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Heredero de wachipachi

Jeison Villalba


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Eran aproximadamente las 6:00 de la tarde del mes de enero, los yacavoces anidaban en las copas frondosas de los árboles que ceñían la hoguera de Cáusila Montes.

¡Malditos pájaros! – dijo. Colocando luego sobre el mesón su pequeño hijo Javier de 5 años.
Esa tarde, recordó que hacía ya 3 días no daba de comer a los cerdos del estaño, y que muy seguramente para cuando los alimentara, ya los animales estarían muertos.

– Está dura la situación, comprendió después. Retirándose entonces por un poco de maíz para las gallinas.

Había acabado ya de alimentarlas cuando regresó al mesón, pero era demasiado tarde. Su hijo, ya no estaba allí:
¡Javier, dónde te has ido! – Gritó entonces. Sin recibir siquiera una señal de la presencia de su hijo.

Cáusila desesperada, visitó con afán la casa de sus vecinos; pero ninguno de ellos vio o escuchó algo durante toda la tarde.

Se hicieron las 10:00 de la noche, para ese entonces ya Simón; el esposo de Cáusila, había llegado a casa.

Fue una constante búsqueda interminable de noches, días, meses, años, pero nada. Javier no aparecía. No había señal de él.

Fueron pasando los años, el dolor de esta madre incrementaba cada vez más: como una barra de hielo que le rozaba el hígado, como un fuerte puntazo en el pecho, como un roñoso tumor en la garganta. Y allí, sentada bajo los mangos, habría de recordar a su pequeño hijo todas las tardes a la misma hora.

Oh simón, qué será de nuestro hijo. – Decía casi llorando. Mientras éste, sólo con la sombra trémula de su hamaca, impartía al quebrado suelo las amargas gotas de sus ojos.


Pasaron 10 años desde la desaparición de Javier. Cáusila y Simón no volvieron a tener hijos, la esperanza desde ese entonces fue su único aliento para vivir.

Una mañana, mientras simón cortaba el plátano, escuchó ladrar los perros; alguien se acercaba por entre los matorrales del camino.
- ¡papá! Grito alguien: Era un joven indígena de algunos 15 años; lo sabía por su estatura y los rasgos en su cara.

¿Javier? – Preguntó dudoso. ¡Si papá! Soy yo, tú hijo.
Cáusila, quien estaba en la cocina, salió desmechonada por los gritos de aquel joven. Era su hijo, su corazón se lo decía a gritos.

-¡Hijo mío! Dónde habías estado: abrazándolo con gran fuerza y rociando en sus hombros suaves lágrimas ahora dulces por el amor.

Fue una felicidad enorme, la familia gozó y rió toda la noche… Era maravilloso.

Esa misma noche, cuando todos dormían, Javier se levantó. Tomó un chuchillo. Se acercó a la cama de su madre, y mientras le apuntaba en la garganta, recordó:

“Sangre de la sangre. Carme de la carne. Viviente heredero del gran Wuachipachi. Cumple la orden de la flor: asesina a la madre que te parió y goza por siempre la inmortalidad de tu ancestro”.

Las palabras amargas de aquellos indígenas que lo criaron por 10 años, aquellos quienes le enseñaron a volar, a no mojarse en la lluvia, a no sufrir ninguna clase de dolor por heridas o golpes. Aquellos quienes fueron padres para él.


Tomó valor, respiró profundo, y cometió la peor catástrofe que jamás hayan podido imaginar:
Asesinó a sus dos padres a cuchillazos. Los dos, dormidos he indefensos, sólo con la sonrisa en sus rostros por la maravillosa llegada de su anhelado y pequeño hijo… Javier.

Sus manos se bañaron en sangre, los árboles querían hablar, el cielo se tornó oscuro. Y ahí, de entre las nubes, miles de lechuzas descendían como gotas de lluvia, albergándose en la podrida palma que cubría la casa.

El rostro de Javier oscureció, sorprendido por lo que había hecho y decepcionado de sí, emprende su camino por entre los ahogados montes de aquel pueblo.

Inmortal entre los hombres, pero oscuro y solo en su camino; maldecido iba por el mundo como una hoja seca, la cual el viento llevaba de aquí para allá sin rumbo alguno, sin metas, sin sueños, olvidado y asquiento de sí mismo.

Fue entonces en aquel tiempo, donde logró comprender lo maldito de su destino, donde supo que la peor carga que podría llevar, era precisamente la propia inmortalidad.

Desde entonces y por ahora, solo en las calles anda, vacío, sucio, pobre de alma, y con la única herencia que se le ha otorgado, la herencia de su ancestro Wuachipachi…



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