermosa. Pero es la estrella más agradecida. Y la más feliz.




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Últimos comentarios sobre este cuento

 

Fecha: 2008-11-08 20:28:15
Nombre: Tere P.Z.
email: terezita_cuaro@yahoo.com.mx
Comentario: Hermoso cuento, se sale de lo trillado, muchas felicidades a su autor y que Dios lo siga inspirando para beneplácito nuestro. Besos y abrazos.